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Rebobinar

Cuando decides volver a un lugar en el que han pasado y has pasado por tantas cosas –no es momento de valorarlas– ocurre siempre algo parecido: temes que los recuerdos se agolpen como el agua en una presa y que, de repente, la barrera se rompa y comiencen a caer en cascada inundándolo todo. Es conveniente advertir en este punto que la inundación no tiene por qué ser mala. Simplemente es algo que llena tu cabeza de recuerdos y esos recuerdos van unidos irremediablemente a sentimientos. Son como esas bolas de colores que la niña de la película Inside out tenía colocadas con un orden determinado y agrupadas por estructuras. A veces el agua entra con la fuerza suficiente para desordenar todo eso y la mezcla de sentimientos se vuelve un tanto extraña.

Pasé ocho años en Valladolid. Ocho. El tiempo y la distancia me han hecho apreciarla más que cuando estuve allí. Es algo de lo que me doy cuenta cada vez que vuelvo. Nuestro yo de ahora no entiende muchas de las cosas que pensaba o hacía el yo de antes.

He vuelto a pasear por muchos de los lugares por los que, hace unos años, solía pasear. Y sigo sorprendido por la capacidad que tenemos de olvidar ciertas cosas o transformarlas en recuerdos que, vistos con la perspectiva del tiempo, pierden algunos de los componentes negativos, en caso de tenerlos. La película que se proyecta ante ti es el resultado del paso del tiempo: mismo escenario, mismos personajes, mismos diálogos, pero la sensación que te deja la historia es completamente diferente. Porque quieres que sea así. Supervivencia y adaptación.

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Esta vez la ciudad brillaba de una forma especial. El director eligió un día de sol y una temperatura agradable para rodar. Repitió la secuencias del paseo por la facultad, por las callejuelas del centro e hizo planos cortos de los edificios que tanto recordaban a París al protagonista.

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La parte de la película que nunca falla es la del reencuentro con amigos, los vinos y las risas en los bares de tapas.

Del metraje se han eliminado algunas escenas o planos innecesarios y se han reforzado otros deliberadamente. Y te sientes a gusto con el nuevo remake, con la nueva versión. Te gusta el resultado.

Y mientras, sin darte cuenta, estás participando en el rodaje de otra película a la que quizá haya que cambiar algunas escenas dentro de unos años.

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Estrenar

Recuerdo perfectamente el olor que tenía septiembre cuando era pequeño. En algún rincón impermeable al olvido aun tengo impreso el aroma a libros nuevos, a pintura de palo, a sacapuntas y a goma de borrar. Y recuerdo también el momento en el que mi madre nos compraba el chándal nuevo o las zapatillas de deporte días antes de que comenzara el curso. Y cómo mi hermano y yo ardíamos en deseos de que llegara el ocho de septiembre, justo ese día, para poder ponérnoslo todo por primera vez.
Aquel sentimiento de emoción por lo inédito vuelve. Siempre lo hace.

Estrenar
Me estreno en la red. Y lo hago con muchas ganas, con la ilusión y el deseo de compartir lo que soy y lo que me hace feliz. Y me alegra hacerlo con vosotros a través de esta página web.
Me pongo el chándal y me ato fuerte las zapatillas. ¡Allá vamos!
¿Me acompañáis?

ARTE, BLOG

¿Y si…?

Era lunes y decidí quedar con una amiga para ir al cine. Compramos entradas para “La reconquista”, de Jonás Trueba. No quise ver el tráiler porque muchas veces ocurre que cuando te sientas en la butaca, prácticamente has visto la película. Sabía que la cinta giraba entorno a una historia de amor, pero esperaba que no fuese la “típica historia de amor”. Y me sorprendió. Para bien. Diálogos bien trabajados y una ambientación que hablaba, a veces, sin palabras. La música jugaba un papel importante. Mucho. Pero también lo hacía el miedo. Y el paso del tiempo. Y el miedo al paso de tiempo. En un punto concreto de la película se coló una frase que definía muy bien el hilo argumental de la película y que se me quedó grabada durante el resto de la película: “¿Y si estuviéramos viviendo la vida como si tan solo fuera un ensayo?”.

