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La realidad en las estanterías del supermercado

Tan solo quería una tableta de chocolate.

-¿Perdón?- Le dije cuando escuché su voz.

-¿Podrías alcanzarme esa tableta de chocolate, por favor?

Esa fue su pregunta a modo de respuesta a mi pregunta anterior. Y siempre con una enorme sonrisa.

En décimas de segundo y antes de que mi cerebro lanzara un mensaje al resto de mi cuerpo para iniciar el movimiento, me di cuenta de que sus manos estaban totalmente arqueadas, inmóviles, exactamente igual que el resto de su cuerpo de cintura para abajo. Aquel hombre iba en silla de ruedas y solicitaba mi ayuda para poder coger una tableta de chocolate de una de las estanterías del supermercado en el que yo había aterrizado hacía tan solo unos minutos con mil historias dando vueltas en mi cabeza. Tantas, que ni siquiera había prestado atención a todo lo que había a mi alrededor. Y no lo hice hasta que aquel hombre me llamó.

Me agradeció el gesto y volvió a sonreír. Me despedí de él, pero a los pocos segundos volvió a solicitar mi ayuda.

-Me he equivocado, perdóname –me dijo-. No es esta la tableta que quería, sino esa otra –añadió intentando señalar la ubicación del producto con una de sus deterioradas manos-.

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Intercambiamos una por otra. Volví a colocar la primera tableta en la estantería y la segunda en la bolsa de tela que llevaba colgada de su silla. Me ofrecí a acompañarle a hacer su compra. Le expliqué que no tenía ninguna prisa y que podría hacerlo y ya más tarde, cuando hubiésemos acabado, me pondría yo con mi lista. Pero dijo que no, que tan solo necesitaba eso y alguna otra cosa que él ya había cogido. Me dio las gracias y con una amplia sonrisa y una cara que irradiaba optimismo me dijo:

-A la vida hay que ponerle lo dulce, que lo amargo viene solo.

Fue un golpe de realidad tan fuerte que en ese preciso momento sentí como si una avalancha de nieve me hubiese dejado sepultado por completo entre las estanterías del supermercado.

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Tenían otros planes

Lo miro a lo lejos mientras repaso mentalmente mi primer Sant Jordi en Barcelona: las amplias avenidas de una ciudad siempre imponente que se quedan pequeñas, el olor a rosas, a libros nuevos y no tan nuevos, el sol, la gente, los besos y los abrazos…

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Todo ha acabado, él ha vuelto y ahí está, colocado entre otros cuantos similares a él. Lo único que le diferencia del resto es, por una parte, el grosor y, por otra, los caracteres que dan forma y sentido a su contenido. Tumbado, parece descansar tras una larga jornada fuera de su lugar común. Por cansancio o, quizás, por resignación, adopta una postura arqueada, como si se rindiese ante algún tipo de situación que ha hecho saltar por los aires sus expectativas, como si hubiese pasado por mil manos antes de volver, sin dueño, al mismo punto de partida del que salió aquella mañana de un veintitrés de abril en que le dijeron que podría ser el inicio de una larga y nueva aventura.

Desde ese lugar, el mismo en el que vuelve a estar ahora, había escuchado no en pocas ocasiones que salir no era el final sino el principio; que ese era “el momento especial” en que su existencia cobraba realmente el sentido por el que un día fue creado. Pero ahí sigue. Como sin pretenderlo, mira desde un estante desvencijado al resto que, poco a poco y como él, han ido ocupando los huecos que poco antes había dejado la ausencia.

Algunos de los que salieron no han vuelto. Y si algún día lo hacen, los que siguen aquí saben que aquellos lo harán en unas condiciones totalmente diferentes porque ya se fueron un día y ya siempre tendrán unas manos entre las que volver, unos ojos que surquen el mar de sus letras y una imaginación que vuele con el simple hecho de navegar en él.

