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La cruda realidad

Si tuviera que elegir una palabra para definir Jauría, podría ser crudeza. No es más que la realidad, cruda, sin artificios. Es una obra de teatro que te desgarra, te rompe por dentro, que te obliga a tragarte, una y otra vez, las ganas de gritar en el patio de butacas.

Las interpretaciones de los actores son magistrales, en especial la de la actriz principal, María Hervás, que da vida a la víctima de La Manada. La fuerza con la que empieza la función, ya desde la primera escena, no cesa en ningún momento y te obliga a entrar en una especie de espiral de emociones que te aprietan el estómago hasta casi ahogarte. Sientes tanta impotencia por ver cómo la realidad puede llegar a ser tan cruel que necesitas expresarte de algún modo. Y, entonces, quieres hablar pero tu mente te lo prohíbe, quieres correr pero tus piernas se han paralizado, quieres aguantar las lágrimas pero cuando te das cuenta la impotencia ya recorre tu cara. Nunca había sentido algo así en el teatro. Jamás. Por eso, precisamente por eso, sería conveniente que todos tuviésemos la oportunidad de sufrir -y digo bien, de sufrir- durante la hora y media que dura la función para tomar conciencia sobre ciertos asuntos como, en este caso, los peligros del machismo, la violencia de género, los abusos sexuales y, por qué no, las injusticias que son incomprensibles en pleno siglo XXI.

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Jauría forma parte del llamado Teatro Documento que nadie como el Teatro Kamikaze ha sabido llevar a escena. Sobre las tablas, ni una frase añadida. Tan solo, fragmentos literales de la transcripción del juicio a los integrantes de La Manada, condenados por abusar sexualmente a una joven durante las fiestas de San Fermín en 2016. Una obra de Jordi Casanovas, dirigida por Miguel del Arco que ha arrasado en Madrid y que ahora hará gira por toda España para que llegue al mayor número de público posible. Algo que es fundamental y necesario porque sí, Jauría es mucho más que teatro; es la realidad, la cruda realidad, que nos muestra de frente y sin adornos una sociedad muchas veces injusta, otras, cruel de la que formamos parte y que, entre todos, podemos -y debemos- cambiar. Y ahí el teatro también juega un papel fundamental.

Jauría es, sin lugar a dudas, casi una obligación.

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Museo del Prado. Interior. Noche

Me gusta perderme en el Museo del Prado. Lo hago con bastante frecuencia, pero pocas veces he disfrutado tanto como aquella.

Era sábado. Diez de la noche. A su alrededor, las calles estaban tranquilas, vacías. Parecía que también las hubiesen cerrado ya al público. Paseé durante unos minutos por fuera, frente al edificio, como si estuviera hablando con él. Y, entonces, me invitó a pasar dentro.

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No era una noche cualquiera para el Museo del Prado. Tampoco para mí. Pero eso lo supe más tarde.

En cada una de mis visitas pensaba en cómo sería pasear solo por aquellos pasillos repletos de obras de arte. Eso que muchos hemos imaginado millones de veces fue exactamente lo que pasó. Me habían invitado a asistir a varios conciertos que el Festival Internacional de Arte Sacro celebraba allí. Pude entrar antes de que todo empezase. Después de atravesar los arcos de seguridad de la entrada y dar mis datos escuché un «¡Bienvenido!», que era como un paquete de regalo envuelto con mucho cuidado. Solo tenía que tirar de una de las puntas del lazo y abrirlo para disfrutar de él.

No se escuchaba nada. Las luces, como las de las calles, iluminaban de forma tenue la recepción y los pasillos más próximos por los que comencé a caminar siguiendo a uno de los vigilantes de seguridad al que dejaba que se adelantase para poder quedarme solo mientras me guiaba por las salas.

Sentía que los cuadros, las estatuas, los tapices eran los que me miraban, como si quisieran decirme algo. Cada uno de mis pasos resonaba entre las paredes y el techo; el sonido de nuestra presencia se colaba de sala en sala, subía y bajaba las escaleras; mi reflejo se imprimía en los cristales de las vitrinas y los ventanales… Paseaba frente a Tiziano, Velázquez, Goya; sentía la energía de Rafael, de Rembrandt; saludaba tímidamente con la mano a Murillo, a Van Dyck… De pronto, escuché una voz, cada vez con más fuerza. La seguí, como un metal imantado. Rocío Márquez ensayaba frente a Rubens, le hablaba cara a cara. El color de su voz se fundía como pinceladas de óleo en cada uno de los lienzos.