¿Y si…? Maldita pregunta. Siempre nos asalta. Siempre. Todo lo que ocurre a nuestro alrededor siempre tiene un “¿Y si…?”. La respuesta a esa pregunta, en muchas ocasiones, siempre está influenciada por el mismo denominador: el miedo al paso del tiempo y sus consecuencias, de lo que hablaba antes. Cuando hacemos algo o nos proponemos hacerlo anteponemos siempre, o casi siempre, las dudas al deseo de hacerlo. Y es cuando aparecen esos miedos, esas inseguridades, ese recelo a hacer algo mal o diferente a aquello que marcan las malditas reglas de la sociedad. Y precisamente de eso habla la película. El director inventa un encuentro entre dos jóvenes que fueron novios hace quince años. Ahora tienen treinta y, al volver a verse, los “¿y si…?”comienzan a aparecer y les obligan a replantearse muchas cosas al verse de nuevo juntos. Pero la vida sigue, irremediablemente. Las suyas, por muy ficticias que sean, y las de todos. Y por mucho que nos preguntemos “¿y si…?” la vida continua y de nada nos sirve lamentarnos por haber tomado una u otra decisión.

¿Y si dejásemos de hacernos tantas preguntas y mandásemos al carajo las dudas? ¿Veis? Hasta buscando una reflexión positiva vuelve a aparecer la misma pregunta.

NARRACIONES

La piel del tiempo

El masajista no tardó en reconocer aquel lunar bajo la nuca. Sus manos se bloquearon antes de llegar al cuello. Sintió un cosquilleo, una especie de pequeña descarga eléctrica, que recorrió cada uno de sus dedos al recordar aquel punto irregular. Rugoso, imperfecto y oscuro, como su pasado. El mismo que, años atrás, descubrió en la piel de aquel médico, ahora un anciano tumbado ante él, que iba al orfanato para hacerles el reconocimiento. O eso decía. Sin dejar de mirarlo, regresó a su cuerpo de niño y deseó haber tenido las manos adultas que tenía ahora para apretar fuerte aquel cuello sin dejar de soltarlo.

(Microrrelato finalista del concurso “X Edición Relatos en cadena” – Escuela de Escritores y Cadena SER. Semana I)

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Prevenido

Llegas a la redacción y saludas a tus compañeros. Es domingo. Ayer tuviste un día intenso, de esos que no se olvidan fácilmente y que pasan a la historia por su trascendencia. Uno de los partidos políticos más importantes de la historia de tu país se resquebraja y te ha tocado salir a la calle antes que el sol y estar atento a lo que pueda ocurrir. Y siempre en tensión por si algún compañero periodista cerca de ti grita: “¡Qué salen! ¡Están saliendo!”. Falsa alarma. Tan solo era un receso. Así diez horas. O más.

Total, que es domingo y llegas a la redacción arrastrando los pies y mandando señales a tus párpados para que aguanten todo lo que está por venir. Y, pasados unos minutos, te anuncian que te toca volver al mismo punto donde ayer ocurrió “todo” para ser el que cuente hoy las novedades en el informativo.

Llegas con algo menos de una hora de antelación al punto de directo. Sabes que tendrás cinco “pinchazos” y poco tiempo para prepararte todo lo que vas a contar. Mandas un mensaje a tus compañeros en la redacción para que te cuenten detalles y poder organizarte y el tiempo corre en tu contra. Ellos están muy liados y tu cada vez más tenso. Por la responsabilidad. Mientras te colocan el pinganillo y haces pruebas de sonido, buscas y rebuscas nuevos datos, últimas horas, compruebas cómo está todo a tu alrededor, cuentas cuántos periodistas hay y los medios que están allí presentes, miras y remiras a la puerta del edificio por si alguien decide entrar. O salir. Apuntas en tu cuaderno todo lo que consideras relevante para contar pocos minutos después. Haces mil y un borradores, imaginas mil formas distintas de comenzar cada directo pero entonces, justo en ese preciso momento en el que ya estás comido por los nervios y la responsabilidad y con todo prácticamente preparado, te mandan un mensaje con algunas pistas sobre lo que tienes que contar en cada uno de los directos y ves que parte de tu estructura, aquello que habías ideado, se desmorona como un castillo de naipes. Hay que darle la vuelta a algunas cosas y otras ni siquiera eran tan relevantes como habías pensado.

