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Gracias

“La vida es más compleja y está llena de gente extraordinaria que la hacen más interesante […]. Esas personas que ayudaron a esta niña tienen nombre. Doña Paquita, maestra de mi colegio y absolutamente entusiasta, que me animó a inscribirme a un programa radiofónico. Don Enrique, profesor de música, que vivía al otro lado de la calle y que, de una manera generosa, se ofrece a darme clases particulares y contribuir a desasnarme […]”.

Fueron las primeras palabras que pronunció Ana Belén tras recibir el Goya de Honor 2017. Un homenaje claro a quienes, de la forma más humilde posible, le animaron a dar los pasos necesarios para convertirse en quien hoy es. Un gracias inmenso a aquellos que fueron su mejor influencia.

Su discurso me hizo reflexionar sobre lo importantes que son esas personas cuyas palabras, gestos o miradas un día inocularon en nosotros esa sustancia que nos hace valientes ante el miedo, fuertes ante el fracaso y seguros ante el qué dirán.

Maestros que comprenden y enseñan. Profesores que guían y aconsejan. Docentes que valoran y apoyan.

Hace años una de mis profesoras me recomendó la lectura de Martes con mi viejo profesor, un libro que recoge las reflexiones sobre la vida entre un alumno y su profesor que, afectado por una enfermedad, afronta del modo más optimista, valiente y admirable sus últimos meses de vida. La historia real de un docente cuyas lecciones iban más allá del aula, mucho más allá del pupitre o la pizarra.

“Mi viejo profesor impartió la última asignatura de su vida dando una clase semanal en su casa, junto a una ventana de su despacho, desde un lugar donde podía contemplar cómo se despojaba de sus hojas rosadas un pequeño hibisco”. (Martes con mi viejo profesor, Mitch Albom).

Cuando lo leí por primera vez era adolescente y había partes que no entendía. Al releerlo no hace mucho tiempo supe por qué me lo había recomendado. Comprendí muchas de aquellas cosas que entonces me sonaban lejanas. Y por ello, le estaré eternamente agradecido. Y como a ella, a tantos otros que, de un modo u otro, marcaron mis pasos en diferente etapas.

Hace tan solo unos días una amiga maestra me habló sobre una campaña publicitaria que acaba de lanzar una empresa de contenidos educativos y que pretende volver a poner en valor la labor -la admirable labor- de los docentes. En una sociedad repleta de quienes ahora se hacen llamar influencers, es decir, personas influyentes, la propia acepción del término prácticamente ha perdido parte de su esencia. Porque entre todo ese ruido actual de figuras que pretenden dar consejos y lecciones, tal y como dice el vídeo de la campaña, “hay otros influencers mucho más poderosos”:

“Son ‘influencers’ reales que marcan nuestra sociedad generación tras generación. De ellos depende cómo seremos y cómo lo conseguiremos […]. Son personas como tú y como yo, pero con un poder extraordinario”.

Me gustó tanto esta campaña que me sentí en la obligación de darle difusión y, de la forma más humilde posible, hice un reportaje para laSexta noticias que podéis ver aquí.

Todo reconocimiento y apoyo a los maestros es insuficiente. Al menos una parte de lo que somos es gracias a ellos y su influencia contribuye a cambiar la sociedad. Una sociedad que, en muchas ocasiones, no les trata como merecen.

Tal y como dijo Ana Belén en su discurso sobre la cultura, la educación tampoco goza del mejor reconocimiento de las autoridades responsables de garantizar el futuro de su propio país.

Por eso, desde aquí, mi breve pero inmenso GRACIAS a todos y cada uno de nuestros profesores.

GraciasFLG

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«¡Qué adelantos!»

Me despertaba esta mañana con la noticia de una nueva incorporación en la familia. Escondido entre sábanas y oscuridad, encendí el móvil para hacer un repaso rápido y ver qué estaba pasando y fue lo primero que leí. Durante la noche había nacido Martina. Una buenísima noticia y, posiblemente, la única interesante. Todo lo demás: política, algo de corrupción y premios deportivos. Poco más.

