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Lo que pasa cuando no pasa nada

He pasado horas con el mismo sonido de fondo. Ha salido el Gordo e imagino la alegría de muchos que, a estas horas, deben estar celebrándolo. Sí, les ha cambiado la vida. Un poco, al menos. Son felices.

He hecho referencia al sonido, sí. Aunque, aquí y ahora, me gustaría hablar sobre su ausencia. Es decir, sobre el silencio.

Volví a casa de mis padres hace tres días. Es Navidad y tengo unos días de vacaciones. Estoy a unos trescientos kilómetros de Madrid y como a unos diez grados menos de temperatura. O más. Seguramente muchos más. Pero aquí hay algo que, por mucho que lo busque allí, no lo hay. Silencio.

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Llevo tres noches haciendo exactamente lo mismo. Cuando en este rincón al oeste del país comienza a irse el día por el horizonte y el sonido por algún otro lugar que aun no he conseguido descubrir, muevo ligeramente la cabeza y miro hacia arriba. Nada más. Cada vez que veo todas esas estrellas que brillan como si fuera lo último que fueran a hacer, pienso cómo es posible vivir sin poder hacerlo a diario. Sin verlo a diario. Sin escucharlo a diario.

Me gusta escuchar el silencio. Y verlo. Porque, a veces, no nos damos cuenta de todo lo que pasa cuando no pasa nada.

No es el Gordo, pero también me hace feliz.

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Una cosa brillante en la nariz

Hace justo una semana estaba poniendo el árbol de Navidad en casa.

Siete días. Han pasado siete días y, mire donde mire, hay algún punto de purpurina. En el respaldo de una silla, en la planta que hay sobre la mesa del salón, en el cojín pequeño al lado izquierdo del sofá, en la cinta de la persiana, incluso en la persiana. ¡Por fuera! Incomprensible. Totalmente incomprensible. Podría decir que no existe material más indestructible que la purpurina si no fuera porque no es verdad. O quizá sí.

Importa poco que hayas pasado tres veces la aspiradora, siete la mopa o si te has tirado de rodillas al suelo para, una a una, recoger cada diminuta mota de brillo que, misteriosamente, ha inundado la casa.

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Nota mental: cuando cogiste aquella estrella decorativa rebozada en brillo cual filete empanado jamás pensaste que vivirías entre diminutas motas doradas el resto de tu vida. Pero ahora te das cuenta de que quizá la estrella tenía que haber sido simplemente dorada, sin purpurina, ese mal ancestral.

Hace siete días me lavé las manos hasta eliminar alguna capa de la piel. Estoy seguro. Aun así, allí seguían. Fijas. Inmóviles. Puntos brillantes jugando entre las líneas de las huellas dactilares. Como si cada dedo se hubiese convertido, por sí solo, en un árbol de Navidad, con sus luces y sus adornos. Y ahí siguen. No en las manos, solo faltaría, pero sí en los lugares donde jamás pensarías que podría llegar la purpurina. Estás leyendo un libro en tu cama y, misteriosamente, al pasar la página, descubres tres puntos dorados entre los párrafos segundo y tercero. Miras entonces al techo como para lamentarte de su constante presencia y descubres que, al lado de la lámpara, hay otros cuatro o cinco. ¡Es imposible! Si árbol está en el salón, ¡¿cómo han llegado hasta allí?! Vas al baño a lavarte los dientes y, desafiantes, dos luciérnagas de plástico inmortal te miran desde la toalla. Intentas retirarlas con el mayor de los cuidados pero irremediablemente se instalan de forma estratégica entre tus dedos donde sobrevivirán, aunque no quieras, durante horas, días, meses… Ellas tienen el control.

Conociendo su capacidad de supervivencia, ahora con los años pienso que quizá alguna de estas motas me haya perseguido desde de mis clases de Plástica en Primaria. Aquellas en las que vaciabas botes de purpurina multicolor sobre una cartulina para diseñar la postal navideña más original posible.