En silencio, parado ante aquella belleza, me limité a escuchar. Deseé que aquel momento durara para siempre.

Y, claro, tuve que contarlo. Si os apetece, podéis ver el reportaje que hice sobre aquella experiencia aquí.

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La supervivencia de las historias

¿Puede una sola historia, en cuestión de segundos, llevarse por delante otras diez mil?

Esta historia ocurrió el pasado 8 de septiembre en Cebolla, un pueblo de Toledo. En plenas fiestas patronales, las nubes se mostraron amenazantes y lo que comenzó siendo una simple tormenta terminó en tragedia.

El agua se llevó todo por delante.

Todo.

Coches, huertos, contenedores, farolas, arrasó dentro y fuera de las casas. Se llevó la tranquilidad, la alegría, la esperanza y destruyó historias.

Miles de historias.

La fuerza del agua arrasó la biblioteca municipal. El lodo apagó las páginas de más de diez mil libros de un día para otro.

Los vecinos del pueblo y de otros municipios cercanos, desde el primer minuto, decidieron ayudarse entre sí y colaborar. Limpiaron casas y calles en tiempo récord. Pero quedaba un vacío difícil de llenar.

Y como todo relato, este también tiene un final. Feliz, pero difícil de imaginar, tal vez, en Cebolla. Al cabo de unos días, otra riada, esta vez de generosidad, lo hizo posible.

En Internet, a través de varias redes sociales, miles de personas comenzaron a reenviar mensajes pidiendo ayuda para intentar recuperar, al menos en parte, aquellos libros que los vecinos habían visto desaparecer.

Desde ese momento, asociaciones, empresas y particulares comenzaron a enviar ejemplares para volver a llenar, poco a poco, las estanterías cuyo contenido había perecido bajo el agua.

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Entre todos ellos, los que decidió enviar el propio Fernando Aramburu tras conocer lo que había sucedido allí unos días antes.

Ahora, la riada no es más que un mal recuerdo que ha quedado sepultado por las historias de los libros que han vuelto a llenar la biblioteca de Cebolla.

Y lo mejor de todo es que siguen recibiendo donaciones y todos podemos enviar ejemplares a la Casa de la Cultura para devolver al pueblo parte de esas miles de historias que desaparecieron:

Calle Malpica, 12, 45680 Cebolla, Toledo.

Ayuntamiento de Cebolla.

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Un café de verdad

Hace unos días me dijeron: “Cuando alguien te da su alma, no puedes dejar que eso se muera”.

Quien me lo contó no era una persona cualquiera. Era un escritor; también era un camarero. No sabría decir cuál de esas dos profesiones debería escribir primero. Escritor-camarero. Camarero-escritor. En realidad, tal y como él me contó, ambas son consustanciales, van unidas. Deben ir unidas. Os explicaré por qué.

Me cité con él, con Juan Bohigues, en el mítico Café Comercial de Madrid, punto de encuentro y tertulias entre escritores desde hace 131 años. Ese lugar tampoco es un lugar cualquiera. Por sus mesas han pasado, entre otros, Valle-Inclán, Antonio Machado, Gloria Fuertes, y lo siguen haciendo otros como Arturo Pérez Reverte, Luis Landero… El propósito era grabar una entrevista para hacer un reportaje para televisión.

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Tras los primeros saludos y antes de comenzar con las preguntas nos pusimos a hablar y, a los pocos minutos, vislumbré que en sus palabras había algo. Ese algo que, creo, es esencial para quien disfruta de y con la literatura. Había pasión. Y también había verdad.

Hace no mucho terminé uno de los mejores libros que he leído este año. Se trata de Ordesa, del escritor Manuel Vilas. En uno de sus breves capítulos, Vilas habla precisamente sobre la verdad. Dice así: “La verdad es lo más interesante de la literatura. Decir todo cuanto nos ha pasado mientras hemos estado vivos. No contar la vida, sino la verdad. La mayoría de la gente vive y muere sin haber presenciado la verdad”.

Mientras escuchaba a Juan hablar sobre su pasión por la literatura pensé en este fragmento de Ordesa y sentí una suerte de felicidad que me reconfortó. Estaba delante de alguien que hablaba sobre la verdad, su verdad. Y lo hacía con pasión. Era la mezcla perfecta.