Seguía bajo las sábanas con la única luz de la pantalla del teléfono, como un explorador que atraviesa una cavidad recóndita en algún lugar entre montañas con una linterna en la frente pero con la luz en dirección opuesta, apuntándome a mí y a mis ideas. Durante esos minutos que miré fijamente las fotos que acababa de recibir de la recién nacida, el destello de la pantalla iluminaba mi pensamiento de cómo pasa el tiempo; también el de qué manos y qué uñas tan pequeñas tenía el bebé, el de qué felices estarían sus padres -mis primos- y los padres de esos padres, es decir, sus abuelos y, también el de que en unos años, esa persona tan pequeña llegará a ser maestra o arquitecta, quizá veterinaria o médica, y puede que sea ella la que ayude a traer a este lado de la vida a nuevas incorporaciones a otras familias.

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Mis pensamientos habían ido muy lejos. Y muy deprisa. Tanto como lo hace la tecnología. Me explico.

Horas más tarde, fui con mis abuelos a la consulta del médico. Sentados en la sala de espera, entre filas de sillas geométricamente colocadas, cuadros con escenas de naturaleza artísticamente viva y carteles de “se ruega silencio”, saqué mi teléfono y les mostré las imágenes de la recién nacida. Tenían a la niña a tan solo unos centímetros de distancia aunque, en realidad, estaba a kilómetros. Y se miraban por primera vez. Mi abuelo cogió el móvil con sus manos y entonces la luz del móvil le iluminó a él como lo hace el sol con el explorador que, desde la oscuridad, sale de entre los huecos de las montañas. Esa luz ahora iluminaba sus pensamientos como por la mañana había hecho con los míos. Yo solo miraba sus manos y las comparaba con las de Martina. Experiencia frente a inocencia. Sufrimiento frente a felicidad. Y tiempo; tiempo vivido y tiempo por vivir. La imagen me pareció absolutamente maravillosa y reveladora pero, al mismo tiempo, me aterraba un poco.

Mi abuelo sonrió y posiblemente pensó en millones de cosas en tan solo unos segundos. En voz baja, me miró y dijo: “¡qué adelantos!”. Sí, pensé yo, y acompañé el pensamiento con un movimiento afirmativo de cabeza.

Martina estaba allí sin estar y él estaba con ella sin estarlo realmente. En otro momento de toda esa vida que mi abuelo tiene dibujada en las arrugas de sus manos hubieran tenido que pasar horas, días o, incluso, semanas para ese primer encuentro. Ahora, la acaba de conocer y solo habían pasado unos pocos segundos de vida de quien, dentro de unos años, puede que coja entre sus manos algo que, ahora mismo, ni ella ni ninguno de nosotros podemos llegar a imaginar.

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Una cosa brillante en la nariz

Hace justo una semana estaba poniendo el árbol de Navidad en casa.

Siete días. Han pasado siete días y, mire donde mire, hay algún punto de purpurina. En el respaldo de una silla, en la planta que hay sobre la mesa del salón, en el cojín pequeño al lado izquierdo del sofá, en la cinta de la persiana, incluso en la persiana. ¡Por fuera! Incomprensible. Totalmente incomprensible. Podría decir que no existe material más indestructible que la purpurina si no fuera porque no es verdad. O quizá sí.

Importa poco que hayas pasado tres veces la aspiradora, siete la mopa o si te has tirado de rodillas al suelo para, una a una, recoger cada diminuta mota de brillo que, misteriosamente, ha inundado la casa.

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Nota mental: cuando cogiste aquella estrella decorativa rebozada en brillo cual filete empanado jamás pensaste que vivirías entre diminutas motas doradas el resto de tu vida. Pero ahora te das cuenta de que quizá la estrella tenía que haber sido simplemente dorada, sin purpurina, ese mal ancestral.

