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La cruda realidad

Si tuviera que elegir una palabra para definir Jauría, podría ser crudeza. No es más que la realidad, cruda, sin artificios. Es una obra de teatro que te desgarra, te rompe por dentro, que te obliga a tragarte, una y otra vez, las ganas de gritar en el patio de butacas.

Las interpretaciones de los actores son magistrales, en especial la de la actriz principal, María Hervás, que da vida a la víctima de La Manada. La fuerza con la que empieza la función, ya desde la primera escena, no cesa en ningún momento y te obliga a entrar en una especie de espiral de emociones que te aprietan el estómago hasta casi ahogarte. Sientes tanta impotencia por ver cómo la realidad puede llegar a ser tan cruel que necesitas expresarte de algún modo. Y, entonces, quieres hablar pero tu mente te lo prohíbe, quieres correr pero tus piernas se han paralizado, quieres aguantar las lágrimas pero cuando te das cuenta la impotencia ya recorre tu cara. Nunca había sentido algo así en el teatro. Jamás. Por eso, precisamente por eso, sería conveniente que todos tuviésemos la oportunidad de sufrir -y digo bien, de sufrir- durante la hora y media que dura la función para tomar conciencia sobre ciertos asuntos como, en este caso, los peligros del machismo, la violencia de género, los abusos sexuales y, por qué no, las injusticias que son incomprensibles en pleno siglo XXI.

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Jauría forma parte del llamado Teatro Documento que nadie como el Teatro Kamikaze ha sabido llevar a escena. Sobre las tablas, ni una frase añadida. Tan solo, fragmentos literales de la transcripción del juicio a los integrantes de La Manada, condenados por abusar sexualmente a una joven durante las fiestas de San Fermín en 2016. Una obra de Jordi Casanovas, dirigida por Miguel del Arco que ha arrasado en Madrid y que ahora hará gira por toda España para que llegue al mayor número de público posible. Algo que es fundamental y necesario porque sí, Jauría es mucho más que teatro; es la realidad, la cruda realidad, que nos muestra de frente y sin adornos una sociedad muchas veces injusta, otras, cruel de la que formamos parte y que, entre todos, podemos -y debemos- cambiar. Y ahí el teatro también juega un papel fundamental.

Jauría es, sin lugar a dudas, casi una obligación.

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Museo del Prado. Interior. Noche

Me gusta perderme en el Museo del Prado. Lo hago con bastante frecuencia, pero pocas veces he disfrutado tanto como aquella.

Era sábado. Diez de la noche. A su alrededor, las calles estaban tranquilas, vacías. Parecía que también las hubiesen cerrado ya al público. Paseé durante unos minutos por fuera, frente al edificio, como si estuviera hablando con él. Y, entonces, me invitó a pasar dentro.

MuseoDelPrado FLG

No era una noche cualquiera para el Museo del Prado. Tampoco para mí. Pero eso lo supe más tarde.

En cada una de mis visitas pensaba en cómo sería pasear solo por aquellos pasillos repletos de obras de arte. Eso que muchos hemos imaginado millones de veces fue exactamente lo que pasó. Me habían invitado a asistir a varios conciertos que el Festival Internacional de Arte Sacro celebraba allí. Pude entrar antes de que todo empezase. Después de atravesar los arcos de seguridad de la entrada y dar mis datos escuché un «¡Bienvenido!», que era como un paquete de regalo envuelto con mucho cuidado. Solo tenía que tirar de una de las puntas del lazo y abrirlo para disfrutar de él.

No se escuchaba nada. Las luces, como las de las calles, iluminaban de forma tenue la recepción y los pasillos más próximos por los que comencé a caminar siguiendo a uno de los vigilantes de seguridad al que dejaba que se adelantase para poder quedarme solo mientras me guiaba por las salas.

Sentía que los cuadros, las estatuas, los tapices eran los que me miraban, como si quisieran decirme algo. Cada uno de mis pasos resonaba entre las paredes y el techo; el sonido de nuestra presencia se colaba de sala en sala, subía y bajaba las escaleras; mi reflejo se imprimía en los cristales de las vitrinas y los ventanales… Paseaba frente a Tiziano, Velázquez, Goya; sentía la energía de Rafael, de Rembrandt; saludaba tímidamente con la mano a Murillo, a Van Dyck… De pronto, escuché una voz, cada vez con más fuerza. La seguí, como un metal imantado. Rocío Márquez ensayaba frente a Rubens, le hablaba cara a cara. El color de su voz se fundía como pinceladas de óleo en cada uno de los lienzos.

