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Efemérides

Tener un hermano ingeniero es más divertido de lo que, en principio, podría parecer. Aunque, pensándolo bien, tampoco tendría por qué no serlo. Mientras tú, persona de letras, práctico, simple y, para bien o para mal, pragmático hasta la extenuación, miras algo, él aprovecha para escudriñarlo. Mientras tú simplemente te limitas a observar ese cesto de mimbre con varias plantas colocado en la mesa auxiliar de la sala, él posiblemente ya haya sido capaz de dar con el número de veces que esas plantas han podido hacer el proceso completo de fotosíntesis antes de ser trasplantadas y transportadas desde la floristería a casa.

He ahí la diferencia: cuando tú vas, no es que él ya haya vuelto, sino que ya te ha adelantado un par de veces y podría darte la descripción detallada de cómo y a qué distancia está la meta a la que tú estás todavía intentando llegar. Y no es que uno sea inteligente y otro no. Qué va. Cada uno ve la realidad en función de lo que es. Es como si uno en un texto ve la belleza de las palabras y otro, el proceso completo de la escritura.

Mirar la vida con ojos de ingeniero tiene que ser como vivir dos veces al mismo tiempo: una como persona humana que camina por la vida cumpliendo reglas y patrones establecidos y disfrutando del viaje y otra, como persona, humana también, por supuesto, disfrutando del viaje también, claro, pero que va animando la fiesta con nuevos pasos de baile o canciones de estilos diferentes. Mucho más divertido, dónde va a parar.

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Sin ir más lejos, ayer, mientras me ataba los cordones de los zapatos para salir a la calle a hacer varios recados, mi hermano me miró con talante serio, como con cara de estar allí en la sala conmigo pero, a la vez, de haber estado arreglando mentalmente algún desaguisado en la NASA. Yo le miré a él y, acto seguido, miré mis zapatos por si había hecho alguna lazada mal o por si había algo que se saliese de la norma. Nada. Volví a dirigir mi mirada hacia sus ojos analíticos y entonces me dijo: “hay efemérides en la vida que suceden y no nos damos cuenta de su importancia. No habrá pasado ya mucho tiempo desde que haya vivido ya una, y tú también, y no hemos prestado atención”. Yo, que ya lo conozco demasiado, aunque siempre consigue sorprenderme, lo volví a mirar y pensé: “qué se le habrá pasado por la cabeza esta vez”. Seguí mirándolo y le pedí que me explicara. La respuesta no podría ni haberla imaginado, como de costumbre: “si me pongo ahora mismo a analizarlo, ya hemos vivido de este siglo, del siglo XXI, los mismos días que vivimos del siglo pasado, el XX. Eso no le ocurre a todo el mundo”. ¡Y se queda tan tranquilo!

A veces pienso que entre hermanos debería existir algo así como una fuerza, llamémosla X, H o F, da igual, a través de la cual se pudieran intercambiar las ideas. Que uno se imaginara algo y que, inmediatamente, pasara a la mente del otro a través de una especie de conducto espacio temporal etéreo. De hecho, quizá ya exista aunque no hayamos sabido desarrollarlo porque no son pocas las veces que, con solo mirarme unos segundos, he sabido perfectamente qué quería decirme e, incluso, qué tenía que hacer y cómo en un momento determinado. Pero con las ideas, al menos de momento, no sucede. Su capacidad de imaginación es una mina para cualquier persona que se sienta a escribir frente a una página en blanco.

Me quedé observándolo, posiblemente con el mismo porcentaje de incredulidad y admiración en mi cara -esto seguro que él lo podría calibrar mejor; ni se me ocurre arriesgar con otra proporción porcentual- durante el tiempo que hizo sus cálculos. Con un bolígrafo rojo y en un papel cuadrado de no más de 10×10 centímetros, escribió cientos de cifras que sumó, restó, dividió y vete a saber cuántas cosas más para llegar a la conclusión de que, efectivamente, el pasado 30 de marzo de 2016, es decir, hace aproximadamente un año, tuvo lugar ese acontecimiento trascendental, esa efeméride que muchos hemos vivido, que hemos dejado pasar por delante de nuestras propias narices y que hemos sido tan sumamente imprudentes de no darnos ni cuenta. Aquel 30 de marzo de 2016, miércoles, fue el día en la vida de mi hermano, ingeniero, en el que había llegado al punto en que los días vividos durante el siglo XX eran exactamente los mismos que los vividos en el siglo actual. Cinco mil novecientos treinta y cuatro.