Hace siete días deseé ver el árbol instalado. Con sus luces y sus bolas. Hace exactamente siete días lamenté también tener el árbol instalado. Con sus luces, sus bolas y la estrella con purpurina. Pero llega la Navidad. Hacía muchos años que no decoraba un árbol y tenía especial ilusión por hacerlo. Ahora, no pienso en otra cosa que en el día que tenga que desmontarlo. No sé si será mejor quitar la estrella lo primero o dejarla para el final.

Hace siete días que llevo recogiendo puntos brillantes por donde quiera que vaya. Esta mañana me he levantado con miedo a que, al salir de entre las sábanas, un ejército de puntos me estuviera esperando tras la puerta de la habitación. He salido con cautela al pasillo; he entrado en el baño casi de puntillas para no hacer ruido. No he visto ninguno. Ni en las manillas de las puertas, ni en las paredes, tampoco en la toalla. Nada en la cocina. Tampoco entre mi ropa. Nada. Pensé que habían desaparecido pero cuando he bajado a hacer la compra, la dependienta me ha mirado con una expresión de maternal ternura y ha sentenciado: “¡Uy, tienes una cosa brillante en la nariz!”.

Me rindo.

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Llegas tarde

Odio esperar. Mucho. Mejor dicho, odio que me hagan esperar.

Aunque suene contradictorio, tengo mucha paciencia. Puede que demasiada. Me explico. Si tengo que esperar en una cola durante un tiempo superior al que debería ser habitual, no suelo quejarme. Me espero. Y, de hecho, lo hago pacientemente. Otro ejemplo: si tengo que ver el atardecer de Madrid metido en un coche en pleno atasco en la M-30, me fastidia, pero intento disfrutar del atardecer que, por otra parte, suele ser bastante bonito. Creo que es algo en lo que la gente que es de Madrid o que lleva mucho tiempo viviendo en esta ciudad no presta atención.

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Pero no quiero haceros perder el tiempo leyendo teorías que no vienen al caso. A lo que iba. Odio que me hagan esperar. Es decir, si hemos quedado a una hora concreta y en un lugar determinado, ¿por qué mucha gente llega (siempre) tarde? No lo puedo entender. Quizá haya alguna explicación. Lo comprendería si fuera simplemente eso. Pero casi nunca la hay. Lo que no falta es la estudiada y poco original excusa. Está la típica de “el metro no llega” o la ya manida “acabo de perder el metro delante de mis narices”. También está la de “con este atasco, el autobús urbano no puede ni moverse, ¡y mira que he salido con tiempo!”. Ja. Con tiempo he salido yo para llegar a la hora. Tú no. Y me mata el “estoy llegando” cuando en realidad no lo estás. No lo estás; ni llegando ni aquí.

Creo que cualquier persona entiende que no es lo mismo esperar para tomar un café, un vino o para dar un paseo, si para todo ello no hay prisa, que esperar para llegar a algún lugar determinado a una hora concreta: a la oficina, a una sesión de cine, a una entrevista de trabajo… ¿Te imaginas que tu futuro laboral dependiera de un jefe al que le mandases un mensaje para decirle que “estás llegando” a esa entrevista? Creo que la respuesta se sobreentiende sin necesidad de escribirla. El ejemplo es excesivo, exagerado. Lo sé. Seguramente la causa de dicha exageración es que llevo esperando más de quince minutos. Mejor dicho: había quedado hace más de quince minutos.

Y aquí sigo. Mientras tanto, me ha dado tiempo a hacer un barrido minucioso de Twitter y otras redes sociales, he hecho tres fotos y he retocado una de ellas, la que veis arriba; he apuntado en un cuaderno que llevo siempre conmigo varias ideas para utilizar en otro momento en este blog, he escuchado cuatro canciones de Vanesa Martín, una de ellas, dos veces, e incluso me ha dado tiempo a escribir este texto que acabas de leer.

Os dejo. Ya llegan.

NARRACIONES

La memoria infinita

Mi marido enciende las velas de mi tarta de cumpleaños. Dejo que se consuman lentamente los números de cera roja y, al rato, acerco mi cara al calor que desprenden las diminutas llamas. Cierro los ojos y pido un deseo. Inhalo por la nariz y noto cómo el aire hincha mis pulmones, y cómo avanza hasta salir por mi boca.