En silencio, parado ante aquella belleza, me limité a escuchar. Deseé que aquel momento durara para siempre.

Y, claro, tuve que contarlo. Si os apetece, podéis ver el reportaje que hice sobre aquella experiencia aquí.

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2018. Página a página

El año comenzaba con el desarraigo de los personajes de toda una Premio Pulitzer. Nada como perderse en la Tierra desacostumbrada de Jhumpa Lahiri para disfrutar de la literatura con mayúsculas. No es su primer libro, ni siquiera con el que ganó uno de los premios con mayor reconocimiento a nivel mundial, pero gracias a este libro he descubierto a quien ya está entre mis escritoras más admiradas.

“Te había visto antes, demasiadas veces para contarlas”.

Tierra desacostumbrada

¿Disfrutar del mar en pleno invierno? Charles Simmons me invitó a sumergirme en Agua salada, una novela mediterránea sobre la pérdida de la inocencia, que tenía cierto sabor a Buenos días, tristeza, de Françoise Sagan, novela breve que devoré inmediatamente después. Los clásicos nunca fallan.

Agua salada

A veces ocurre que el lugar en el que terminas algunos libros no es cualquier lugar. En Florencia terminé Los siete mensajeros y otros cuentos, una recopilación de relatos del escritor italiano Dino Buzzati. Quizá fuese la cuidad, puede que hayan sido las historias, pero me hizo pensar. Mucho. Y eso es lo bueno de los libros.

Dino Buzzati

Por unas horas, la librería Rafael Alberti de Madrid se convirtió en el Japón del año 1000 cuando Didier Decoin, el ganador del Premio Goncourt en 1997, presentó su novela La oficina de estanques y jardines. Una historia de aventura y amor que me hizo viajar en el tiempo y desear con más ganas poder perderme en esos paisajes nipones que tanto misterio albergan.

Helena o el mar del verano fue breve, pero uno de los libros más bellos que he leído este año.

Y él me volvió a sorprender:

Que nadie duerma

Que nadie duerma, de Juan José Millás suena a Puccini. El Nessun dorma, de la ópera Turandot, sirve de guía en toda esta historia en la que nada es lo que parece.

Un año da para mucho pero siempre hay un libro que, de repente, te deja sin aliento. Si 2018 comenzaba bien con Jhumpa Lahiri, siguió aún mejor con el que ya es uno de mis libros favoritos y con el que su autora también recibió el Pulitzer: Olive Kitterigde, de Elisabeth Strout. La vida de esa profesora jubilada formará ya parte de mí para siempre.

Olive Kitteridge

Blitz fue otro de los libros de este año que duró en mis manos lo mismo que el destello de un relámpago, que es exactamente lo que significa el título de esta novela breve de David Trueba.

Y ahora tomo aire para escribir sobre el siguiente libro. Es, junto al de Jhumpa Lahiri y el de Elisabeth Strout, el que forma el triunvirato de 2018: Ordesa, de Manuel Vilas. Es EL libro. Debería existir una ley que obligase a leer este libro. Puede que sea lo mejor que he leído en años. Poesía en cada palabra, casi en cada letra. Una lección de vida, de muerte. Un desahogo, una catarsis. Literatura con mayúsculas. Un regalo. La vida en cada párrafo.

Ordesa

“Si tienes que preguntarle algo a alguien, hazlo ya. No esperes a mañana, porque el mañana es de los muertos” […] “Es alucinante que al final de la vida no haya nada que decir. Que la gente no quiera hacer ni siquiera el gasto de la memoria. Porque recordar es quemar neuronas en vano. Porque recordar es maligno”

Volví durante unos días a las historias breves, a los cuentos, gracias a Juan Carlos Márquez con su Norteamérica profunda; a Cristina Fernández Cubas con El ángulo del horror; a Antonio Ortuño con La vaga ambición; y a Sherwood Anderson con quien volví a ser un (orgulloso) periodista de provincias leyendo las historias de las personas/personajes de Winesburg Ohio.