Era tanta mi curiosidad que le pedí que me dijera cuándo había dejado pasar por delante de mí, sin haber prestado atención, esa fecha en mi calendario vital. Y tuve la respuesta: el 2 de junio de 2013. Domingo. Cuatro mil novecientos dos días. Cuatro mil novecientos dos días en el siglo XX y otros cuatro mil novecientos dos en el XXI. Con todas sus horas, sus minutos y segundos. Y hay más. Ante mí he visto pasar ocho años bisiestos, con sus trescientos sesenta y seis días y con todos y cada uno de sus meses. Y yo ahí, simple de mí, atándome los cordones de los zapatos.

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Saudade

Te recibe con una bienvenida férrea, robusta y elegante. A lo lejos, el mar de tejados rojos atracado a orillas de un río que nada tiene que envidiar al mar. Te acoge incluso antes de llegar, te tiende la mano con gratitud y generosidad. Porque eso es Lisboa: da tanto que es imposible devolvérselo. Es tradición y es historia; es modernidad y es cambio.

Lisboa es un amanecer de reflejos dorados. Son sus pasteles de nata recién horneados; es el aroma a café. Es sabor. Olor. Es color.

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Lisboa son sus plazas, sus grandes avenidas y sus irregulares calles. Son sus adoquines que son uno y a la vez son miles. Es su decadencia. Son sus azulejos.

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Lisboa es una invitación a perderse y hacerlo allí es donde la palabra cobra sentido. Es una taza de té entre millones de libros. Es perderse en el eclecticismo de una antigua fábrica reconvertida.

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Lisboa es una mujer que te invita a cruzar una verja y a caminar lentamente hacia ese rincón escondido que es un palco con vistas espectaculares hacia un escenario único.

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Es su Catedral que sorprende al bajar o al subir, de lejos y de cerca. Son sus minúsculas tiendas. Es su gente.

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Lisboa es una farola tenue que ilumina lo más simple. Es un anciano que te mira y te sonríe cuando pasas junto a él. Es un niño que descubre la belleza como si fuera la primera vez.

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Lisboa es el traqueteo de un vagón del tranvía 28 que fluye por las estrechas y empinadas calles de la Alfama. Es la voz de un fado que desgarra el atardecer. Lisboa es el día; es la noche.

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Lisboa son sus historias. Es un paseo en el horizonte. Es un principio, pero, también, un final.

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Es añoranza, es nostalgia. Lisboa es saudade.

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Si queréis ver más fotos, podéis visitar mi perfil de Instagram.

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Gracias

“La vida es más compleja y está llena de gente extraordinaria que la hacen más interesante […]. Esas personas que ayudaron a esta niña tienen nombre. Doña Paquita, maestra de mi colegio y absolutamente entusiasta, que me animó a inscribirme a un programa radiofónico. Don Enrique, profesor de música, que vivía al otro lado de la calle y que, de una manera generosa, se ofrece a darme clases particulares y contribuir a desasnarme […]”.

Fueron las primeras palabras que pronunció Ana Belén tras recibir el Goya de Honor 2017. Un homenaje claro a quienes, de la forma más humilde posible, le animaron a dar los pasos necesarios para convertirse en quien hoy es. Un gracias inmenso a aquellos que fueron su mejor influencia.

Su discurso me hizo reflexionar sobre lo importantes que son esas personas cuyas palabras, gestos o miradas un día inocularon en nosotros esa sustancia que nos hace valientes ante el miedo, fuertes ante el fracaso y seguros ante el qué dirán.

Maestros que comprenden y enseñan. Profesores que guían y aconsejan. Docentes que valoran y apoyan.