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Sí. Hay libros que han vuelto. Tenían otros planes pero han regresado a las estanterías de las que salieron una mañana soleada en dirección a grandes avenidas o a pequeños rincones de un pueblo entre montañas con una intención clara pero tristemente truncada. Libros que siguen esperando a que alguien no tenga que esperar otros cuantos meses a que una tradición convertida en fiesta literaria le obligue a salir a la calle o a acercarse a una librería a por uno de ellos por el simple hecho de formar parte de una masa y ser así uno más.

Porque días del libro hay uno, sí, pero libros hay todos los días. Y nos están esperando.

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(¿)Todo está escrito(?)

Mi intención era pasar la tarde escribiendo en una cafetería que ha reabierto después de pasar un par de años cerrada. Un inesperado cierre que pilló a muchos por sorpresa, casi igual que su reapertura. Es uno de esos locales míticos de Madrid con barra y mesas de mármol, lámparas de época y decoración en madera barnizada de tiempo, recuerdos e historias.

Precisamente una de esas historias ronda mi cabeza desde hace un tiempo y deseaba salir de algún modo esa tarde. Convertirse, quizás, en frases con algún tipo de orden y sentido. Pero no iba a ocurrir allí. El camarero, muy cortés, respondió a mi pregunta: “No, de momento a esa zona con mesas bajas solamente se puede pasar si va al comedor. Más adelante se servirán también cafés ahí”. A mi historia y a mí no nos quedó más remedio que buscar otro lugar.

Mientras el camarero del nuevo local preparaba el café detrás de la barra yo pensaba en cuántas historias habrían surgido en aquel primer lugar, y en éste otro en el que había acabado. Y sobre qué hablarían. Hay tantas historias como personas. Bueno, en realidad, diría que son más las historias. Eso hizo preguntarme si, de algún modo, (¿)todo está ya escrito(?). Cada historia es única, sí, pero el trasfondo, lo que conllevan, su germen, en definitiva, de lo que hablan suelen ser campos de cultivo similares de los que brotan esas historias.

Por recomendación de una amiga amante de las historias como yo, decidí llevarme esa tarde el libro Las incertidumbres, de Jaume Cabré. En uno de sus capítulos el autor reflexiona precisamente sobre esto y dice: “¿La realidad cambia constantemente? No lo tengo claro. Cambian las circunstancias, pero la persona es igual que en la época homérica. En aquellos tiempos no había móviles, ni macdonalds, ni agentes de seguros. Pero había envidia, amor, orgullo, generosidad, cobardía”.

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Efemérides

Tener un hermano ingeniero es más divertido de lo que, en principio, podría parecer. Aunque, pensándolo bien, tampoco tendría por qué no serlo. Mientras tú, persona de letras, práctico, simple y, para bien o para mal, pragmático hasta la extenuación, miras algo, él aprovecha para escudriñarlo. Mientras tú simplemente te limitas a observar ese cesto de mimbre con varias plantas colocado en la mesa auxiliar de la sala, él posiblemente ya haya sido capaz de dar con el número de veces que esas plantas han podido hacer el proceso completo de fotosíntesis antes de ser trasplantadas y transportadas desde la floristería a casa.

He ahí la diferencia: cuando tú vas, no es que él ya haya vuelto, sino que ya te ha adelantado un par de veces y podría darte la descripción detallada de cómo y a qué distancia está la meta a la que tú estás todavía intentando llegar. Y no es que uno sea inteligente y otro no. Qué va. Cada uno ve la realidad en función de lo que es. Es como si uno en un texto ve la belleza de las palabras y otro, el proceso completo de la escritura.

Mirar la vida con ojos de ingeniero tiene que ser como vivir dos veces al mismo tiempo: una como persona humana que camina por la vida cumpliendo reglas y patrones establecidos y disfrutando del viaje y otra, como persona, humana también, por supuesto, disfrutando del viaje también, claro, pero que va animando la fiesta con nuevos pasos de baile o canciones de estilos diferentes. Mucho más divertido, dónde va a parar.