El mismo ritual desde hace cuarenta y seis años. Lo único que cambia son las cifras. Aumenta la edad y con ella, la carga de recuerdos. Con los ojos cerrados, vuelvo a saborear aquel bizcocho de chocolate de mi décimo cumpleaños y, sin querer, mastico de nuevo los trozos de nueces machacadas. Ocurre lo mismo con las tartas de fresa y nata que un día estuvieron colocadas encima de esta misma mesa; con los pasteles de zanahoria o con las tartas de trufa que preparó mi abuela durante varios aniversarios, hasta que la vida le obligó a dejar de celebrar los suyos propios. Seis cumpleaños estuvieron exentos de dulces, pero revivo la amargura de aquellos días.

Entre los presentes no escucho a mi padre cantar el cumpleaños feliz, pero los ecos de su voz ondean mis tímpanos. Vuelvo a sentirme culpable por no haber llegado a tiempo a casa el día en que su corazón decidió no dar más avisos. Regreso a aquel catorce de diciembre y siento el mismo dolor agudo en el pecho.

¿Cuánta información puede llegar a almacenar nuestro cerebro? Soy Marta Garrido y desde 1980 recuerdo hasta el más mínimo detalle de aquello que he vivido. Con pelos y señales. Los olores, los sabores, si hacía frío o calor cuando sucedió; recuerdo incluso los sonidos, como si los estuviera escuchando en este mismo momento, y hasta los sentimientos que me produjo una u otra vivencia.

Hay veces que quieres olvidar; que necesitas olvidar. Pero no puedes. Bueno, yo no puedo. Dicen que tengo un don; que soy una privilegiada. Privilegiados son aquellos que recuerdan lo que quieren recordar. Una tortura. Eso es lo que es.

Cuando cumplí diez años, mis padres decidieron venir a esta casa. Los neurocientíficos dicen que abandonar radicalmente nuestra anterior vida fue un trauma para mí; algo así como un despertar de mi mente que, desde entonces, no ha vuelto a permitirse un receso. Vive, almacena y recuerda. De forma automática. Imparable. Sin control.

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Periodismo y comunicación en televisión

Hace unas semanas recibí un mensaje que me sorprendió gratamente. Un compañero periodista se puso en contacto conmigo y me propuso participar en una conferencia sobre periodismo y comunicación en televisión en la Universidad Pontificia de Salamanca.

Desde ese mismo momento, comencé a preparar el contenido de la ponencia de modo que fuera lo más interesante y didáctica posible. Lo hice con mucha ilusión y con la mente puesta en mis recuerdos como universitario.

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Me imaginé sentado en una de aquellas butacas y pensé que, hiciese lo que hiciese, tenía que resultar útil para quienes asistieran.

Y todo fue bien. Muy bien. Una experiencia que repetiría una y mil veces. Y hacerlo en Salamanca, mi tierra, fue, además, un valor añadido. Un día que recordaré siempre con un cariño especial.

Desde aquí me gustaría agradecer la confianza de los miembros del Nuevo Ateneo de la Facultad de Comunicación de la Universidad Pontificia de Salamanca por pensar en mí y, por supuesto, a todos y cada uno de los alumnos y profesores que decidieron acudir.

Podéis leer la noticia sobre la conferencia en www.upsa.es

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Donald Trump y la metamorfosis

Tapado hasta las orejas entré hace unos días en una de mis bibliotecas predilectas de Madrid. Un frío repentino aunque lógico a estas alturas del año nos ha cogido por sorpresa y nos ha obligado a buscar en el armario algo lo suficientemente caliente para soportar este revés.

Estaba felizmente perdido entre la J y la M cuando, al sacar uno de los libros de la estantería para leer la contraportada y decidir, en pocas palabras, si aquel ejemplar iba a ser alguno de los que me iban a acompañar hasta casa, otro libro, díscolo y semioculto por su tamaño, cayó al suelo. La metamorfosis. Franz Kafka. Me lo llevé a casa. Era adolescente la primera vez que lo leí. He vuelto a hacerlo.

“Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana tras sueños inquietos, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”.

