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Eterna. Así es Roma

Desde el aire ya me pareció cautivadora, hipnótica. Con el sol prácticamente cegándome la vi por primera vez a través de aquella ventana minúscula del avión. Tardé en asimilar tanta belleza pero enseguida supe que pronto, muy pronto, tendría la oportunidad de perderme entre sus calles.

Desde el cielo ya era imponente. Y con los pies en la tierra me reafirmé.

«Benvenuto a Roma»

No pude esperar. Dejé las maletas y salí a su encuentro. A pesar de que no eran ni las seis de la tarde, el sol prácticamente había desaparecido. “¡Llego tarde!”, pensé. Pero fue un pensamiento erróneo.

Coliseo

A lo lejos la reconocí. Me ofrecía descubrir aquellas piedras del Coliseo que hablaban de una historia de esplendor bañado ahora por una luz tenue, dorada, íntima.

Hasta la luna se había puesto de gala aquella noche para acompañarnos durante el primer paseo nocturno.

Y no fue más que el principio. Porque Roma, como siempre había escuchado, es infinita. Eterna.

Roma te atrapa, te envuelve y te seduce. Una y otra vez. Te sorprende a cada paso. De día y, por supuesto, de noche. Y te cautiva incluso cuando llueve. Piensas que el agua arruinará tu visita, pero es precisamente entonces cuando descubres que Roma te ofrece su belleza al cuadrado. Los adoquines del suelo, ese empedrado que parece ideado por los mismos dioses del antiguo Imperio, se transforman en espejos que, con un brillo hipnótico, reflejan la Gran Belleza.

Caminas entre callejuelas doradas por el reflejo del sol en las paredes ocre de los edificios y el Panteón se presenta sin previo aviso. Te dejas llevar por las discretas y tenues luces de las farolas y desembocas en la impresionante Piazza Navona. Embriagado por el olor a naranjo, te asomas a una cerradura y Roma te abre las puertas de sus secretos. Cruzas una esquina y aparece la Fontana di Trevi.

“Se si lancia una moneta, si tornerà a Roma”

(“Si lanzas una moneda, volverás a Roma”)

Y eso hice.

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