Hace años una de mis profesoras me recomendó la lectura de Martes con mi viejo profesor, un libro que recoge las reflexiones sobre la vida entre un alumno y su profesor que, afectado por una enfermedad, afronta del modo más optimista, valiente y admirable sus últimos meses de vida. La historia real de un docente cuyas lecciones iban más allá del aula, mucho más allá del pupitre o la pizarra.

“Mi viejo profesor impartió la última asignatura de su vida dando una clase semanal en su casa, junto a una ventana de su despacho, desde un lugar donde podía contemplar cómo se despojaba de sus hojas rosadas un pequeño hibisco”. (Martes con mi viejo profesor, Mitch Albom).

Cuando lo leí por primera vez era adolescente y había partes que no entendía. Al releerlo no hace mucho tiempo supe por qué me lo había recomendado. Comprendí muchas de aquellas cosas que entonces me sonaban lejanas. Y por ello, le estaré eternamente agradecido. Y como a ella, a tantos otros que, de un modo u otro, marcaron mis pasos en diferente etapas.

Hace tan solo unos días una amiga maestra me habló sobre una campaña publicitaria que acaba de lanzar una empresa de contenidos educativos y que pretende volver a poner en valor la labor -la admirable labor- de los docentes. En una sociedad repleta de quienes ahora se hacen llamar influencers, es decir, personas influyentes, la propia acepción del término prácticamente ha perdido parte de su esencia. Porque entre todo ese ruido actual de figuras que pretenden dar consejos y lecciones, tal y como dice el vídeo de la campaña, “hay otros influencers mucho más poderosos”:

“Son ‘influencers’ reales que marcan nuestra sociedad generación tras generación. De ellos depende cómo seremos y cómo lo conseguiremos […]. Son personas como tú y como yo, pero con un poder extraordinario”.

Me gustó tanto esta campaña que me sentí en la obligación de darle difusión y, de la forma más humilde posible, hice un reportaje para laSexta noticias que podéis ver aquí.

Todo reconocimiento y apoyo a los maestros es insuficiente. Al menos una parte de lo que somos es gracias a ellos y su influencia contribuye a cambiar la sociedad. Una sociedad que, en muchas ocasiones, no les trata como merecen.

Tal y como dijo Ana Belén en su discurso sobre la cultura, la educación tampoco goza del mejor reconocimiento de las autoridades responsables de garantizar el futuro de su propio país.

Por eso, desde aquí, mi breve pero inmenso GRACIAS a todos y cada uno de nuestros profesores.

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Sobre la lectura

Como cada tarde después de comer, recoge sus pocas pertenencias y, meticulosamente, las coloca en ese pequeño armario de madera que los años han visto y han hecho envejecer y que está junto a la ventana. Sus cazos, el puchero pequeño de tapa verde, las fuentes de cristal y su taza azul para la infusión. Detrás de todo ello, junto a la pared, coloca también los botes de plástico con las especias que él mismo compra cada semana en el mercado desde hace años. Tantos que ni se acuerda. Abre la ventana y, durante unos segundos, observa el calendario de sábados en rojo y fases lunares que cuelga de los barrotes metálicos y permanece en silencio.
Sin dejar de mirar por la ventana coge la tela oscura de cuadros y se la ata a la cintura. Levanta la almohada que descansa sobre la cama, al lado del mueble de madera y debajo de la ventana, y saca el libro. Se acuesta, cruza las piernas y lo abre. Y, justo entonces, comienza a leer.

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Y, justo entonces, a miles de kilómetros y bajo algún otro calendario, otros ojos miran las mismas palabras, leen los mismos renglones y sienten la misma emoción. Puede que, esta vez, el escenario no sea una casa sino una calle, la sala de espera de un dentista, un templo budista en alguna montaña de Nepal o, incluso, puede que quien lea no se apoye en una cama sino, quizá, en la trompa de un elefante.