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Sin ir más lejos, ayer, mientras me ataba los cordones de los zapatos para salir a la calle a hacer varios recados, mi hermano me miró con talante serio, como con cara de estar allí en la sala conmigo pero, a la vez, de haber estado arreglando mentalmente algún desaguisado en la NASA. Yo le miré a él y, acto seguido, miré mis zapatos por si había hecho alguna lazada mal o por si había algo que se saliese de la norma. Nada. Volví a dirigir mi mirada hacia sus ojos analíticos y entonces me dijo: “hay efemérides en la vida que suceden y no nos damos cuenta de su importancia. No habrá pasado ya mucho tiempo desde que haya vivido ya una, y tú también, y no hemos prestado atención”. Yo, que ya lo conozco demasiado, aunque siempre consigue sorprenderme, lo volví a mirar y pensé: “qué se le habrá pasado por la cabeza esta vez”. Seguí mirándolo y le pedí que me explicara. La respuesta no podría ni haberla imaginado, como de costumbre: “si me pongo ahora mismo a analizarlo, ya hemos vivido de este siglo, del siglo XXI, los mismos días que vivimos del siglo pasado, el XX. Eso no le ocurre a todo el mundo”. ¡Y se queda tan tranquilo!

A veces pienso que entre hermanos debería existir algo así como una fuerza, llamémosla X, H o F, da igual, a través de la cual se pudieran intercambiar las ideas. Que uno se imaginara algo y que, inmediatamente, pasara a la mente del otro a través de una especie de conducto espacio temporal etéreo. De hecho, quizá ya exista aunque no hayamos sabido desarrollarlo porque no son pocas las veces que, con solo mirarme unos segundos, he sabido perfectamente qué quería decirme e, incluso, qué tenía que hacer y cómo en un momento determinado. Pero con las ideas, al menos de momento, no sucede. Su capacidad de imaginación es una mina para cualquier persona que se sienta a escribir frente a una página en blanco.

Me quedé observándolo, posiblemente con el mismo porcentaje de incredulidad y admiración en mi cara -esto seguro que él lo podría calibrar mejor; ni se me ocurre arriesgar con otra proporción porcentual- durante el tiempo que hizo sus cálculos. Con un bolígrafo rojo y en un papel cuadrado de no más de 10×10 centímetros, escribió cientos de cifras que sumó, restó, dividió y vete a saber cuántas cosas más para llegar a la conclusión de que, efectivamente, el pasado 30 de marzo de 2016, es decir, hace aproximadamente un año, tuvo lugar ese acontecimiento trascendental, esa efeméride que muchos hemos vivido, que hemos dejado pasar por delante de nuestras propias narices y que hemos sido tan sumamente imprudentes de no darnos ni cuenta. Aquel 30 de marzo de 2016, miércoles, fue el día en la vida de mi hermano, ingeniero, en el que había llegado al punto en que los días vividos durante el siglo XX eran exactamente los mismos que los vividos en el siglo actual. Cinco mil novecientos treinta y cuatro.

Era tanta mi curiosidad que le pedí que me dijera cuándo había dejado pasar por delante de mí, sin haber prestado atención, esa fecha en mi calendario vital. Y tuve la respuesta: el 2 de junio de 2013. Domingo. Cuatro mil novecientos dos días. Cuatro mil novecientos dos días en el siglo XX y otros cuatro mil novecientos dos en el XXI. Con todas sus horas, sus minutos y segundos. Y hay más. Ante mí he visto pasar ocho años bisiestos, con sus trescientos sesenta y seis días y con todos y cada uno de sus meses. Y yo ahí, simple de mí, atándome los cordones de los zapatos.

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Saudade

Te recibe con una bienvenida férrea, robusta y elegante. A lo lejos, el mar de tejados rojos atracado a orillas de un río que nada tiene que envidiar al mar. Te acoge incluso antes de llegar, te tiende la mano con gratitud y generosidad. Porque eso es Lisboa: da tanto que es imposible devolvérselo. Es tradición y es historia; es modernidad y es cambio.