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“¡Cinco minutos!”, escuchas por el pinganillo, esa presión hecha aparato electrónico que llevas en tus oídos. Intentas controlar los nervios y respiras. Garabateas como puedes algunas líneas coherentes en la libreta por si tu mente decide quedarse en blanco en mitad de alguno de los directos y miras a la cámara. Pero no la ves. Tu mirada llega más allá. Entras en una especie de trance en el que solo estás tú. Nadie más. Y vuelves a respirar. Esta vez más hondo. La responsabilidad te agarra como si quisiera exprimirte.

Y entonces todos tus nervios se transforman en una bola gigante que expulsas con el aire cuando comienzas a hablar justo unas décimas de segundo después de escuchar tu nombre por el pinganillo.

“¿Qué ambiente se respira ahora por allí, Fran?”

NARRACIONES

Luz

Siempre había soñado con vivir en un faro. Nada le hacía más feliz que saber que, en unos días, iba a poder cumplir ese sueño. Su abuelo había decidido comprar aquel viejo faro que era como el punto final de una frase, lo último que había antes de la inmensidad del mar. Estaba el suelo firme, luego las rocas del acantilado y, al final, él. Imponente, alto, inmenso, blanco y azul. Después, el Mediterráneo.
De pequeño pasaba horas mirando fijamente su luz. Giraba constantemente. Los dos focos describían una circunferencia perfecta desde que el sol se ponía hasta que volvía a aparecer por el horizonte. Una y otra vez. Su cara se iluminaba cada tres segundos.

Uno, dos, tres. Luz. Uno, dos, tres. Luz.

Así podía pasarse toda la noche. Así y mirando las estrellas. Su abuelo siempre le contaba que las estrellas eran los faros del universo, que cada vez que nacía una persona, se iluminaba un nuevo faro. Cada uno tenía el suyo propio y, desde allí arriba, guiaba a su dueño de por vida, día a día.
Desde que le contó aquella historia, todas las noches miraba una a una todas las estrellas e imaginaba cómo serían los faros que guardaban cada una de aquellas bombillas de luz casi infinita. Los habría grandes, otros más pequeños. Seguro que muchos eran cilíndricos. Otros, rectangulares. De cinco lados, de seis o incluso de ocho. Blancos, grises, marrones…

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Pero a él le gustaba aquel. El de siempre. El blanco y azul. Sabía que su faro no estaba en aquel lienzo oscuro de allí arriba sino aquí abajo, al lado del mar.
Las hojas secas del cerezo comenzaron a caerse. Pasaron del verde al amarillo. Del amarillo al marrón. Y de las ramas, al suelo. Había llegado el otoño. Justo para entonces su abuelo ya había restaurado el faro. Había pintado todas las paredes de la casa de blanco y las puertas y las ventanas de azul. De los mismos colores que el faro. Rayas blancas y azules dibujando una espiral perfecta de arriba abajo. Aquella noche, por fin, iba a poder dormir en el faro.

BLOG, MUNDO

Eterna. Así es Roma

Desde el aire ya me pareció cautivadora, hipnótica. Con el sol prácticamente cegándome la vi por primera vez a través de aquella ventana minúscula del avión. Tardé en asimilar tanta belleza pero enseguida supe que pronto, muy pronto, tendría la oportunidad de perderme entre sus calles.

Desde el cielo ya era imponente. Y con los pies en la tierra me reafirmé.

“Benvenuto a Roma”

No pude esperar. Dejé las maletas y salí a su encuentro. A pesar de que no eran ni las seis de la tarde, el sol prácticamente había desaparecido. “¡Llego tarde!”, pensé. Pero fue un pensamiento erróneo.