Winweburg Ohio

Pocas cosas más gratificantes hay en la vida que ver a la gente cumplir sus sueños. Y Liana Bravo lo consiguió. Poder pasar las páginas de Poemas perdidos me hizo muy feliz precisamente por verla también así, feliz.

“Busco la emoción

que perdí por intentar ser quien parezco”

Poemas peridos

Volví a disfrutar, como siempre, con la gran Alice Munro. Algunos de los relatos de Mi vida querida son de esos que te aprietan hasta casi ahogar y de los que hacen que cuando has terminado de leerlos, poco queda de lo que eras hasta entonces.

Mi vida querida

Descubrir a Pedro Mairal ha sido una de las grandes alegrías de este año. Una noche con Sabrina Love me hizo querer escribir como él, pero pronto me di cuenta de que eso era algo casi imposible. Cuando terminé La uruguaya comprendí que iba a ser aún más difícil ser capaz de crear algo parecido a lo que hace Mairal. Por eso sigo leyéndolo, para no dejar de aprender.

La uruguaya

“Si no podés con la vida, probá con la vidita”

El verano es un viaje, una playa, un río, un césped… Y una conversación. Y yo quise que fuese eterno leyendo Conversaciones entre amigos, de Sally Rooney. Me imaginaba desayunando con Frances, con Bobbi y sus amigos, en Étables, en el jardín de la casa junto al mar, durante un verano eterno.

Conversaciones entre amigos

Con el otoño llegó el duelo, un tema que siempre me cautiva, me atrapa, me hace pequeño, me rompe, me estira, me araña, me hunde, me agita, me abofetea… Pero también me gusta. Es un reto ser capaz de escribir algo como lo que consiguió hacer Milena Busquets en También esto pasará.

También esto pasará

Seguí con Duelo, de Eduardo Halfon y Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente.

“Nos atascamos de muchas formas. Nos atascamos donde todo el mundo se atasca. Nos atascamos por pensar que la vida era infinita. En ese error de cálculo se originan los mayores tropiezos”

Me dejé enamorar por el mundo interior de Marguerite Duras y disfruté tanto con El arrebato de Lol V. Stein, como con su ensayo Escribir, que nunca defrauda. Y volví a la infancia leyendo algunas pequeñas novelas de El barco de vapor, de la editorial SM, como Temporada de lluvias o Luces en el canal, historias preciosas de David Fernández Sifres.

Me gusta la poesía. Mucho. Pero cada vez que leo poemas siento que no lo hago tanto como merece. Sí, debería leer más poesía. Este año me sorprendió El arrecife de las sirenas, de Luna Miguel.

“Las cicatrices sirven para recordar.
No.
Las cicatrices sirven para decir lo he superado.
No.
Las cicatrices son una muralla.

¿Os he dicho ya que los clásicos son siempre una buena idea? Volví a reforzar esa teoría cuando cayó en mis manos Lolita, de Vladimir Nabokov. Uno de esos libros que cambian en función de cuando, como y donde los leas.

“La punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes: Lo.Li.Ta”

Lolita

Y hablando de clásicos, ¿habéis leído Un cuarto propio, de Virginia Woolf? Ha sido, sin duda, la mejor forma de acabar el año. Impresiona ser consciente de cómo un libro escrito hace casi un siglo sigue siendo tan actual. Y tan necesario.

 “Me atrevo a adivinar que Anónimo, que escribió tantos poemas sin firmarlos, era a menudo una mujer”.

Virginia Woolf

Estos son algunos de los libros que están en mi lista del año, pero no están algunos de los que son, de los que han sido, que son muchos.

¡A por un 2019 repleto de buenas historias!

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La supervivencia de las historias

¿Puede una sola historia, en cuestión de segundos, llevarse por delante otras diez mil?

Esta historia ocurrió el pasado 8 de septiembre en Cebolla, un pueblo de Toledo. En plenas fiestas patronales, las nubes se mostraron amenazantes y lo que comenzó siendo una simple tormenta terminó en tragedia.

El agua se llevó todo por delante.

Todo.

Coches, huertos, contenedores, farolas, arrasó dentro y fuera de las casas. Se llevó la tranquilidad, la alegría, la esperanza y destruyó historias.

Miles de historias.