Lisboa es un amanecer de reflejos dorados. Son sus pasteles de nata recién horneados; es el aroma a café. Es sabor. Olor. Es color.

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Lisboa son sus plazas, sus grandes avenidas y sus irregulares calles. Son sus adoquines que son uno y a la vez son miles. Es su decadencia. Son sus azulejos.

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Lisboa es una invitación a perderse y hacerlo allí es donde la palabra cobra sentido. Es una taza de té entre millones de libros. Es perderse en el eclecticismo de una antigua fábrica reconvertida.

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Lisboa es una mujer que te invita a cruzar una verja y a caminar lentamente hacia ese rincón escondido que es un palco con vistas espectaculares hacia un escenario único.

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Es su Catedral que sorprende al bajar o al subir, de lejos y de cerca. Son sus minúsculas tiendas. Es su gente.

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Lisboa es una farola tenue que ilumina lo más simple. Es un anciano que te mira y te sonríe cuando pasas junto a él. Es un niño que descubre la belleza como si fuera la primera vez.

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Lisboa es el traqueteo de un vagón del tranvía 28 que fluye por las estrechas y empinadas calles de la Alfama. Es la voz de un fado que desgarra el atardecer. Lisboa es el día; es la noche.

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Lisboa son sus historias. Es un paseo en el horizonte. Es un principio, pero, también, un final.

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Es añoranza, es nostalgia. Lisboa es saudade.

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Si queréis ver más fotos, podéis visitar mi perfil de Instagram.

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Gracias

“La vida es más compleja y está llena de gente extraordinaria que la hacen más interesante […]. Esas personas que ayudaron a esta niña tienen nombre. Doña Paquita, maestra de mi colegio y absolutamente entusiasta, que me animó a inscribirme a un programa radiofónico. Don Enrique, profesor de música, que vivía al otro lado de la calle y que, de una manera generosa, se ofrece a darme clases particulares y contribuir a desasnarme […]”.

Fueron las primeras palabras que pronunció Ana Belén tras recibir el Goya de Honor 2017. Un homenaje claro a quienes, de la forma más humilde posible, le animaron a dar los pasos necesarios para convertirse en quien hoy es. Un gracias inmenso a aquellos que fueron su mejor influencia.

Su discurso me hizo reflexionar sobre lo importantes que son esas personas cuyas palabras, gestos o miradas un día inocularon en nosotros esa sustancia que nos hace valientes ante el miedo, fuertes ante el fracaso y seguros ante el qué dirán.

Maestros que comprenden y enseñan. Profesores que guían y aconsejan. Docentes que valoran y apoyan.

Hace años una de mis profesoras me recomendó la lectura de Martes con mi viejo profesor, un libro que recoge las reflexiones sobre la vida entre un alumno y su profesor que, afectado por una enfermedad, afronta del modo más optimista, valiente y admirable sus últimos meses de vida. La historia real de un docente cuyas lecciones iban más allá del aula, mucho más allá del pupitre o la pizarra.

“Mi viejo profesor impartió la última asignatura de su vida dando una clase semanal en su casa, junto a una ventana de su despacho, desde un lugar donde podía contemplar cómo se despojaba de sus hojas rosadas un pequeño hibisco”. (Martes con mi viejo profesor, Mitch Albom).

Cuando lo leí por primera vez era adolescente y había partes que no entendía. Al releerlo no hace mucho tiempo supe por qué me lo había recomendado. Comprendí muchas de aquellas cosas que entonces me sonaban lejanas. Y por ello, le estaré eternamente agradecido. Y como a ella, a tantos otros que, de un modo u otro, marcaron mis pasos en diferente etapas.

Hace tan solo unos días una amiga maestra me habló sobre una campaña publicitaria que acaba de lanzar una empresa de contenidos educativos y que pretende volver a poner en valor la labor -la admirable labor- de los docentes. En una sociedad repleta de quienes ahora se hacen llamar influencers, es decir, personas influyentes, la propia acepción del término prácticamente ha perdido parte de su esencia. Porque entre todo ese ruido actual de figuras que pretenden dar consejos y lecciones, tal y como dice el vídeo de la campaña, “hay otros influencers mucho más poderosos”:

“Son ‘influencers’ reales que marcan nuestra sociedad generación tras generación. De ellos depende cómo seremos y cómo lo conseguiremos […]. Son personas como tú y como yo, pero con un poder extraordinario”.