Y ahora os contaré por qué hablábamos de literatura. Durante veinticuatro años, Juan trabajó como camarero en el Café Comercial. Ese local fue, de alguna forma, su casa todo ese tiempo. Con sus primaveras, sus veranos, pero también sus otoños y sus largos inviernos. Veinticuatro años en los que se dedicó a atender a sus clientes y, además, a escuchar lo que estos le contaban. Gente que, en algunos casos, también había tenido inviernos largos u otoños oscuros.

Juan me contó que se sentía, de algún modo, como el guardián de todas esas historias, de todas esas confesiones y, por qué no, de todos esos miedos. Y que lo último que quería era que quedasen en el olvido. Por eso se dedicó a escribir, a transformar todo ello en relatos, en cuentos con historias de personas concretas pero que, en el fondo, hablan de todos nosotros, porque la literatura, en realidad, también sirve para eso: para mantener viva la memoria de quienes, alguna vez, tuvieron algo que contar.

Durante los veinticuatro años que trabajó como camarero, Juan Bohigues escribió más de un centenar de relatos inspirados en personas que vieron en él un cómplice, un amigo, entre el bullicio del café. Todos ellos, de un modo u otro, entregaron su alma a Juan y este hizo todo lo posible para que eso no muriera. Y lo consiguió. Algunas de todas esas historias que con tanta pasión y con tanta verdad escribió durante años ven la luz en el libro que acaba de publicar: Henry Miller en el metro.

Si queréis ver cómo quedó el reportaje que grabamos, podéis hacerlo aquí.

Espero que os guste. Intenté, al menos, ponerle toda la pasión posible. La verdad ya estaba implícita en la historia.

¡Feliz día del libro!

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La realidad en las estanterías del supermercado

Tan solo quería una tableta de chocolate.

-¿Perdón?- Le dije cuando escuché su voz.

-¿Podrías alcanzarme esa tableta de chocolate, por favor?

Esa fue su pregunta a modo de respuesta a mi pregunta anterior. Y siempre con una enorme sonrisa.

En décimas de segundo y antes de que mi cerebro lanzara un mensaje al resto de mi cuerpo para iniciar el movimiento, me di cuenta de que sus manos estaban totalmente arqueadas, inmóviles, exactamente igual que el resto de su cuerpo de cintura para abajo. Aquel hombre iba en silla de ruedas y solicitaba mi ayuda para poder coger una tableta de chocolate de una de las estanterías del supermercado en el que yo había aterrizado hacía tan solo unos minutos con mil historias dando vueltas en mi cabeza. Tantas, que ni siquiera había prestado atención a todo lo que había a mi alrededor. Y no lo hice hasta que aquel hombre me llamó.

Me agradeció el gesto y volvió a sonreír. Me despedí de él, pero a los pocos segundos volvió a solicitar mi ayuda.

-Me he equivocado, perdóname –me dijo-. No es esta la tableta que quería, sino esa otra –añadió intentando señalar la ubicación del producto con una de sus deterioradas manos-.

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Intercambiamos una por otra. Volví a colocar la primera tableta en la estantería y la segunda en la bolsa de tela que llevaba colgada de su silla. Me ofrecí a acompañarle a hacer su compra. Le expliqué que no tenía ninguna prisa y que podría hacerlo y ya más tarde, cuando hubiésemos acabado, me pondría yo con mi lista. Pero dijo que no, que tan solo necesitaba eso y alguna otra cosa que él ya había cogido. Me dio las gracias y con una amplia sonrisa y una cara que irradiaba optimismo me dijo:

-A la vida hay que ponerle lo dulce, que lo amargo viene solo.

Fue un golpe de realidad tan fuerte que en ese preciso momento sentí como si una avalancha de nieve me hubiese dejado sepultado por completo entre las estanterías del supermercado.

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Tenían otros planes

Lo miro a lo lejos mientras repaso mentalmente mi primer Sant Jordi en Barcelona: las amplias avenidas de una ciudad siempre imponente que se quedan pequeñas, el olor a rosas, a libros nuevos y no tan nuevos, el sol, la gente, los besos y los abrazos…

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Todo ha acabado, él ha vuelto y ahí está, colocado entre otros cuantos similares a él. Lo único que le diferencia del resto es, por una parte, el grosor y, por otra, los caracteres que dan forma y sentido a su contenido. Tumbado, parece descansar tras una larga jornada fuera de su lugar común. Por cansancio o, quizás, por resignación, adopta una postura arqueada, como si se rindiese ante algún tipo de situación que ha hecho saltar por los aires sus expectativas, como si hubiese pasado por mil manos antes de volver, sin dueño, al mismo punto de partida del que salió aquella mañana de un veintitrés de abril en que le dijeron que podría ser el inicio de una larga y nueva aventura.