La fuerza del agua arrasó la biblioteca municipal. El lodo apagó las páginas de más de diez mil libros de un día para otro.

Los vecinos del pueblo y de otros municipios cercanos, desde el primer minuto, decidieron ayudarse entre sí y colaborar. Limpiaron casas y calles en tiempo récord. Pero quedaba un vacío difícil de llenar.

Y como todo relato, este también tiene un final. Feliz, pero difícil de imaginar, tal vez, en Cebolla. Al cabo de unos días, otra riada, esta vez de generosidad, lo hizo posible.

En Internet, a través de varias redes sociales, miles de personas comenzaron a reenviar mensajes pidiendo ayuda para intentar recuperar, al menos en parte, aquellos libros que los vecinos habían visto desaparecer.

Desde ese momento, asociaciones, empresas y particulares comenzaron a enviar ejemplares para volver a llenar, poco a poco, las estanterías cuyo contenido había perecido bajo el agua.

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Entre todos ellos, los que decidió enviar el propio Fernando Aramburu tras conocer lo que había sucedido allí unos días antes.

Ahora, la riada no es más que un mal recuerdo que ha quedado sepultado por las historias de los libros que han vuelto a llenar la biblioteca de Cebolla.

Y lo mejor de todo es que siguen recibiendo donaciones y todos podemos enviar ejemplares a la Casa de la Cultura para devolver al pueblo parte de esas miles de historias que desaparecieron:

Calle Malpica, 12, 45680 Cebolla, Toledo.

Ayuntamiento de Cebolla.

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Un café de verdad

Hace unos días me dijeron: “Cuando alguien te da su alma, no puedes dejar que eso se muera”.

Quien me lo contó no era una persona cualquiera. Era un escritor; también era un camarero. No sabría decir cuál de esas dos profesiones debería escribir primero. Escritor-camarero. Camarero-escritor. En realidad, tal y como él me contó, ambas son consustanciales, van unidas. Deben ir unidas. Os explicaré por qué.

Me cité con él, con Juan Bohigues, en el mítico Café Comercial de Madrid, punto de encuentro y tertulias entre escritores desde hace 131 años. Ese lugar tampoco es un lugar cualquiera. Por sus mesas han pasado, entre otros, Valle-Inclán, Antonio Machado, Gloria Fuertes, y lo siguen haciendo otros como Arturo Pérez Reverte, Luis Landero… El propósito era grabar una entrevista para hacer un reportaje para televisión.

Café Comercial flg

Tras los primeros saludos y antes de comenzar con las preguntas nos pusimos a hablar y, a los pocos minutos, vislumbré que en sus palabras había algo. Ese algo que, creo, es esencial para quien disfruta de y con la literatura. Había pasión. Y también había verdad.

Hace no mucho terminé uno de los mejores libros que he leído este año. Se trata de Ordesa, del escritor Manuel Vilas. En uno de sus breves capítulos, Vilas habla precisamente sobre la verdad. Dice así: “La verdad es lo más interesante de la literatura. Decir todo cuanto nos ha pasado mientras hemos estado vivos. No contar la vida, sino la verdad. La mayoría de la gente vive y muere sin haber presenciado la verdad”.

Mientras escuchaba a Juan hablar sobre su pasión por la literatura pensé en este fragmento de Ordesa y sentí una suerte de felicidad que me reconfortó. Estaba delante de alguien que hablaba sobre la verdad, su verdad. Y lo hacía con pasión. Era la mezcla perfecta.

Y ahora os contaré por qué hablábamos de literatura. Durante veinticuatro años, Juan trabajó como camarero en el Café Comercial. Ese local fue, de alguna forma, su casa todo ese tiempo. Con sus primaveras, sus veranos, pero también sus otoños y sus largos inviernos. Veinticuatro años en los que se dedicó a atender a sus clientes y, además, a escuchar lo que estos le contaban. Gente que, en algunos casos, también había tenido inviernos largos u otoños oscuros.

Juan me contó que se sentía, de algún modo, como el guardián de todas esas historias, de todas esas confesiones y, por qué no, de todos esos miedos. Y que lo último que quería era que quedasen en el olvido. Por eso se dedicó a escribir, a transformar todo ello en relatos, en cuentos con historias de personas concretas pero que, en el fondo, hablan de todos nosotros, porque la literatura, en realidad, también sirve para eso: para mantener viva la memoria de quienes, alguna vez, tuvieron algo que contar.