Me gustó tanto esta campaña que me sentí en la obligación de darle difusión y, de la forma más humilde posible, hice un reportaje para laSexta noticias que podéis ver aquí.

Todo reconocimiento y apoyo a los maestros es insuficiente. Al menos una parte de lo que somos es gracias a ellos y su influencia contribuye a cambiar la sociedad. Una sociedad que, en muchas ocasiones, no les trata como merecen.

Tal y como dijo Ana Belén en su discurso sobre la cultura, la educación tampoco goza del mejor reconocimiento de las autoridades responsables de garantizar el futuro de su propio país.

Por eso, desde aquí, mi breve pero inmenso GRACIAS a todos y cada uno de nuestros profesores.

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Sobre la lectura

Como cada tarde después de comer, recoge sus pocas pertenencias y, meticulosamente, las coloca en ese pequeño armario de madera que los años han visto y han hecho envejecer y que está junto a la ventana. Sus cazos, el puchero pequeño de tapa verde, las fuentes de cristal y su taza azul para la infusión. Detrás de todo ello, junto a la pared, coloca también los botes de plástico con las especias que él mismo compra cada semana en el mercado desde hace años. Tantos que ni se acuerda. Abre la ventana y, durante unos segundos, observa el calendario de sábados en rojo y fases lunares que cuelga de los barrotes metálicos y permanece en silencio.
Sin dejar de mirar por la ventana coge la tela oscura de cuadros y se la ata a la cintura. Levanta la almohada que descansa sobre la cama, al lado del mueble de madera y debajo de la ventana, y saca el libro. Se acuesta, cruza las piernas y lo abre. Y, justo entonces, comienza a leer.

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Y, justo entonces, a miles de kilómetros y bajo algún otro calendario, otros ojos miran las mismas palabras, leen los mismos renglones y sienten la misma emoción. Puede que, esta vez, el escenario no sea una casa sino una calle, la sala de espera de un dentista, un templo budista en alguna montaña de Nepal o, incluso, puede que quien lea no se apoye en una cama sino, quizá, en la trompa de un elefante.

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Todos leen. Y ahora yo leo y observo cómo leen. Lo hago mientras paso cada una de las páginas del libro Sobre la lectura con fotografías de Steve McCurry en las que gente de todo el mundo aparece leyendo. E imagino las vidas de todos ellos, teorizo sobre qué leerán o si sentirán lo mismo al leer, quizá, la misma historia.

Algo parecido me ha pasado esta semana. La última entrada que publiqué en el blog, “¡Qué adelantos!”, en la que hablaba sobre el nacimiento de Martina, ha recibido visitas desde lugares en los que jamás pensé que pudiera haber un lector interesado precisamente en esa historia. Costa Rica, Indonesia, Australia… Pero Internet es así, como los sentimientos, universal.

Alguien en América leía exactamente lo mismo, y puede que al mismo tiempo, que la amiga del hermano de la madre de Martina. Y, por algunos de los comentarios que me han hecho llegar, creo que tuvieron sentimientos parecidos. Y yo que me alegro. No sabéis cuanto.

Leed. Mucho. Y sentid. Y pensad que, quizá en ese momento concreto, alguien esté sintiendo exactamente lo mismo a millones de libros de distancia.

(Imágenes: Steve McCurry. Sobre la lectura. Editorial Phaidon).

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“¡Qué adelantos!”

Me despertaba esta mañana con la noticia de una nueva incorporación en la familia. Escondido entre sábanas y oscuridad, encendí el móvil para hacer un repaso rápido y ver qué estaba pasando y fue lo primero que leí. Durante la noche había nacido Martina. Una buenísima noticia y, posiblemente, la única interesante. Todo lo demás: política, algo de corrupción y premios deportivos. Poco más.