Así comienza esta obra maestra de Kafka. Y eso ha debido pensar hoy más de uno cuando se haya levantado –o no se haya acostado– y haya visto cómo Donald Trump se ha convertido en el nuevo presidente de Estados Unidos. No. No ha sido un sueño inquieto como el del protagonista de La metamorfosis. Es una realidad que ha pasado por encima de las encuestas, los pronósticos y las predicciones de unas empresas demoscópicas que ya no son capaces ni de predecir sus propios fracasos.

“Tranquilos que el Reino Unido no se va a marchar de la Unión Europea”, decían. Y el Brexit fue una realidad. “Lo lógico es que Colombia vote a favor del acuerdo de paz con las FARC”. Ja. “Lo que nos falta ahora es que Donald Trump acabe siendo presidente”, decía John Carlin en un artículo de prensa. ¿Y qué decían los sondeos? Que la Casa Blanca iba a tener, por primera vez, una inquilina mujer. La primera presidenta de EEUU. Y no me hagáis hablar de España. Demoscopia 0 – Realidad 3.

Quizá la gente esté cansada de la inercia, la rutina o la desidia, o harta de ver siempre lo mismo, o puede que el mundo se esté volviendo totalmente loco. Y si no, acordaos de Rodolfo Chikilicuatre. Vale, es un tema absurdo y puede que hablar de esto hoy esté completamente fuera de lugar, pero ¿qué decía la lógica? ¿Y qué ocurrió? Pues eso. Moraleja: quizá habría que dejar de confiar en los sondeos y en lo que, aparentemente, parece lo más lógico y hacer caso a otras fuentes más cercanas a la conjetura. Los Simpson, por ejemplo, que todo lo que vaticinan acaba siendo verdad. A las pruebas me remito.

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Ahora la Casa Blanca tendrá que abrir sus puertas a un kafkiano bicho xenófobo y machista que incluso tuvo el valor de mofarse de un periodista con discapacidad durante un mitin. Estamos ante la metamorfosis. De la política. Del mundo.

Abríguense. Ahí fuera la realidad se está poniendo realmente fría.

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Rebobinar

Cuando decides volver a un lugar en el que han pasado y has pasado por tantas cosas –no es momento de valorarlas– ocurre siempre algo parecido: temes que los recuerdos se agolpen como el agua en una presa y que, de repente, la barrera se rompa y comiencen a caer en cascada inundándolo todo. Es conveniente advertir en este punto que la inundación no tiene por qué ser mala. Simplemente es algo que llena tu cabeza de recuerdos y esos recuerdos van unidos irremediablemente a sentimientos. Son como esas bolas de colores que la niña de la película Inside out tenía colocadas con un orden determinado y agrupadas por estructuras. A veces el agua entra con la fuerza suficiente para desordenar todo eso y la mezcla de sentimientos se vuelve un tanto extraña.

Pasé ocho años en Valladolid. Ocho. El tiempo y la distancia me han hecho apreciarla más que cuando estuve allí. Es algo de lo que me doy cuenta cada vez que vuelvo. Nuestro yo de ahora no entiende muchas de las cosas que pensaba o hacía el yo de antes.

He vuelto a pasear por muchos de los lugares por los que, hace unos años, solía pasear. Y sigo sorprendido por la capacidad que tenemos de olvidar ciertas cosas o transformarlas en recuerdos que, vistos con la perspectiva del tiempo, pierden algunos de los componentes negativos, en caso de tenerlos. La película que se proyecta ante ti es el resultado del paso del tiempo: mismo escenario, mismos personajes, mismos diálogos, pero la sensación que te deja la historia es completamente diferente. Porque quieres que sea así. Supervivencia y adaptación.

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Esta vez la ciudad brillaba de una forma especial. El director eligió un día de sol y una temperatura agradable para rodar. Repitió la secuencias del paseo por la facultad, por las callejuelas del centro e hizo planos cortos de los edificios que tanto recordaban a París al protagonista.

Valladolid2

La parte de la película que nunca falla es la del reencuentro con amigos, los vinos y las risas en los bares de tapas.

Del metraje se han eliminado algunas escenas o planos innecesarios y se han reforzado otros deliberadamente. Y te sientes a gusto con el nuevo remake, con la nueva versión. Te gusta el resultado.