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Todos leen. Y ahora yo leo y observo cómo leen. Lo hago mientras paso cada una de las páginas del libro Sobre la lectura con fotografías de Steve McCurry en las que gente de todo el mundo aparece leyendo. E imagino las vidas de todos ellos, teorizo sobre qué leerán o si sentirán lo mismo al leer, quizá, la misma historia.

Algo parecido me ha pasado esta semana. La última entrada que publiqué en el blog, “¡Qué adelantos!”, en la que hablaba sobre el nacimiento de Martina, ha recibido visitas desde lugares en los que jamás pensé que pudiera haber un lector interesado precisamente en esa historia. Costa Rica, Indonesia, Australia… Pero Internet es así, como los sentimientos, universal.

Alguien en América leía exactamente lo mismo, y puede que al mismo tiempo, que la amiga del hermano de la madre de Martina. Y, por algunos de los comentarios que me han hecho llegar, creo que tuvieron sentimientos parecidos. Y yo que me alegro. No sabéis cuanto.

Leed. Mucho. Y sentid. Y pensad que, quizá en ese momento concreto, alguien esté sintiendo exactamente lo mismo a millones de libros de distancia.

(Imágenes: Steve McCurry. Sobre la lectura. Editorial Phaidon).

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«¡Qué adelantos!»

Me despertaba esta mañana con la noticia de una nueva incorporación en la familia. Escondido entre sábanas y oscuridad, encendí el móvil para hacer un repaso rápido y ver qué estaba pasando y fue lo primero que leí. Durante la noche había nacido Martina. Una buenísima noticia y, posiblemente, la única interesante. Todo lo demás: política, algo de corrupción y premios deportivos. Poco más.

Seguía bajo las sábanas con la única luz de la pantalla del teléfono, como un explorador que atraviesa una cavidad recóndita en algún lugar entre montañas con una linterna en la frente pero con la luz en dirección opuesta, apuntándome a mí y a mis ideas. Durante esos minutos que miré fijamente las fotos que acababa de recibir de la recién nacida, el destello de la pantalla iluminaba mi pensamiento de cómo pasa el tiempo; también el de qué manos y qué uñas tan pequeñas tenía el bebé, el de qué felices estarían sus padres -mis primos- y los padres de esos padres, es decir, sus abuelos y, también el de que en unos años, esa persona tan pequeña llegará a ser maestra o arquitecta, quizá veterinaria o médica, y puede que sea ella la que ayude a traer a este lado de la vida a nuevas incorporaciones a otras familias.

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Mis pensamientos habían ido muy lejos. Y muy deprisa. Tanto como lo hace la tecnología. Me explico.

Horas más tarde, fui con mis abuelos a la consulta del médico. Sentados en la sala de espera, entre filas de sillas geométricamente colocadas, cuadros con escenas de naturaleza artísticamente viva y carteles de “se ruega silencio”, saqué mi teléfono y les mostré las imágenes de la recién nacida. Tenían a la niña a tan solo unos centímetros de distancia aunque, en realidad, estaba a kilómetros. Y se miraban por primera vez. Mi abuelo cogió el móvil con sus manos y entonces la luz del móvil le iluminó a él como lo hace el sol con el explorador que, desde la oscuridad, sale de entre los huecos de las montañas. Esa luz ahora iluminaba sus pensamientos como por la mañana había hecho con los míos. Yo solo miraba sus manos y las comparaba con las de Martina. Experiencia frente a inocencia. Sufrimiento frente a felicidad. Y tiempo; tiempo vivido y tiempo por vivir. La imagen me pareció absolutamente maravillosa y reveladora pero, al mismo tiempo, me aterraba un poco.

Mi abuelo sonrió y posiblemente pensó en millones de cosas en tan solo unos segundos. En voz baja, me miró y dijo: “¡qué adelantos!”. Sí, pensé yo, y acompañé el pensamiento con un movimiento afirmativo de cabeza.

Martina estaba allí sin estar y él estaba con ella sin estarlo realmente. En otro momento de toda esa vida que mi abuelo tiene dibujada en las arrugas de sus manos hubieran tenido que pasar horas, días o, incluso, semanas para ese primer encuentro. Ahora, la acaba de conocer y solo habían pasado unos pocos segundos de vida de quien, dentro de unos años, puede que coja entre sus manos algo que, ahora mismo, ni ella ni ninguno de nosotros podemos llegar a imaginar.