Seguía bajo las sábanas con la única luz de la pantalla del teléfono, como un explorador que atraviesa una cavidad recóndita en algún lugar entre montañas con una linterna en la frente pero con la luz en dirección opuesta, apuntándome a mí y a mis ideas. Durante esos minutos que miré fijamente las fotos que acababa de recibir de la recién nacida, el destello de la pantalla iluminaba mi pensamiento de cómo pasa el tiempo; también el de qué manos y qué uñas tan pequeñas tenía el bebé, el de qué felices estarían sus padres -mis primos- y los padres de esos padres, es decir, sus abuelos y, también el de que en unos años, esa persona tan pequeña llegará a ser maestra o arquitecta, quizá veterinaria o médica, y puede que sea ella la que ayude a traer a este lado de la vida a nuevas incorporaciones a otras familias.

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Mis pensamientos habían ido muy lejos. Y muy deprisa. Tanto como lo hace la tecnología. Me explico.

Horas más tarde, fui con mis abuelos a la consulta del médico. Sentados en la sala de espera, entre filas de sillas geométricamente colocadas, cuadros con escenas de naturaleza artísticamente viva y carteles de “se ruega silencio”, saqué mi teléfono y les mostré las imágenes de la recién nacida. Tenían a la niña a tan solo unos centímetros de distancia aunque, en realidad, estaba a kilómetros. Y se miraban por primera vez. Mi abuelo cogió el móvil con sus manos y entonces la luz del móvil le iluminó a él como lo hace el sol con el explorador que, desde la oscuridad, sale de entre los huecos de las montañas. Esa luz ahora iluminaba sus pensamientos como por la mañana había hecho con los míos. Yo solo miraba sus manos y las comparaba con las de Martina. Experiencia frente a inocencia. Sufrimiento frente a felicidad. Y tiempo; tiempo vivido y tiempo por vivir. La imagen me pareció absolutamente maravillosa y reveladora pero, al mismo tiempo, me aterraba un poco.

Mi abuelo sonrió y posiblemente pensó en millones de cosas en tan solo unos segundos. En voz baja, me miró y dijo: “¡qué adelantos!”. Sí, pensé yo, y acompañé el pensamiento con un movimiento afirmativo de cabeza.

Martina estaba allí sin estar y él estaba con ella sin estarlo realmente. En otro momento de toda esa vida que mi abuelo tiene dibujada en las arrugas de sus manos hubieran tenido que pasar horas, días o, incluso, semanas para ese primer encuentro. Ahora, la acaba de conocer y solo habían pasado unos pocos segundos de vida de quien, dentro de unos años, puede que coja entre sus manos algo que, ahora mismo, ni ella ni ninguno de nosotros podemos llegar a imaginar.

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Lo que pasa cuando no pasa nada

He pasado horas con el mismo sonido de fondo. Ha salido el Gordo e imagino la alegría de muchos que, a estas horas, deben estar celebrándolo. Sí, les ha cambiado la vida. Un poco, al menos. Son felices.

He hecho referencia al sonido, sí. Aunque, aquí y ahora, me gustaría hablar sobre su ausencia. Es decir, sobre el silencio.

Volví a casa de mis padres hace tres días. Es Navidad y tengo unos días de vacaciones. Estoy a unos trescientos kilómetros de Madrid y como a unos diez grados menos de temperatura. O más. Seguramente muchos más. Pero aquí hay algo que, por mucho que lo busque allí, no lo hay. Silencio.

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Llevo tres noches haciendo exactamente lo mismo. Cuando en este rincón al oeste del país comienza a irse el día por el horizonte y el sonido por algún otro lugar que aun no he conseguido descubrir, muevo ligeramente la cabeza y miro hacia arriba. Nada más. Cada vez que veo todas esas estrellas que brillan como si fuera lo último que fueran a hacer, pienso cómo es posible vivir sin poder hacerlo a diario. Sin verlo a diario. Sin escucharlo a diario.