Desde ese lugar, el mismo en el que vuelve a estar ahora, había escuchado no en pocas ocasiones que salir no era el final sino el principio; que ese era “el momento especial” en que su existencia cobraba realmente el sentido por el que un día fue creado. Pero ahí sigue. Como sin pretenderlo, mira desde un estante desvencijado al resto que, poco a poco y como él, han ido ocupando los huecos que poco antes había dejado la ausencia.

Algunos de los que salieron no han vuelto. Y si algún día lo hacen, los que siguen aquí saben que aquellos lo harán en unas condiciones totalmente diferentes porque ya se fueron un día y ya siempre tendrán unas manos entre las que volver, unos ojos que surquen el mar de sus letras y una imaginación que vuele con el simple hecho de navegar en él.

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Sí. Hay libros que han vuelto. Tenían otros planes pero han regresado a las estanterías de las que salieron una mañana soleada en dirección a grandes avenidas o a pequeños rincones de un pueblo entre montañas con una intención clara pero tristemente truncada. Libros que siguen esperando a que alguien no tenga que esperar otros cuantos meses a que una tradición convertida en fiesta literaria le obligue a salir a la calle o a acercarse a una librería a por uno de ellos por el simple hecho de formar parte de una masa y ser así uno más.

Porque días del libro hay uno, sí, pero libros hay todos los días. Y nos están esperando.

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Efemérides

Tener un hermano ingeniero es más divertido de lo que, en principio, podría parecer. Aunque, pensándolo bien, tampoco tendría por qué no serlo. Mientras tú, persona de letras, práctico, simple y, para bien o para mal, pragmático hasta la extenuación, miras algo, él aprovecha para escudriñarlo. Mientras tú simplemente te limitas a observar ese cesto de mimbre con varias plantas colocado en la mesa auxiliar de la sala, él posiblemente ya haya sido capaz de dar con el número de veces que esas plantas han podido hacer el proceso completo de fotosíntesis antes de ser trasplantadas y transportadas desde la floristería a casa.

He ahí la diferencia: cuando tú vas, no es que él ya haya vuelto, sino que ya te ha adelantado un par de veces y podría darte la descripción detallada de cómo y a qué distancia está la meta a la que tú estás todavía intentando llegar. Y no es que uno sea inteligente y otro no. Qué va. Cada uno ve la realidad en función de lo que es. Es como si uno en un texto ve la belleza de las palabras y otro, el proceso completo de la escritura.

Mirar la vida con ojos de ingeniero tiene que ser como vivir dos veces al mismo tiempo: una como persona humana que camina por la vida cumpliendo reglas y patrones establecidos y disfrutando del viaje y otra, como persona, humana también, por supuesto, disfrutando del viaje también, claro, pero que va animando la fiesta con nuevos pasos de baile o canciones de estilos diferentes. Mucho más divertido, dónde va a parar.

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Sin ir más lejos, ayer, mientras me ataba los cordones de los zapatos para salir a la calle a hacer varios recados, mi hermano me miró con talante serio, como con cara de estar allí en la sala conmigo pero, a la vez, de haber estado arreglando mentalmente algún desaguisado en la NASA. Yo le miré a él y, acto seguido, miré mis zapatos por si había hecho alguna lazada mal o por si había algo que se saliese de la norma. Nada. Volví a dirigir mi mirada hacia sus ojos analíticos y entonces me dijo: “hay efemérides en la vida que suceden y no nos damos cuenta de su importancia. No habrá pasado ya mucho tiempo desde que haya vivido ya una, y tú también, y no hemos prestado atención”. Yo, que ya lo conozco demasiado, aunque siempre consigue sorprenderme, lo volví a mirar y pensé: “qué se le habrá pasado por la cabeza esta vez”. Seguí mirándolo y le pedí que me explicara. La respuesta no podría ni haberla imaginado, como de costumbre: “si me pongo ahora mismo a analizarlo, ya hemos vivido de este siglo, del siglo XXI, los mismos días que vivimos del siglo pasado, el XX. Eso no le ocurre a todo el mundo”. ¡Y se queda tan tranquilo!