Durante los veinticuatro años que trabajó como camarero, Juan Bohigues escribió más de un centenar de relatos inspirados en personas que vieron en él un cómplice, un amigo, entre el bullicio del café. Todos ellos, de un modo u otro, entregaron su alma a Juan y este hizo todo lo posible para que eso no muriera. Y lo consiguió. Algunas de todas esas historias que con tanta pasión y con tanta verdad escribió durante años ven la luz en el libro que acaba de publicar: Henry Miller en el metro.

Si queréis ver cómo quedó el reportaje que grabamos, podéis hacerlo aquí.

Espero que os guste. Intenté, al menos, ponerle toda la pasión posible. La verdad ya estaba implícita en la historia.

¡Feliz día del libro!

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2017. Página a página

Hace ahora justo doce meses estaba perdido en El mundo de uno de mis escritores favoritos, Juan José Millás. Fue la primera lectura de 2017, un año que fue especialmente emocionante en lo literario. Hacía tiempo que quería leer ese libro y, sin duda, fue, una vez más, un acierto. Millás pocas veces defrauda. Hablaba sobre su infancia y sus recuerdos, sobre su mundo durante años y sobre cómo todo eso se interpreta desde la distancia y la perspectiva del tiempo y en función precisamente de cómo lo recordamos. Una novela de cambios, como la idea que plantea Cesare Pavese en La luna y las hogueras. ¿Qué ocurre cuando alguien vuelve al sitio en el que empezó todo? La gente, los paisajes, las costumbres… Todo cambia o, tal vez, somos nosotros los que cambiamos.

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Pasaron unos días y entonces llegó Patria. Pocas veces me había metido tanto en una historia y había vivido tan intensamente el día a día de sus personajes. Debo confesar que temía decepcionarme después de escuchar tantas y tantas alabanzas. Poco después descubrí y entendí el motivo por el que se hablaba así de esta novela.

“No se te ocurra construir tu vida sobre la mentira y el silencio. Es lo peor. Te lo aseguro”.

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Un lugar para perderse

La niebla acariciaba los prados y hacía que el paisaje fuese más acogedor. Giré con el coche a la derecha en un desvío y conduje siguiendo una carretera en la que no llegué a cruzarme con nadie durante todo el trayecto, de unos pocos kilómetros. Era una de esas carreteras que no pueden considerarse ni siquiera secundarias pero que llevan a lugares a los que no llegan ni las mejores autopistas de peaje.

Al llegar al final, la niebla había desaparecido y las vistas eran espectaculares. Apagué el motor y me bajé del coche.

Silencio.

No hay nada mejor que perderse en los lugares más recónditos y más solitarios para encontrar espacios donde sentirse realmente vivo.

Caminé hacia el final del trayecto que, al mismo tiempo, era el principio de otro.

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Aunque suene a contradicción, los faros son uno de los mejores lugares para perderse, a pesar de que se utilizan precisamente para que eso no les suceda a quienes buscan su luz para guiarse.

Asturias ha sido, en los últimos días, un lugar perfecto para perderme. Y al perderse, uno descubre que la felicidad está en los sitios más simples y dispares.

Descubrí que está al otro lado de esta ventana, donde una artista que había estudiado en Salamanca, mi tierra, sigue con la tradición de su padre pintor.

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También está entre la maraña de cuerdas de quienes salen a faenar cada mañana y vuelven cuando el mar se ha tragado el sol.

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Está en las historias de un pasado de esfuerzo y trabajo incesantes.

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Y en las manos arrugadas que dan vida y color a pueblos que se resisten a desaparecer y a ser olvidados.

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Asturias es, sin lugar a dudas, un buen lugar para perderse.

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La historia interminable

9 enero 1984. Mañana en el parque.

¿Por qué decidió Susana ir al parque ese lunes de enero? Quizá aquella Navidad había sido un cúmulo de excesos y falsas apariencias. Lo habitual. Puede que estuviera harta de estar rodeada de gente aunque, pensándolo bien, quizá un parque como el del Retiro en Madrid no fuera el lugar más indicado para citarse con la soledad. De todos modos, a veces uno se siente más solo cuanto más rodeado está de gente. Pero, ¿sería ese parque? ¿Sería Madrid?