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Lo que pasa cuando no pasa nada

He pasado horas con el mismo sonido de fondo. Ha salido el Gordo e imagino la alegría de muchos que, a estas horas, deben estar celebrándolo. Sí, les ha cambiado la vida. Un poco, al menos. Son felices.

He hecho referencia al sonido, sí. Aunque, aquí y ahora, me gustaría hablar sobre su ausencia. Es decir, sobre el silencio.

Volví a casa de mis padres hace tres días. Es Navidad y tengo unos días de vacaciones. Estoy a unos trescientos kilómetros de Madrid y como a unos diez grados menos de temperatura. O más. Seguramente muchos más. Pero aquí hay algo que, por mucho que lo busque allí, no lo hay. Silencio.

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Llevo tres noches haciendo exactamente lo mismo. Cuando en este rincón al oeste del país comienza a irse el día por el horizonte y el sonido por algún otro lugar que aun no he conseguido descubrir, muevo ligeramente la cabeza y miro hacia arriba. Nada más. Cada vez que veo todas esas estrellas que brillan como si fuera lo último que fueran a hacer, pienso cómo es posible vivir sin poder hacerlo a diario. Sin verlo a diario. Sin escucharlo a diario.

Me gusta escuchar el silencio. Y verlo. Porque, a veces, no nos damos cuenta de todo lo que pasa cuando no pasa nada.

No es el Gordo, pero también me hace feliz.

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Una cosa brillante en la nariz

Hace justo una semana estaba poniendo el árbol de Navidad en casa.

Siete días. Han pasado siete días y, mire donde mire, hay algún punto de purpurina. En el respaldo de una silla, en la planta que hay sobre la mesa del salón, en el cojín pequeño al lado izquierdo del sofá, en la cinta de la persiana, incluso en la persiana. ¡Por fuera! Incomprensible. Totalmente incomprensible. Podría decir que no existe material más indestructible que la purpurina si no fuera porque no es verdad. O quizá sí.

Importa poco que hayas pasado tres veces la aspiradora, siete la mopa o si te has tirado de rodillas al suelo para, una a una, recoger cada diminuta mota de brillo que, misteriosamente, ha inundado la casa.

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Nota mental: cuando cogiste aquella estrella decorativa rebozada en brillo cual filete empanado jamás pensaste que vivirías entre diminutas motas doradas el resto de tu vida. Pero ahora te das cuenta de que quizá la estrella tenía que haber sido simplemente dorada, sin purpurina, ese mal ancestral.

Hace siete días me lavé las manos hasta eliminar alguna capa de la piel. Estoy seguro. Aun así, allí seguían. Fijas. Inmóviles. Puntos brillantes jugando entre las líneas de las huellas dactilares. Como si cada dedo se hubiese convertido, por sí solo, en un árbol de Navidad, con sus luces y sus adornos. Y ahí siguen. No en las manos, solo faltaría, pero sí en los lugares donde jamás pensarías que podría llegar la purpurina. Estás leyendo un libro en tu cama y, misteriosamente, al pasar la página, descubres tres puntos dorados entre los párrafos segundo y tercero. Miras entonces al techo como para lamentarte de su constante presencia y descubres que, al lado de la lámpara, hay otros cuatro o cinco. ¡Es imposible! Si árbol está en el salón, ¡¿cómo han llegado hasta allí?! Vas al baño a lavarte los dientes y, desafiantes, dos luciérnagas de plástico inmortal te miran desde la toalla. Intentas retirarlas con el mayor de los cuidados pero irremediablemente se instalan de forma estratégica entre tus dedos donde sobrevivirán, aunque no quieras, durante horas, días, meses… Ellas tienen el control.

Conociendo su capacidad de supervivencia, ahora con los años pienso que quizá alguna de estas motas me haya perseguido desde de mis clases de Plástica en Primaria. Aquellas en las que vaciabas botes de purpurina multicolor sobre una cartulina para diseñar la postal navideña más original posible.