A veces pienso que entre hermanos debería existir algo así como una fuerza, llamémosla X, H o F, da igual, a través de la cual se pudieran intercambiar las ideas. Que uno se imaginara algo y que, inmediatamente, pasara a la mente del otro a través de una especie de conducto espacio temporal etéreo. De hecho, quizá ya exista aunque no hayamos sabido desarrollarlo porque no son pocas las veces que, con solo mirarme unos segundos, he sabido perfectamente qué quería decirme e, incluso, qué tenía que hacer y cómo en un momento determinado. Pero con las ideas, al menos de momento, no sucede. Su capacidad de imaginación es una mina para cualquier persona que se sienta a escribir frente a una página en blanco.

Me quedé observándolo, posiblemente con el mismo porcentaje de incredulidad y admiración en mi cara -esto seguro que él lo podría calibrar mejor; ni se me ocurre arriesgar con otra proporción porcentual- durante el tiempo que hizo sus cálculos. Con un bolígrafo rojo y en un papel cuadrado de no más de 10×10 centímetros, escribió cientos de cifras que sumó, restó, dividió y vete a saber cuántas cosas más para llegar a la conclusión de que, efectivamente, el pasado 30 de marzo de 2016, es decir, hace aproximadamente un año, tuvo lugar ese acontecimiento trascendental, esa efeméride que muchos hemos vivido, que hemos dejado pasar por delante de nuestras propias narices y que hemos sido tan sumamente imprudentes de no darnos ni cuenta. Aquel 30 de marzo de 2016, miércoles, fue el día en la vida de mi hermano, ingeniero, en el que había llegado al punto en que los días vividos durante el siglo XX eran exactamente los mismos que los vividos en el siglo actual. Cinco mil novecientos treinta y cuatro.

Era tanta mi curiosidad que le pedí que me dijera cuándo había dejado pasar por delante de mí, sin haber prestado atención, esa fecha en mi calendario vital. Y tuve la respuesta: el 2 de junio de 2013. Domingo. Cuatro mil novecientos dos días. Cuatro mil novecientos dos días en el siglo XX y otros cuatro mil novecientos dos en el XXI. Con todas sus horas, sus minutos y segundos. Y hay más. Ante mí he visto pasar ocho años bisiestos, con sus trescientos sesenta y seis días y con todos y cada uno de sus meses. Y yo ahí, simple de mí, atándome los cordones de los zapatos.

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Gracias

“La vida es más compleja y está llena de gente extraordinaria que la hacen más interesante […]. Esas personas que ayudaron a esta niña tienen nombre. Doña Paquita, maestra de mi colegio y absolutamente entusiasta, que me animó a inscribirme a un programa radiofónico. Don Enrique, profesor de música, que vivía al otro lado de la calle y que, de una manera generosa, se ofrece a darme clases particulares y contribuir a desasnarme […]”.

Fueron las primeras palabras que pronunció Ana Belén tras recibir el Goya de Honor 2017. Un homenaje claro a quienes, de la forma más humilde posible, le animaron a dar los pasos necesarios para convertirse en quien hoy es. Un gracias inmenso a aquellos que fueron su mejor influencia.

Su discurso me hizo reflexionar sobre lo importantes que son esas personas cuyas palabras, gestos o miradas un día inocularon en nosotros esa sustancia que nos hace valientes ante el miedo, fuertes ante el fracaso y seguros ante el qué dirán.

Maestros que comprenden y enseñan. Profesores que guían y aconsejan. Docentes que valoran y apoyan.

Hace años una de mis profesoras me recomendó la lectura de Martes con mi viejo profesor, un libro que recoge las reflexiones sobre la vida entre un alumno y su profesor que, afectado por una enfermedad, afronta del modo más optimista, valiente y admirable sus últimos meses de vida. La historia real de un docente cuyas lecciones iban más allá del aula, mucho más allá del pupitre o la pizarra.

“Mi viejo profesor impartió la última asignatura de su vida dando una clase semanal en su casa, junto a una ventana de su despacho, desde un lugar donde podía contemplar cómo se despojaba de sus hojas rosadas un pequeño hibisco”. (Martes con mi viejo profesor, Mitch Albom).