¿Haría frío esa mañana? ¿Qué abrigo llevaría puesto? Y, ¿de qué color? Podría ser marrón, negro o, por qué no, rojo; aunque imagino una escena en sepia o en blanco y negro, con sus luces y sus sombras, como esas postales con fragmentos de vida de principios de siglo congelados en el papel.

¿Era Susana todavía una niña o, tal vez, ya una mujer? Seguro que ella no seguía la moda de la ropa multicolor o los cardados que marcaba la época. Ella sería elegante y preferiría el pelo corto, como el de aquellas actrices de las películas de cine francés que, seguro, solía ver.

No sé si estaba enamorada o no; si echaba de menos a alguien o si prefería pasear sola, como aquella mañana. Tampoco conozco si le gustaba bailar, si disfrutaba con la música clásica o, tal vez, con el sonido de las teclas de un piano o el de los pellizcos a las cuerdas de un violín.

Podría seguir eternamente imaginando quién y cómo era Susana y quizá nunca llegue a saber nada de su verdadera historia. De lo que estoy seguro es de que le gustaba pasar horas leyendo. Una prueba evidente es que aquella mañana en el parque había decidido comenzar a leer un nuevo libro.

11 septiembre 2017. Tarde en la librería.

Estaba allí. Lo encontré mientras leía uno a uno los títulos en los estantes de una librería de segunda mano. En cuanto vi los colores de la portada me di cuenta de que era exactamente el mismo libro que había leído a ratos en uno de aquellos veranos interminables de mi infancia. Ni siquiera era un libro prohibido, pero recuerdo perfectamente que lo leí medio a escondidas. Me lo llevaba a una habitación oscura al fondo de un largo pasillo como si temiera ser descubierto y, unas páginas después, lo devolvía al mismo sitio. Exactamente igual que el ladrón que, para no ofrecer pistas, deja todo tal y como se lo encontró antes de cometer el delito.

Aquel libro era de mi tío. Es, porque sé que aún lo conserva. Me hacía ilusión tener el mío propio así que lo cogí de la estantería. En cierto modo, era como recuperar parte de mi infancia. Pero lo más emocionante llegó justo después. Al abrirlo por la primera página supe que había encontrado algo más que un simple libro.

¿Sabéis qué había empezado a leer Susana aquella mañana de enero de 1984?

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El viaje

Quedaban pocos minutos para aterrizar y nuestro avión comenzó a temblar, exactamente igual que las manos de aquella chica que viajaba delante de mí. Las turbulencias no hacían más que confirmar la evidencia de su fobia a volar. Y para colmo, la estadística le había concedido, muy a su pesar, uno de los asientos en las salidas de emergencia, justo al lado de la ventanilla, por donde tendrían que salir los pasajeros en caso de accidente.

Era muy joven. No superaba el cuarto de siglo y posiblemente no fuera su primer viaje en avión, pero estaba claro que hubiese preferido tener a su nerviosismo sentado bien lejos de ella, al fondo del pasillo.

En una de esas leves sacudidas, mientras el piloto obtenía el permiso para descender, no se lo pensó dos veces y buscó tranquilidad sacando el brazo por el hueco entre los asientos. Palpó hasta dar con una mano cómplice para aferrarla con fuerza. Un chico, tan joven como ella, viajaba justo detrás, a mi lado. Aferró su mano y, sin hablar, supo cómo tranquilizarla. Una caricia, un leve apretón, bastó para decirle: “tranquila, estoy aquí”.

Los viajes también son eso, abrirse a lo desconocido, aunque asuste. A veces se tiembla, pero siempre hay alguien o algo a lo que aferrarse. Y solo así es posible descubrir lo fascinantes que pueden ser otros lugares aunque estén a diez o a diez mil kilómetros de ti. Lugares que están formados, a su vez, por gente que, en algún momento, también ha buscado esa mano cómplice detrás de algún asiento.

A punto de aterrizar comencé a pensar en algunas de las historias que había conocido durante el viaje que estaba a punto de terminar.