Hace siete días deseé ver el árbol instalado. Con sus luces y sus bolas. Hace exactamente siete días lamenté también tener el árbol instalado. Con sus luces, sus bolas y la estrella con purpurina. Pero llega la Navidad. Hacía muchos años que no decoraba un árbol y tenía especial ilusión por hacerlo. Ahora, no pienso en otra cosa que en el día que tenga que desmontarlo. No sé si será mejor quitar la estrella lo primero o dejarla para el final.

Hace siete días que llevo recogiendo puntos brillantes por donde quiera que vaya. Esta mañana me he levantado con miedo a que, al salir de entre las sábanas, un ejército de puntos me estuviera esperando tras la puerta de la habitación. He salido con cautela al pasillo; he entrado en el baño casi de puntillas para no hacer ruido. No he visto ninguno. Ni en las manillas de las puertas, ni en las paredes, tampoco en la toalla. Nada en la cocina. Tampoco entre mi ropa. Nada. Pensé que habían desaparecido pero cuando he bajado a hacer la compra, la dependienta me ha mirado con una expresión de maternal ternura y ha sentenciado: “¡Uy, tienes una cosa brillante en la nariz!”.

Me rindo.

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Llegas tarde

Odio esperar. Mucho. Mejor dicho, odio que me hagan esperar.

Aunque suene contradictorio, tengo mucha paciencia. Puede que demasiada. Me explico. Si tengo que esperar en una cola durante un tiempo superior al que debería ser habitual, no suelo quejarme. Me espero. Y, de hecho, lo hago pacientemente. Otro ejemplo: si tengo que ver el atardecer de Madrid metido en un coche en pleno atasco en la M-30, me fastidia, pero intento disfrutar del atardecer que, por otra parte, suele ser bastante bonito. Creo que es algo en lo que la gente que es de Madrid o que lleva mucho tiempo viviendo en esta ciudad no presta atención.

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Pero no quiero haceros perder el tiempo leyendo teorías que no vienen al caso. A lo que iba. Odio que me hagan esperar. Es decir, si hemos quedado a una hora concreta y en un lugar determinado, ¿por qué mucha gente llega (siempre) tarde? No lo puedo entender. Quizá haya alguna explicación. Lo comprendería si fuera simplemente eso. Pero casi nunca la hay. Lo que no falta es la estudiada y poco original excusa. Está la típica de “el metro no llega” o la ya manida “acabo de perder el metro delante de mis narices”. También está la de “con este atasco, el autobús urbano no puede ni moverse, ¡y mira que he salido con tiempo!”. Ja. Con tiempo he salido yo para llegar a la hora. Tú no. Y me mata el “estoy llegando” cuando en realidad no lo estás. No lo estás; ni llegando ni aquí.

Creo que cualquier persona entiende que no es lo mismo esperar para tomar un café, un vino o para dar un paseo, si para todo ello no hay prisa, que esperar para llegar a algún lugar determinado a una hora concreta: a la oficina, a una sesión de cine, a una entrevista de trabajo… ¿Te imaginas que tu futuro laboral dependiera de un jefe al que le mandases un mensaje para decirle que “estás llegando” a esa entrevista? Creo que la respuesta se sobreentiende sin necesidad de escribirla. El ejemplo es excesivo, exagerado. Lo sé. Seguramente la causa de dicha exageración es que llevo esperando más de quince minutos. Mejor dicho: había quedado hace más de quince minutos.

Y aquí sigo. Mientras tanto, me ha dado tiempo a hacer un barrido minucioso de Twitter y otras redes sociales, he hecho tres fotos y he retocado una de ellas, la que veis arriba; he apuntado en un cuaderno que llevo siempre conmigo varias ideas para utilizar en otro momento en este blog, he escuchado cuatro canciones de Vanesa Martín, una de ellas, dos veces, e incluso me ha dado tiempo a escribir este texto que acabas de leer.

Os dejo. Ya llegan.