Cuando lo leí por primera vez era adolescente y había partes que no entendía. Al releerlo no hace mucho tiempo supe por qué me lo había recomendado. Comprendí muchas de aquellas cosas que entonces me sonaban lejanas. Y por ello, le estaré eternamente agradecido. Y como a ella, a tantos otros que, de un modo u otro, marcaron mis pasos en diferente etapas.

Hace tan solo unos días una amiga maestra me habló sobre una campaña publicitaria que acaba de lanzar una empresa de contenidos educativos y que pretende volver a poner en valor la labor -la admirable labor- de los docentes. En una sociedad repleta de quienes ahora se hacen llamar influencers, es decir, personas influyentes, la propia acepción del término prácticamente ha perdido parte de su esencia. Porque entre todo ese ruido actual de figuras que pretenden dar consejos y lecciones, tal y como dice el vídeo de la campaña, “hay otros influencers mucho más poderosos”:

“Son ‘influencers’ reales que marcan nuestra sociedad generación tras generación. De ellos depende cómo seremos y cómo lo conseguiremos […]. Son personas como tú y como yo, pero con un poder extraordinario”.

Me gustó tanto esta campaña que me sentí en la obligación de darle difusión y, de la forma más humilde posible, hice un reportaje para laSexta noticias que podéis ver aquí.

Todo reconocimiento y apoyo a los maestros es insuficiente. Al menos una parte de lo que somos es gracias a ellos y su influencia contribuye a cambiar la sociedad. Una sociedad que, en muchas ocasiones, no les trata como merecen.

Tal y como dijo Ana Belén en su discurso sobre la cultura, la educación tampoco goza del mejor reconocimiento de las autoridades responsables de garantizar el futuro de su propio país.

Por eso, desde aquí, mi breve pero inmenso GRACIAS a todos y cada uno de nuestros profesores.

GraciasFLG

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“¡Qué adelantos!”

Me despertaba esta mañana con la noticia de una nueva incorporación en la familia. Escondido entre sábanas y oscuridad, encendí el móvil para hacer un repaso rápido y ver qué estaba pasando y fue lo primero que leí. Durante la noche había nacido Martina. Una buenísima noticia y, posiblemente, la única interesante. Todo lo demás: política, algo de corrupción y premios deportivos. Poco más.

Seguía bajo las sábanas con la única luz de la pantalla del teléfono, como un explorador que atraviesa una cavidad recóndita en algún lugar entre montañas con una linterna en la frente pero con la luz en dirección opuesta, apuntándome a mí y a mis ideas. Durante esos minutos que miré fijamente las fotos que acababa de recibir de la recién nacida, el destello de la pantalla iluminaba mi pensamiento de cómo pasa el tiempo; también el de qué manos y qué uñas tan pequeñas tenía el bebé, el de qué felices estarían sus padres -mis primos- y los padres de esos padres, es decir, sus abuelos y, también el de que en unos años, esa persona tan pequeña llegará a ser maestra o arquitecta, quizá veterinaria o médica, y puede que sea ella la que ayude a traer a este lado de la vida a nuevas incorporaciones a otras familias.

Manofranlopezgalan

Mis pensamientos habían ido muy lejos. Y muy deprisa. Tanto como lo hace la tecnología. Me explico.

Horas más tarde, fui con mis abuelos a la consulta del médico. Sentados en la sala de espera, entre filas de sillas geométricamente colocadas, cuadros con escenas de naturaleza artísticamente viva y carteles de “se ruega silencio”, saqué mi teléfono y les mostré las imágenes de la recién nacida. Tenían a la niña a tan solo unos centímetros de distancia aunque, en realidad, estaba a kilómetros. Y se miraban por primera vez. Mi abuelo cogió el móvil con sus manos y entonces la luz del móvil le iluminó a él como lo hace el sol con el explorador que, desde la oscuridad, sale de entre los huecos de las montañas. Esa luz ahora iluminaba sus pensamientos como por la mañana había hecho con los míos. Yo solo miraba sus manos y las comparaba con las de Martina. Experiencia frente a inocencia. Sufrimiento frente a felicidad. Y tiempo; tiempo vivido y tiempo por vivir. La imagen me pareció absolutamente maravillosa y reveladora pero, al mismo tiempo, me aterraba un poco.