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Sonreí al recordar a Francesca, una joven amante del arte y la literatura que, amablemente, me abrió su casa para pasar unos días inolvidables en Cagliari, la capital de Cerdeña. Sus cuadros, los libros repartidos por toda la casa, las fotos… Todo hablaba de su personalidad forjada por sus experiencias y viajes por todo el mundo.

Escuché de nuevo en mi memoria la voz de Antonia, una dominicana que llevaba más de treinta años en Olbia, una ciudad en el noreste de la isla. Había dejado su tierra, parte de su familia y amigos para empezar una nueva vida a miles de kilómetros de casa pero sin dejar de recordar ni un solo día sus raíces.

En una pequeña plaza en el centro de Olbia, justo al lado del puerto, pasaba cada tarde aquel señor mayor que disfrutaba compartiendo su pasión por el cine. Cuatro sillas, una tela blanca roída y un proyector, que bien podrían contar sus propias historias de un largo pasado, eran suficientes para hacerle feliz. Lo verdaderamente curioso era que él no miraba la película, se la sabía de memoria, sino que tenía los ojos puestos en los espectadores, quería sentir y vivir, también como espectador, la reacción del público al ver la película. Para él nunca cambiaba la historia en la sábana blanca, pero sí las caras de quienes se paraban delante de ella.

En Cala Gonone, una pequeña población rodeada de calas con un agua increíblemente transparente, conocí a una joven camarera de Milán. Había decidido cambiar los atascos, la multitud y el ruido por la tranquilidad y la brisa mediterránea de aquella zona al este de la isla. Conocía España y hasta se atrevió con el español con un curioso acento andaluz. La culpa la tenía, contó, un novio que había tenido durante su etapa de estudiante Erasmus en nuestro país.

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Volví a pasear mentalmente por el atardecer dorado de Alghero. Entre sus callejuelas estrechas me había topado con la música de Camino, una joven catalana que, guitarra en mano, había decidido correr el riesgo de dar a conocer su música lejos de casa.

El avión volvió a dar una nueva sacudida cuando las ruedas tocaron el asfalto y comenzamos a frenar.

Vi cómo las manos de mis compañeros de viaje seguían unidas y solo se separaron cuando el piloto frenó del todo.

Mi viaje había terminado, quizá el de aquella joven pareja no había hecho más que empezar.

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La realidad en las estanterías del supermercado

Tan solo quería una tableta de chocolate.

-¿Perdón?- Le dije cuando escuché su voz.

-¿Podrías alcanzarme esa tableta de chocolate, por favor?

Esa fue su pregunta a modo de respuesta a mi pregunta anterior. Y siempre con una enorme sonrisa.

En décimas de segundo y antes de que mi cerebro lanzara un mensaje al resto de mi cuerpo para iniciar el movimiento, me di cuenta de que sus manos estaban totalmente arqueadas, inmóviles, exactamente igual que el resto de su cuerpo de cintura para abajo. Aquel hombre iba en silla de ruedas y solicitaba mi ayuda para poder coger una tableta de chocolate de una de las estanterías del supermercado en el que yo había aterrizado hacía tan solo unos minutos con mil historias dando vueltas en mi cabeza. Tantas, que ni siquiera había prestado atención a todo lo que había a mi alrededor. Y no lo hice hasta que aquel hombre me llamó.

Me agradeció el gesto y volvió a sonreír. Me despedí de él, pero a los pocos segundos volvió a solicitar mi ayuda.

-Me he equivocado, perdóname –me dijo-. No es esta la tableta que quería, sino esa otra –añadió intentando señalar la ubicación del producto con una de sus deterioradas manos-.

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Intercambiamos una por otra. Volví a colocar la primera tableta en la estantería y la segunda en la bolsa de tela que llevaba colgada de su silla. Me ofrecí a acompañarle a hacer su compra. Le expliqué que no tenía ninguna prisa y que podría hacerlo y ya más tarde, cuando hubiésemos acabado, me pondría yo con mi lista. Pero dijo que no, que tan solo necesitaba eso y alguna otra cosa que él ya había cogido. Me dio las gracias y con una amplia sonrisa y una cara que irradiaba optimismo me dijo:

-A la vida hay que ponerle lo dulce, que lo amargo viene solo.

Fue un golpe de realidad tan fuerte que en ese preciso momento sentí como si una avalancha de nieve me hubiese dejado sepultado por completo entre las estanterías del supermercado.