NARRACIONES

Luz

Siempre había soñado con vivir en un faro. Nada le hacía más feliz que saber que, en unos días, iba a poder cumplir ese sueño. Su abuelo había decidido comprar aquel viejo faro que era como el punto final de una frase, lo último que había antes de la inmensidad del mar. Estaba el suelo firme, luego las rocas del acantilado y, al final, él. Imponente, alto, inmenso, blanco y azul. Después, el Mediterráneo.
De pequeño pasaba horas mirando fijamente su luz. Giraba constantemente. Los dos focos describían una circunferencia perfecta desde que el sol se ponía hasta que volvía a aparecer por el horizonte. Una y otra vez. Su cara se iluminaba cada tres segundos.

Uno, dos, tres. Luz. Uno, dos, tres. Luz.

Así podía pasarse toda la noche. Así y mirando las estrellas. Su abuelo siempre le contaba que las estrellas eran los faros del universo, que cada vez que nacía una persona, se iluminaba un nuevo faro. Cada uno tenía el suyo propio y, desde allí arriba, guiaba a su dueño de por vida, día a día.
Desde que le contó aquella historia, todas las noches miraba una a una todas las estrellas e imaginaba cómo serían los faros que guardaban cada una de aquellas bombillas de luz casi infinita. Los habría grandes, otros más pequeños. Seguro que muchos eran cilíndricos. Otros, rectangulares. De cinco lados, de seis o incluso de ocho. Blancos, grises, marrones…

Faro3
Pero a él le gustaba aquel. El de siempre. El blanco y azul. Sabía que su faro no estaba en aquel lienzo oscuro de allí arriba sino aquí abajo, al lado del mar.
Las hojas secas del cerezo comenzaron a caerse. Pasaron del verde al amarillo. Del amarillo al marrón. Y de las ramas, al suelo. Había llegado el otoño. Justo para entonces su abuelo ya había restaurado el faro. Había pintado todas las paredes de la casa de blanco y las puertas y las ventanas de azul. De los mismos colores que el faro. Rayas blancas y azules dibujando una espiral perfecta de arriba abajo. Aquella noche, por fin, iba a poder dormir en el faro.


Iba a ser la noche más feliz de su vida. Llevaba años deseando cumplir el sueño de vivir allí, de dormir allí. Pero esa misma noche, su abuelo no estaba en casa. En la nueva casa del faro. Sus padres le dijeron que se había ido a faenar. Era pescador. Tenía una pequeña barca con la que, a diario, salía en busca de pescado fresco que luego vendía en el mercado del pueblo. Pasó un día y su abuelo no regresó. Dos días. Tres. Cuatro. Cinco. En ese momento supo que su abuelo no volvería. Se subió a la cama y abrió la ventana circular de la habitación pequeña de la última planta que había en la casa del faro. Desde allí miró al cielo. Faltaba una estrella. Se había apagado un faro del universo.
Descalzo, saltó de la cama y salió de su habitación. Bajó las escaleras de caracol a la velocidad de un rayo y salió fuera. Su faro seguía luciendo. Giraba. Le iluminaba la cara cada tres segundos.
Corrió durante cinco minutos. El tiempo exacto para llegar a la playa más cercana al faro, donde su abuelo atracaba las dos pequeñas barcas que tenía y que usaba en su trabajo como pescador. Cogió una de ellas. La blanca. La más pequeña. Aquella en la que, hacía dos veranos, había dibujado un delfín amarillo en la proa junto a su abuelo.
Empujó con todas sus fuerzas clavando sus pies descalzos en la arena hasta que la madera se fundió con el mar. Con el agua por la cintura, se agarró con fuerza a la barca, saltó y se coló en su interior. Tenía el pijama calado. Cogió los dos pequeños remos de madera y comenzó a agitarlos con fuerza. De forma simétrica. Tal y como le había enseñado su abuelo.
No paró de remar. Estaba agotado pero seguía haciéndolo con todas sus fuerzas.
La luz del faro seguía girando. Seguía iluminándole la cara.

Uno, dos, tres. Luz. Uno, dos, tres. Luz.

Tenía que alejarse de la luz lo más posible para comprobar si realmente aquella estrella se había apagado. Sabía que era la estrella de su abuelo. El faro de su abuelo. Y quería verlo encendido, brillando. Siguió remando sin descanso. Quería ver a su abuelo.

Han pasado más de cincuenta años y la luz del faro sigue girando. Cada noche. Sus dos focos continúan dibujando una circunferencia perfecta a pesar de que hace años dejó de ser un hogar. El faro es ahora un hotel. Cada noche, los turistas miran desde las ventanas circulares las estrellas en busca, dicen, de las dos más brillantes. Justo en línea recta una de la otra. Cada tres segundos, la luz del faro pasa por su lado, dándoles más brillo, más vida.

Uno, dos, tres. Luz. Uno, dos, tres. Luz.

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