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Efemérides

Tener un hermano ingeniero es más divertido de lo que, en principio, podría parecer. Aunque, pensándolo bien, tampoco tendría por qué no serlo. Mientras tú, persona de letras, práctico, simple y, para bien o para mal, pragmático hasta la extenuación, miras algo, él aprovecha para escudriñarlo. Mientras tú simplemente te limitas a observar ese cesto de mimbre con varias plantas colocado en la mesa auxiliar de la sala, él posiblemente ya haya sido capaz de dar con el número de veces que esas plantas han podido hacer el proceso completo de fotosíntesis antes de ser trasplantadas y transportadas desde la floristería a casa.

He ahí la diferencia: cuando tú vas, no es que él ya haya vuelto, sino que ya te ha adelantado un par de veces y podría darte la descripción detallada de cómo y a qué distancia está la meta a la que tú estás todavía intentando llegar. Y no es que uno sea inteligente y otro no. Qué va. Cada uno ve la realidad en función de lo que es. Es como si uno en un texto ve la belleza de las palabras y otro, el proceso completo de la escritura.

Mirar la vida con ojos de ingeniero tiene que ser como vivir dos veces al mismo tiempo: una como persona humana que camina por la vida cumpliendo reglas y patrones establecidos y disfrutando del viaje y otra, como persona, humana también, por supuesto, disfrutando del viaje también, claro, pero que va animando la fiesta con nuevos pasos de baile o canciones de estilos diferentes. Mucho más divertido, dónde va a parar.

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Sin ir más lejos, ayer, mientras me ataba los cordones de los zapatos para salir a la calle a hacer varios recados, mi hermano me miró con talante serio, como con cara de estar allí en la sala conmigo pero, a la vez, de haber estado arreglando mentalmente algún desaguisado en la NASA. Yo le miré a él y, acto seguido, miré mis zapatos por si había hecho alguna lazada mal o por si había algo que se saliese de la norma. Nada. Volví a dirigir mi mirada hacia sus ojos analíticos y entonces me dijo: “hay efemérides en la vida que suceden y no nos damos cuenta de su importancia. No habrá pasado ya mucho tiempo desde que haya vivido ya una, y tú también, y no hemos prestado atención”. Yo, que ya lo conozco demasiado, aunque siempre consigue sorprenderme, lo volví a mirar y pensé: “qué se le habrá pasado por la cabeza esta vez”. Seguí mirándolo y le pedí que me explicara. La respuesta no podría ni haberla imaginado, como de costumbre: “si me pongo ahora mismo a analizarlo, ya hemos vivido de este siglo, del siglo XXI, los mismos días que vivimos del siglo pasado, el XX. Eso no le ocurre a todo el mundo”. ¡Y se queda tan tranquilo!

A veces pienso que entre hermanos debería existir algo así como una fuerza, llamémosla X, H o F, da igual, a través de la cual se pudieran intercambiar las ideas. Que uno se imaginara algo y que, inmediatamente, pasara a la mente del otro a través de una especie de conducto espacio temporal etéreo. De hecho, quizá ya exista aunque no hayamos sabido desarrollarlo porque no son pocas las veces que, con solo mirarme unos segundos, he sabido perfectamente qué quería decirme e, incluso, qué tenía que hacer y cómo en un momento determinado. Pero con las ideas, al menos de momento, no sucede. Su capacidad de imaginación es una mina para cualquier persona que se sienta a escribir frente a una página en blanco.

Me quedé observándolo, posiblemente con el mismo porcentaje de incredulidad y admiración en mi cara -esto seguro que él lo podría calibrar mejor; ni se me ocurre arriesgar con otra proporción porcentual- durante el tiempo que hizo sus cálculos. Con un bolígrafo rojo y en un papel cuadrado de no más de 10×10 centímetros, escribió cientos de cifras que sumó, restó, dividió y vete a saber cuántas cosas más para llegar a la conclusión de que, efectivamente, el pasado 30 de marzo de 2016, es decir, hace aproximadamente un año, tuvo lugar ese acontecimiento trascendental, esa efeméride que muchos hemos vivido, que hemos dejado pasar por delante de nuestras propias narices y que hemos sido tan sumamente imprudentes de no darnos ni cuenta. Aquel 30 de marzo de 2016, miércoles, fue el día en la vida de mi hermano, ingeniero, en el que había llegado al punto en que los días vividos durante el siglo XX eran exactamente los mismos que los vividos en el siglo actual. Cinco mil novecientos treinta y cuatro.

Era tanta mi curiosidad que le pedí que me dijera cuándo había dejado pasar por delante de mí, sin haber prestado atención, esa fecha en mi calendario vital. Y tuve la respuesta: el 2 de junio de 2013. Domingo. Cuatro mil novecientos dos días. Cuatro mil novecientos dos días en el siglo XX y otros cuatro mil novecientos dos en el XXI. Con todas sus horas, sus minutos y segundos. Y hay más. Ante mí he visto pasar ocho años bisiestos, con sus trescientos sesenta y seis días y con todos y cada uno de sus meses. Y yo ahí, simple de mí, atándome los cordones de los zapatos.

6 pensamientos sobre “Efemérides”

  1. Luka19 dice:

    Una narración prodigiosa … en este caso el porcentaje de admiración supera con creces al de incredulidad ?

    1. Fran López Galán dice:

      Calcular porcentajes tiene su aquel. Gracias por leerlo, comentar y, por supuesto, valorarlo porcentualmente.

  2. Fj dice:

    Increíbles los dos Galán! Ahora me ves a mí contando cuántos días viví del XX y cuando cumplí los mismos días del XXI jajaja

    1. Fran López Galán dice:

      Muchas gracias. Calcula, no seas imprudente y dejes pasar efemérides tan importantes como estas jaja

  3. Lore dice:

    Qué bueno!me has sacado más que una sonrisa,una carcaja. Ha sido como ver la escena, en la que alguna vez también me he visto envuelta.

    1. Fran López Galán dice:

      Muchas gracias, Lore. Ya sabes, de un ingeniero espérate cualquier cosa jeje. Un abrazo fuerte y gracias por leer y comentar.

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