Coliseo

A lo lejos la reconocí. Me ofrecía descubrir aquellas piedras del Coliseo que hablaban de una historia de esplendor bañado ahora por una luz tenue, dorada, íntima.

Hasta la luna se había puesto de gala aquella noche para acompañarnos durante el primer paseo nocturno.

Y no fue más que el principio. Porque Roma, como siempre había escuchado, es infinita. Eterna.

Roma te atrapa, te envuelve y te seduce. Una y otra vez. Te sorprende a cada paso. De día y, por supuesto, de noche. Y te cautiva incluso cuando llueve. Piensas que el agua arruinará tu visita, pero es precisamente entonces cuando descubres que Roma te ofrece su belleza al cuadrado. Los adoquines del suelo, ese empedrado que parece ideado por los mismos dioses del antiguo Imperio, se transforman en espejos que, con un brillo hipnótico, reflejan la Gran Belleza.

Caminas entre callejuelas doradas por el reflejo del sol en las paredes ocre de los edificios y el Panteón se presenta sin previo aviso. Te dejas llevar por las discretas y tenues luces de las farolas y desembocas en la impresionante Piazza Navona. Embriagado por el olor a naranjo, te asomas a una cerradura y Roma te abre las puertas de sus secretos. Cruzas una esquina y aparece la Fontana di Trevi.

“Se si lancia una moneta, si tornerà a Roma”

(“Si lanzas una moneda, volverás a Roma”)

Y eso hice.

NARRACIONES

Ochenta y dos

—Buenos días. Adelante. Póngase cómodo —dijo el doctor Smith mientras, con la mano derecha, hacía un gesto para que Paul Anderson se sentara en el diván verde de piel—. Cuénteme —se colocó las gafas de cristales sin montura, se sentó tras su mesa repleta de libros y papeles y preguntó—: ¿cuál es su problema?
—Ochenta y dos.
—¿Disculpe? —Guardó unos segundos de silencio y mirando fijamente al paciente por encima de sus gafas continuó—: ¿cómo dice?—
—Ochenta y dos, doctor. Problema es igual a ochenta y dos.
—Me va usted a perdonar, pero no acabo de comprender muy bien qué quiere decirme.
—Como ve, no puedo dejar de sumar. Solo veo números a mi alrededor, operaciones matemáticas, sumas. Sumo. Sumo sin parar. A cada minuto, a cada segundo. ¡Sumo y sumo sin parar!
—Comprendo —respondió el terapeuta intentando disimular su cara de asombro—. ¿Y desde cuándo le ocurre esto? ¿Lleva usted mucho tiempo… —no encontraba la forma de terminar la pregunta y tras buscar rápidamente en su mente algún modo de no parecer insultante acabó diciendo— sumando?
—Siempre lo he hecho, doctor. Pero ahora ya es imparable.
En efecto. Lo llevaba haciendo desde pequeño. Siempre había sido un fuera de serie en clase. Los profesores se lo advirtieron a sus padres nada más comenzar el primer grado en la escuela South Valley, en el condado de Sherman, Oregon. «Este chico apunta maneras, señores», era una de las frases más repetidas siempre que iban a hablar con algún tutor o con el director del centro. Pero, en realidad, nunca fue diagnosticado como un niño superdotado. De hecho, no lo era. Era un chico normal al que, simple y llanamente, le gustaban los números. Se colocó convenientemente en el diván y siguió relatando su problema.

—Comencé sumando las cifras de las matrículas de los coches mientras caminaba por las calles de Grass Valley. Lo hacía cada vez más rápido. Al principio solo calculaba las de aquellos que venían de frente. A los pocos meses, también las de los que venían por detrás. Después quise ampliar el reto y a los dos anteriores añadí todos aquellos que estuvieran aparcados en las aceras del lado derecho. Y, cómo no, incluí a los estacionados a la izquierda. Dicen que mi cerebro es como una calculadora humana que, con el tiempo, ha llegado a resolver operaciones a una velocidad inimaginable.