Y mientras, sin darte cuenta, estás participando en el rodaje de otra película a la que quizá haya que cambiar algunas escenas dentro de unos años.

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Estrenar

Recuerdo perfectamente el olor que tenía septiembre cuando era pequeño. En algún rincón impermeable al olvido aun tengo impreso el aroma a libros nuevos, a pintura de palo, a sacapuntas y a goma de borrar. Y recuerdo también el momento en el que mi madre nos compraba el chándal nuevo o las zapatillas de deporte días antes de que comenzara el curso. Y cómo mi hermano y yo ardíamos en deseos de que llegara el ocho de septiembre, justo ese día, para poder ponérnoslo todo por primera vez.
Aquel sentimiento de emoción por lo inédito vuelve. Siempre lo hace.

Estrenar
Me estreno en la red. Y lo hago con muchas ganas, con la ilusión y el deseo de compartir lo que soy y lo que me hace feliz. Y me alegra hacerlo con vosotros a través de esta página web.
Me pongo el chándal y me ato fuerte las zapatillas. ¡Allá vamos!
¿Me acompañáis?

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¿Y si…?

Era lunes y decidí quedar con una amiga para ir al cine. Compramos entradas para “La reconquista”, de Jonás Trueba. No quise ver el tráiler porque muchas veces ocurre que cuando te sientas en la butaca, prácticamente has visto la película. Sabía que la cinta giraba entorno a una historia de amor, pero esperaba que no fuese la “típica historia de amor”. Y me sorprendió. Para bien. Diálogos bien trabajados y una ambientación que hablaba, a veces, sin palabras. La música jugaba un papel importante. Mucho. Pero también lo hacía el miedo. Y el paso del tiempo. Y el miedo al paso de tiempo. En un punto concreto de la película se coló una frase que definía muy bien el hilo argumental de la película y que se me quedó grabada durante el resto de la película: “¿Y si estuviéramos viviendo la vida como si tan solo fuera un ensayo?”.

¿Y si…? Maldita pregunta. Siempre nos asalta. Siempre. Todo lo que ocurre a nuestro alrededor siempre tiene un “¿Y si…?”. La respuesta a esa pregunta, en muchas ocasiones, siempre está influenciada por el mismo denominador: el miedo al paso del tiempo y sus consecuencias, de lo que hablaba antes. Cuando hacemos algo o nos proponemos hacerlo anteponemos siempre, o casi siempre, las dudas al deseo de hacerlo. Y es cuando aparecen esos miedos, esas inseguridades, ese recelo a hacer algo mal o diferente a aquello que marcan las malditas reglas de la sociedad. Y precisamente de eso habla la película. El director inventa un encuentro entre dos jóvenes que fueron novios hace quince años. Ahora tienen treinta y, al volver a verse, los “¿y si…?”comienzan a aparecer y les obligan a replantearse muchas cosas al verse de nuevo juntos. Pero la vida sigue, irremediablemente. Las suyas, por muy ficticias que sean, y las de todos. Y por mucho que nos preguntemos “¿y si…?” la vida continua y de nada nos sirve lamentarnos por haber tomado una u otra decisión.

¿Y si dejásemos de hacernos tantas preguntas y mandásemos al carajo las dudas? ¿Veis? Hasta buscando una reflexión positiva vuelve a aparecer la misma pregunta.

NARRACIONES

La piel del tiempo

El masajista no tardó en reconocer aquel lunar bajo la nuca. Sus manos se bloquearon antes de llegar al cuello. Sintió un cosquilleo, una especie de pequeña descarga eléctrica, que recorrió cada uno de sus dedos al recordar aquel punto irregular. Rugoso, imperfecto y oscuro, como su pasado. El mismo que, años atrás, descubrió en la piel de aquel médico, ahora un anciano tumbado ante él, que iba al orfanato para hacerles el reconocimiento. O eso decía. Sin dejar de mirarlo, regresó a su cuerpo de niño y deseó haber tenido las manos adultas que tenía ahora para apretar fuerte aquel cuello sin dejar de soltarlo.

(Microrrelato finalista del concurso «X Edición Relatos en cadena» – Escuela de Escritores y Cadena SER. Semana I)