Mi abuelo sonrió y posiblemente pensó en millones de cosas en tan solo unos segundos. En voz baja, me miró y dijo: “¡qué adelantos!”. Sí, pensé yo, y acompañé el pensamiento con un movimiento afirmativo de cabeza.

Martina estaba allí sin estar y él estaba con ella sin estarlo realmente. En otro momento de toda esa vida que mi abuelo tiene dibujada en las arrugas de sus manos hubieran tenido que pasar horas, días o, incluso, semanas para ese primer encuentro. Ahora, la acaba de conocer y solo habían pasado unos pocos segundos de vida de quien, dentro de unos años, puede que coja entre sus manos algo que, ahora mismo, ni ella ni ninguno de nosotros podemos llegar a imaginar.

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Una cosa brillante en la nariz

Hace justo una semana estaba poniendo el árbol de Navidad en casa.

Siete días. Han pasado siete días y, mire donde mire, hay algún punto de purpurina. En el respaldo de una silla, en la planta que hay sobre la mesa del salón, en el cojín pequeño al lado izquierdo del sofá, en la cinta de la persiana, incluso en la persiana. ¡Por fuera! Incomprensible. Totalmente incomprensible. Podría decir que no existe material más indestructible que la purpurina si no fuera porque no es verdad. O quizá sí.

Importa poco que hayas pasado tres veces la aspiradora, siete la mopa o si te has tirado de rodillas al suelo para, una a una, recoger cada diminuta mota de brillo que, misteriosamente, ha inundado la casa.

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Nota mental: cuando cogiste aquella estrella decorativa rebozada en brillo cual filete empanado jamás pensaste que vivirías entre diminutas motas doradas el resto de tu vida. Pero ahora te das cuenta de que quizá la estrella tenía que haber sido simplemente dorada, sin purpurina, ese mal ancestral.

Hace siete días me lavé las manos hasta eliminar alguna capa de la piel. Estoy seguro. Aun así, allí seguían. Fijas. Inmóviles. Puntos brillantes jugando entre las líneas de las huellas dactilares. Como si cada dedo se hubiese convertido, por sí solo, en un árbol de Navidad, con sus luces y sus adornos. Y ahí siguen. No en las manos, solo faltaría, pero sí en los lugares donde jamás pensarías que podría llegar la purpurina. Estás leyendo un libro en tu cama y, misteriosamente, al pasar la página, descubres tres puntos dorados entre los párrafos segundo y tercero. Miras entonces al techo como para lamentarte de su constante presencia y descubres que, al lado de la lámpara, hay otros cuatro o cinco. ¡Es imposible! Si árbol está en el salón, ¡¿cómo han llegado hasta allí?! Vas al baño a lavarte los dientes y, desafiantes, dos luciérnagas de plástico inmortal te miran desde la toalla. Intentas retirarlas con el mayor de los cuidados pero irremediablemente se instalan de forma estratégica entre tus dedos donde sobrevivirán, aunque no quieras, durante horas, días, meses… Ellas tienen el control.

Conociendo su capacidad de supervivencia, ahora con los años pienso que quizá alguna de estas motas me haya perseguido desde de mis clases de Plástica en Primaria. Aquellas en las que vaciabas botes de purpurina multicolor sobre una cartulina para diseñar la postal navideña más original posible.

Hace siete días deseé ver el árbol instalado. Con sus luces y sus bolas. Hace exactamente siete días lamenté también tener el árbol instalado. Con sus luces, sus bolas y la estrella con purpurina. Pero llega la Navidad. Hacía muchos años que no decoraba un árbol y tenía especial ilusión por hacerlo. Ahora, no pienso en otra cosa que en el día que tenga que desmontarlo. No sé si será mejor quitar la estrella lo primero o dejarla para el final.

Hace siete días que llevo recogiendo puntos brillantes por donde quiera que vaya. Esta mañana me he levantado con miedo a que, al salir de entre las sábanas, un ejército de puntos me estuviera esperando tras la puerta de la habitación. He salido con cautela al pasillo; he entrado en el baño casi de puntillas para no hacer ruido. No he visto ninguno. Ni en las manillas de las puertas, ni en las paredes, tampoco en la toalla. Nada en la cocina. Tampoco entre mi ropa. Nada. Pensé que habían desaparecido pero cuando he bajado a hacer la compra, la dependienta me ha mirado con una expresión de maternal ternura y ha sentenciado: “¡Uy, tienes una cosa brillante en la nariz!”.

Me rindo.