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Periodismo y comunicación en televisión

Hace unas semanas recibí un mensaje que me sorprendió gratamente. Un compañero periodista se puso en contacto conmigo y me propuso participar en una conferencia sobre periodismo y comunicación en televisión en la Universidad Pontificia de Salamanca.

Desde ese mismo momento, comencé a preparar el contenido de la ponencia de modo que fuera lo más interesante y didáctica posible. Lo hice con mucha ilusión y con la mente puesta en mis recuerdos como universitario.

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Me imaginé sentado en una de aquellas butacas y pensé que, hiciese lo que hiciese, tenía que resultar útil para quienes asistieran.

Y todo fue bien. Muy bien. Una experiencia que repetiría una y mil veces. Y hacerlo en Salamanca, mi tierra, fue, además, un valor añadido. Un día que recordaré siempre con un cariño especial.

Desde aquí me gustaría agradecer la confianza de los miembros del Nuevo Ateneo de la Facultad de Comunicación de la Universidad Pontificia de Salamanca por pensar en mí y, por supuesto, a todos y cada uno de los alumnos y profesores que decidieron acudir.

Podéis leer la noticia sobre la conferencia en www.upsa.es

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Donald Trump y la metamorfosis

Tapado hasta las orejas entré hace unos días en una de mis bibliotecas predilectas de Madrid. Un frío repentino aunque lógico a estas alturas del año nos ha cogido por sorpresa y nos ha obligado a buscar en el armario algo lo suficientemente caliente para soportar este revés.

Estaba felizmente perdido entre la J y la M cuando, al sacar uno de los libros de la estantería para leer la contraportada y decidir, en pocas palabras, si aquel ejemplar iba a ser alguno de los que me iban a acompañar hasta casa, otro libro, díscolo y semioculto por su tamaño, cayó al suelo. La metamorfosis. Franz Kafka. Me lo llevé a casa. Era adolescente la primera vez que lo leí. He vuelto a hacerlo.

“Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana tras sueños inquietos, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”.

Así comienza esta obra maestra de Kafka. Y eso ha debido pensar hoy más de uno cuando se haya levantado –o no se haya acostado– y haya visto cómo Donald Trump se ha convertido en el nuevo presidente de Estados Unidos. No. No ha sido un sueño inquieto como el del protagonista de La metamorfosis. Es una realidad que ha pasado por encima de las encuestas, los pronósticos y las predicciones de unas empresas demoscópicas que ya no son capaces ni de predecir sus propios fracasos.

“Tranquilos que el Reino Unido no se va a marchar de la Unión Europea”, decían. Y el Brexit fue una realidad. “Lo lógico es que Colombia vote a favor del acuerdo de paz con las FARC”. Ja. “Lo que nos falta ahora es que Donald Trump acabe siendo presidente”, decía John Carlin en un artículo de prensa. ¿Y qué decían los sondeos? Que la Casa Blanca iba a tener, por primera vez, una inquilina mujer. La primera presidenta de EEUU. Y no me hagáis hablar de España. Demoscopia 0 – Realidad 3.

Quizá la gente esté cansada de la inercia, la rutina o la desidia, o harta de ver siempre lo mismo, o puede que el mundo se esté volviendo totalmente loco. Y si no, acordaos de Rodolfo Chikilicuatre. Vale, es un tema absurdo y puede que hablar de esto hoy esté completamente fuera de lugar, pero ¿qué decía la lógica? ¿Y qué ocurrió? Pues eso. Moraleja: quizá habría que dejar de confiar en los sondeos y en lo que, aparentemente, parece lo más lógico y hacer caso a otras fuentes más cercanas a la conjetura. Los Simpson, por ejemplo, que todo lo que vaticinan acaba siendo verdad. A las pruebas me remito.

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Ahora la Casa Blanca tendrá que abrir sus puertas a un kafkiano bicho xenófobo y machista que incluso tuvo el valor de mofarse de un periodista con discapacidad durante un mitin. Estamos ante la metamorfosis. De la política. Del mundo.

Abríguense. Ahí fuera la realidad se está poniendo realmente fría.