Me gusta escuchar el silencio. Y verlo. Porque, a veces, no nos damos cuenta de todo lo que pasa cuando no pasa nada.

No es el Gordo, pero también me hace feliz.

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Una cosa brillante en la nariz

Hace justo una semana estaba poniendo el árbol de Navidad en casa.

Siete días. Han pasado siete días y, mire donde mire, hay algún punto de purpurina. En el respaldo de una silla, en la planta que hay sobre la mesa del salón, en el cojín pequeño al lado izquierdo del sofá, en la cinta de la persiana, incluso en la persiana. ¡Por fuera! Incomprensible. Totalmente incomprensible. Podría decir que no existe material más indestructible que la purpurina si no fuera porque no es verdad. O quizá sí.

Importa poco que hayas pasado tres veces la aspiradora, siete la mopa o si te has tirado de rodillas al suelo para, una a una, recoger cada diminuta mota de brillo que, misteriosamente, ha inundado la casa.

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Nota mental: cuando cogiste aquella estrella decorativa rebozada en brillo cual filete empanado jamás pensaste que vivirías entre diminutas motas doradas el resto de tu vida. Pero ahora te das cuenta de que quizá la estrella tenía que haber sido simplemente dorada, sin purpurina, ese mal ancestral.

Hace siete días me lavé las manos hasta eliminar alguna capa de la piel. Estoy seguro. Aun así, allí seguían. Fijas. Inmóviles. Puntos brillantes jugando entre las líneas de las huellas dactilares. Como si cada dedo se hubiese convertido, por sí solo, en un árbol de Navidad, con sus luces y sus adornos. Y ahí siguen. No en las manos, solo faltaría, pero sí en los lugares donde jamás pensarías que podría llegar la purpurina. Estás leyendo un libro en tu cama y, misteriosamente, al pasar la página, descubres tres puntos dorados entre los párrafos segundo y tercero. Miras entonces al techo como para lamentarte de su constante presencia y descubres que, al lado de la lámpara, hay otros cuatro o cinco. ¡Es imposible! Si árbol está en el salón, ¡¿cómo han llegado hasta allí?! Vas al baño a lavarte los dientes y, desafiantes, dos luciérnagas de plástico inmortal te miran desde la toalla. Intentas retirarlas con el mayor de los cuidados pero irremediablemente se instalan de forma estratégica entre tus dedos donde sobrevivirán, aunque no quieras, durante horas, días, meses… Ellas tienen el control.

Conociendo su capacidad de supervivencia, ahora con los años pienso que quizá alguna de estas motas me haya perseguido desde de mis clases de Plástica en Primaria. Aquellas en las que vaciabas botes de purpurina multicolor sobre una cartulina para diseñar la postal navideña más original posible.

Hace siete días deseé ver el árbol instalado. Con sus luces y sus bolas. Hace exactamente siete días lamenté también tener el árbol instalado. Con sus luces, sus bolas y la estrella con purpurina. Pero llega la Navidad. Hacía muchos años que no decoraba un árbol y tenía especial ilusión por hacerlo. Ahora, no pienso en otra cosa que en el día que tenga que desmontarlo. No sé si será mejor quitar la estrella lo primero o dejarla para el final.

Hace siete días que llevo recogiendo puntos brillantes por donde quiera que vaya. Esta mañana me he levantado con miedo a que, al salir de entre las sábanas, un ejército de puntos me estuviera esperando tras la puerta de la habitación. He salido con cautela al pasillo; he entrado en el baño casi de puntillas para no hacer ruido. No he visto ninguno. Ni en las manillas de las puertas, ni en las paredes, tampoco en la toalla. Nada en la cocina. Tampoco entre mi ropa. Nada. Pensé que habían desaparecido pero cuando he bajado a hacer la compra, la dependienta me ha mirado con una expresión de maternal ternura y ha sentenciado: “¡Uy, tienes una cosa brillante en la nariz!”.

Me rindo.