NARRACIONES

El olor de la oscuridad

La casa ha empezado a llenarse de hormigas. Entraron desde el jardín por el resquicio de la puerta de la cocina. Ya no les interesa mi comedero. Se han llevado arrastrando hasta la última migaja y ahora han llegado hasta este cuarto de baño, tan oscuro como ellas. Pateo para intentar aplastarlas, pero son demasiadas. Cada vez hay más. He llegado incluso a comer algunas para evitar que lleguen hasta él, que lleva dormido en el suelo demasiados días. Intento cubrir sus piernas, sus brazos, su cabeza… Y le ladro constantemente. ¿Por qué no obedece? O despierta de una maldita vez, o también acabarán arrastrándolo hasta el jardín.

NARRACIONES

Estoy contigo

Otra vez la puerta abierta de par en par. Algún día entran a robar. Mira que te tengo dicho que esperes a que venga yo para hacer las cosas. Pues nada. Y el café, derramado por toda la mesa. Otra vez a lavar el mantel de lino que compramos en Portugal. ¿No te das cuenta, Mariano, de que no puedes hacerlo todo tú solo? No sé cuantas veces te tengo que decir que para eso estoy aquí, para ayudarte. Déjame que me ocupe de todo.

—Buenos días, Juliana. ¿Con quién habla?

La voz de la enfermera resonó en el oscuro pasillo.

NARRACIONES

Luna llena

Sigo observando mi trocito de cielo. Al menos así es como dice mamá que se llama eso azul que se ve por el agujero del techo. A veces está gris; otras, negro. Incluso a veces está manchado de pequeñas luces que desaparecen cuando vuelve a ser azul. O gris. Y de vez en cuando vemos una bola redonda y blanca. Pero no me gusta. Cuando aparece, papá y yo gritamos mucho y mamá tiene que ponernos unas cadenas en las manos y en los pies y pasar la noche fuera de casa.

NARRACIONES

Nunca estarás sola

Sin beso de buenas noches, ni tan siquiera un simple cuento. Alguien le contó una vez que a los niños que sacaban de allí les colmaban de todo eso en habitaciones repletas de libros y muñecos multicolor en las que, hasta entonces, solo había dormido el silencio.

Lo recuerda en la cama, acurrucado junto a ella, que se ha quedado dormida. Le acaricia el lunar de la mejilla semioculto bajo un mechón dorado. Se asegura de que es real. Teme cerrar el libro y tirar del cable de la lámpara. Como si al apagar la luz su pequeña fuera a desvanecerse con la oscuridad.

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Soledad

Poco antes de que los domingos fueran amargos habían vuelto a la casa del pueblo, donde solían pasar cada verano. Soledad había quitado las sábanas que cubrían los muebles, había limpiado las lámparas, cada una de las sillas del salón y la cocina y había hecho desaparecer el polvo de los libros. Se quedarían a vivir allí ya para siempre. Sonó el teléfono cuando estaba a punto de meter en el horno la tarta que hacía cada fin de semana y que, desde entonces, nunca ha vuelto a tener el mismo sabor.

NARRACIONES

Supervivientes

Le manchaba los dedos de harina al entregarle el paquete. Le enseñaba también cómo colocar la mano estratégicamente para dejar sus huellas bien marcadas. Así siempre te buscarán a ti y verán que no eres más que un niño, le decía. Ya sabes que a los niños nadie les puede hacer nada. Y papá es un superhéroe. Y a los superhéroes no les pueden descubrir. Entonces, decidido y armado de valor, el pequeño entraba a por el dinero.

NARRACIONES

La memoria infinita

Mi marido enciende las velas de mi tarta de cumpleaños. Dejo que se consuman lentamente los números de cera roja y, al rato, acerco mi cara al calor que desprenden las diminutas llamas. Cierro los ojos y pido un deseo. Inhalo por la nariz y noto cómo el aire hincha mis pulmones, y cómo avanza hasta salir por mi boca.

El mismo ritual desde hace cuarenta y seis años. Lo único que cambia son las cifras. Aumenta la edad y con ella, la carga de recuerdos. Con los ojos cerrados, vuelvo a saborear aquel bizcocho de chocolate de mi décimo cumpleaños y, sin querer, mastico de nuevo los trozos de nueces machacadas. Ocurre lo mismo con las tartas de fresa y nata que un día estuvieron colocadas encima de esta misma mesa; con los pasteles de zanahoria o con las tartas de trufa que preparó mi abuela durante varios aniversarios, hasta que la vida le obligó a dejar de celebrar los suyos propios. Seis cumpleaños estuvieron exentos de dulces, pero revivo la amargura de aquellos días.

Entre los presentes no escucho a mi padre cantar el cumpleaños feliz, pero los ecos de su voz ondean mis tímpanos. Vuelvo a sentirme culpable por no haber llegado a tiempo a casa el día en que su corazón decidió no dar más avisos. Regreso a aquel catorce de diciembre y siento el mismo dolor agudo en el pecho.

¿Cuánta información puede llegar a almacenar nuestro cerebro? Soy Marta Garrido y desde 1980 recuerdo hasta el más mínimo detalle de aquello que he vivido. Con pelos y señales. Los olores, los sabores, si hacía frío o calor cuando sucedió; recuerdo incluso los sonidos, como si los estuviera escuchando en este mismo momento, y hasta los sentimientos que me produjo una u otra vivencia.

Hay veces que quieres olvidar; que necesitas olvidar. Pero no puedes. Bueno, yo no puedo. Dicen que tengo un don; que soy una privilegiada. Privilegiados son aquellos que recuerdan lo que quieren recordar. Una tortura. Eso es lo que es.

Cuando cumplí diez años, mis padres decidieron venir a esta casa. Los neurocientíficos dicen que abandonar radicalmente nuestra anterior vida fue un trauma para mí; algo así como un despertar de mi mente que, desde entonces, no ha vuelto a permitirse un receso. Vive, almacena y recuerda. De forma automática. Imparable. Sin control.

NARRACIONES

La piel del tiempo

El masajista no tardó en reconocer aquel lunar bajo la nuca. Sus manos se bloquearon antes de llegar al cuello. Sintió un cosquilleo, una especie de pequeña descarga eléctrica, que recorrió cada uno de sus dedos al recordar aquel punto irregular. Rugoso, imperfecto y oscuro, como su pasado. El mismo que, años atrás, descubrió en la piel de aquel médico, ahora un anciano tumbado ante él, que iba al orfanato para hacerles el reconocimiento. O eso decía. Sin dejar de mirarlo, regresó a su cuerpo de niño y deseó haber tenido las manos adultas que tenía ahora para apretar fuerte aquel cuello sin dejar de soltarlo.

(Microrrelato finalista del concurso “X Edición Relatos en cadena” – Escuela de Escritores y Cadena SER. Semana I)

NARRACIONES

Luz

Siempre había soñado con vivir en un faro. Nada le hacía más feliz que saber que, en unos días, iba a poder cumplir ese sueño. Su abuelo había decidido comprar aquel viejo faro que era como el punto final de una frase, lo último que había antes de la inmensidad del mar. Estaba el suelo firme, luego las rocas del acantilado y, al final, él. Imponente, alto, inmenso, blanco y azul. Después, el Mediterráneo.
De pequeño pasaba horas mirando fijamente su luz. Giraba constantemente. Los dos focos describían una circunferencia perfecta desde que el sol se ponía hasta que volvía a aparecer por el horizonte. Una y otra vez. Su cara se iluminaba cada tres segundos.

Uno, dos, tres. Luz. Uno, dos, tres. Luz.

Así podía pasarse toda la noche. Así y mirando las estrellas. Su abuelo siempre le contaba que las estrellas eran los faros del universo, que cada vez que nacía una persona, se iluminaba un nuevo faro. Cada uno tenía el suyo propio y, desde allí arriba, guiaba a su dueño de por vida, día a día.
Desde que le contó aquella historia, todas las noches miraba una a una todas las estrellas e imaginaba cómo serían los faros que guardaban cada una de aquellas bombillas de luz casi infinita. Los habría grandes, otros más pequeños. Seguro que muchos eran cilíndricos. Otros, rectangulares. De cinco lados, de seis o incluso de ocho. Blancos, grises, marrones…

Faro3
Pero a él le gustaba aquel. El de siempre. El blanco y azul. Sabía que su faro no estaba en aquel lienzo oscuro de allí arriba sino aquí abajo, al lado del mar.
Las hojas secas del cerezo comenzaron a caerse. Pasaron del verde al amarillo. Del amarillo al marrón. Y de las ramas, al suelo. Había llegado el otoño. Justo para entonces su abuelo ya había restaurado el faro. Había pintado todas las paredes de la casa de blanco y las puertas y las ventanas de azul. De los mismos colores que el faro. Rayas blancas y azules dibujando una espiral perfecta de arriba abajo. Aquella noche, por fin, iba a poder dormir en el faro.

NARRACIONES

Ochenta y dos

—Buenos días. Adelante. Póngase cómodo —dijo el doctor Smith mientras, con la mano derecha, hacía un gesto para que Paul Anderson se sentara en el diván verde de piel—. Cuénteme —se colocó las gafas de cristales sin montura, se sentó tras su mesa repleta de libros y papeles y preguntó—: ¿cuál es su problema?
—Ochenta y dos.
—¿Disculpe? —Guardó unos segundos de silencio y mirando fijamente al paciente por encima de sus gafas continuó—: ¿cómo dice?—
—Ochenta y dos, doctor. Problema es igual a ochenta y dos.
—Me va usted a perdonar, pero no acabo de comprender muy bien qué quiere decirme.
—Como ve, no puedo dejar de sumar. Solo veo números a mi alrededor, operaciones matemáticas, sumas. Sumo. Sumo sin parar. A cada minuto, a cada segundo. ¡Sumo y sumo sin parar!
—Comprendo —respondió el terapeuta intentando disimular su cara de asombro—. ¿Y desde cuándo le ocurre esto? ¿Lleva usted mucho tiempo… —no encontraba la forma de terminar la pregunta y tras buscar rápidamente en su mente algún modo de no parecer insultante acabó diciendo— sumando?
—Siempre lo he hecho, doctor. Pero ahora ya es imparable.
En efecto. Lo llevaba haciendo desde pequeño. Siempre había sido un fuera de serie en clase. Los profesores se lo advirtieron a sus padres nada más comenzar el primer grado en la escuela South Valley, en el condado de Sherman, Oregon. «Este chico apunta maneras, señores», era una de las frases más repetidas siempre que iban a hablar con algún tutor o con el director del centro. Pero, en realidad, nunca fue diagnosticado como un niño superdotado. De hecho, no lo era. Era un chico normal al que, simple y llanamente, le gustaban los números. Se colocó convenientemente en el diván y siguió relatando su problema.

—Comencé sumando las cifras de las matrículas de los coches mientras caminaba por las calles de Grass Valley. Lo hacía cada vez más rápido. Al principio solo calculaba las de aquellos que venían de frente. A los pocos meses, también las de los que venían por detrás. Después quise ampliar el reto y a los dos anteriores añadí todos aquellos que estuvieran aparcados en las aceras del lado derecho. Y, cómo no, incluí a los estacionados a la izquierda. Dicen que mi cerebro es como una calculadora humana que, con el tiempo, ha llegado a resolver operaciones a una velocidad inimaginable.