Hace siete días me lavé las manos hasta eliminar alguna capa de la piel. Estoy seguro. Aun así, allí seguían. Fijas. Inmóviles. Puntos brillantes jugando entre las líneas de las huellas dactilares. Como si cada dedo se hubiese convertido, por sí solo, en un árbol de Navidad, con sus luces y sus adornos. Y ahí siguen. No en las manos, solo faltaría, pero sí en los lugares donde jamás pensarías que podría llegar la purpurina. Estás leyendo un libro en tu cama y, misteriosamente, al pasar la página, descubres tres puntos dorados entre los párrafos segundo y tercero. Miras entonces al techo como para lamentarte de su constante presencia y descubres que, al lado de la lámpara, hay otros cuatro o cinco. ¡Es imposible! Si árbol está en el salón, ¡¿cómo han llegado hasta allí?! Vas al baño a lavarte los dientes y, desafiantes, dos luciérnagas de plástico inmortal te miran desde la toalla. Intentas retirarlas con el mayor de los cuidados pero irremediablemente se instalan de forma estratégica entre tus dedos donde sobrevivirán, aunque no quieras, durante horas, días, meses… Ellas tienen el control.

Conociendo su capacidad de supervivencia, ahora con los años pienso que quizá alguna de estas motas me haya perseguido desde de mis clases de Plástica en Primaria. Aquellas en las que vaciabas botes de purpurina multicolor sobre una cartulina para diseñar la postal navideña más original posible.

Hace siete días deseé ver el árbol instalado. Con sus luces y sus bolas. Hace exactamente siete días lamenté también tener el árbol instalado. Con sus luces, sus bolas y la estrella con purpurina. Pero llega la Navidad. Hacía muchos años que no decoraba un árbol y tenía especial ilusión por hacerlo. Ahora, no pienso en otra cosa que en el día que tenga que desmontarlo. No sé si será mejor quitar la estrella lo primero o dejarla para el final.

Hace siete días que llevo recogiendo puntos brillantes por donde quiera que vaya. Esta mañana me he levantado con miedo a que, al salir de entre las sábanas, un ejército de puntos me estuviera esperando tras la puerta de la habitación. He salido con cautela al pasillo; he entrado en el baño casi de puntillas para no hacer ruido. No he visto ninguno. Ni en las manillas de las puertas, ni en las paredes, tampoco en la toalla. Nada en la cocina. Tampoco entre mi ropa. Nada. Pensé que habían desaparecido pero cuando he bajado a hacer la compra, la dependienta me ha mirado con una expresión de maternal ternura y ha sentenciado: “¡Uy, tienes una cosa brillante en la nariz!”.

Me rindo.

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Periodismo y comunicación en televisión

Hace unas semanas recibí un mensaje que me sorprendió gratamente. Un compañero periodista se puso en contacto conmigo y me propuso participar en una conferencia sobre periodismo y comunicación en televisión en la Universidad Pontificia de Salamanca.

Desde ese mismo momento, comencé a preparar el contenido de la ponencia de modo que fuera lo más interesante y didáctica posible. Lo hice con mucha ilusión y con la mente puesta en mis recuerdos como universitario.

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Me imaginé sentado en una de aquellas butacas y pensé que, hiciese lo que hiciese, tenía que resultar útil para quienes asistieran.

Y todo fue bien. Muy bien. Una experiencia que repetiría una y mil veces. Y hacerlo en Salamanca, mi tierra, fue, además, un valor añadido. Un día que recordaré siempre con un cariño especial.

Desde aquí me gustaría agradecer la confianza de los miembros del Nuevo Ateneo de la Facultad de Comunicación de la Universidad Pontificia de Salamanca por pensar en mí y, por supuesto, a todos y cada uno de los alumnos y profesores que decidieron acudir.

Podéis leer la noticia sobre la conferencia en www.upsa.es

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Donald Trump y la metamorfosis

Tapado hasta las orejas entré hace unos días en una de mis bibliotecas predilectas de Madrid. Un frío repentino aunque lógico a estas alturas del año nos ha cogido por sorpresa y nos ha obligado a buscar en el armario algo lo suficientemente caliente para soportar este revés.

Estaba felizmente perdido entre la J y la M cuando, al sacar uno de los libros de la estantería para leer la contraportada y decidir, en pocas palabras, si aquel ejemplar iba a ser alguno de los que me iban a acompañar hasta casa, otro libro, díscolo y semioculto por su tamaño, cayó al suelo. La metamorfosis. Franz Kafka. Me lo llevé a casa. Era adolescente la primera vez que lo leí. He vuelto a hacerlo.

“Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana tras sueños inquietos, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”.

Así comienza esta obra maestra de Kafka. Y eso ha debido pensar hoy más de uno cuando se haya levantado –o no se haya acostado– y haya visto cómo Donald Trump se ha convertido en el nuevo presidente de Estados Unidos. No. No ha sido un sueño inquieto como el del protagonista de La metamorfosis. Es una realidad que ha pasado por encima de las encuestas, los pronósticos y las predicciones de unas empresas demoscópicas que ya no son capaces ni de predecir sus propios fracasos.

“Tranquilos que el Reino Unido no se va a marchar de la Unión Europea”, decían. Y el Brexit fue una realidad. “Lo lógico es que Colombia vote a favor del acuerdo de paz con las FARC”. Ja. “Lo que nos falta ahora es que Donald Trump acabe siendo presidente”, decía John Carlin en un artículo de prensa. ¿Y qué decían los sondeos? Que la Casa Blanca iba a tener, por primera vez, una inquilina mujer. La primera presidenta de EEUU. Y no me hagáis hablar de España. Demoscopia 0 – Realidad 3.

Quizá la gente esté cansada de la inercia, la rutina o la desidia, o harta de ver siempre lo mismo, o puede que el mundo se esté volviendo totalmente loco. Y si no, acordaos de Rodolfo Chikilicuatre. Vale, es un tema absurdo y puede que hablar de esto hoy esté completamente fuera de lugar, pero ¿qué decía la lógica? ¿Y qué ocurrió? Pues eso. Moraleja: quizá habría que dejar de confiar en los sondeos y en lo que, aparentemente, parece lo más lógico y hacer caso a otras fuentes más cercanas a la conjetura. Los Simpson, por ejemplo, que todo lo que vaticinan acaba siendo verdad. A las pruebas me remito.

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Ahora la Casa Blanca tendrá que abrir sus puertas a un kafkiano bicho xenófobo y machista que incluso tuvo el valor de mofarse de un periodista con discapacidad durante un mitin. Estamos ante la metamorfosis. De la política. Del mundo.

Abríguense. Ahí fuera la realidad se está poniendo realmente fría.

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Estrenar

Recuerdo perfectamente el olor que tenía septiembre cuando era pequeño. En algún rincón impermeable al olvido aun tengo impreso el aroma a libros nuevos, a pintura de palo, a sacapuntas y a goma de borrar. Y recuerdo también el momento en el que mi madre nos compraba el chándal nuevo o las zapatillas de deporte días antes de que comenzara el curso. Y cómo mi hermano y yo ardíamos en deseos de que llegara el ocho de septiembre, justo ese día, para poder ponérnoslo todo por primera vez.
Aquel sentimiento de emoción por lo inédito vuelve. Siempre lo hace.

Estrenar
Me estreno en la red. Y lo hago con muchas ganas, con la ilusión y el deseo de compartir lo que soy y lo que me hace feliz. Y me alegra hacerlo con vosotros a través de esta página web.
Me pongo el chándal y me ato fuerte las zapatillas. ¡Allá vamos!
¿Me acompañáis?

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Prevenido

Llegas a la redacción y saludas a tus compañeros. Es domingo. Ayer tuviste un día intenso, de esos que no se olvidan fácilmente y que pasan a la historia por su trascendencia. Uno de los partidos políticos más importantes de la historia de tu país se resquebraja y te ha tocado salir a la calle antes que el sol y estar atento a lo que pueda ocurrir. Y siempre en tensión por si algún compañero periodista cerca de ti grita: “¡Qué salen! ¡Están saliendo!”. Falsa alarma. Tan solo era un receso. Así diez horas. O más.

Total, que es domingo y llegas a la redacción arrastrando los pies y mandando señales a tus párpados para que aguanten todo lo que está por venir. Y, pasados unos minutos, te anuncian que te toca volver al mismo punto donde ayer ocurrió “todo” para ser el que cuente hoy las novedades en el informativo.

Llegas con algo menos de una hora de antelación al punto de directo. Sabes que tendrás cinco “pinchazos” y poco tiempo para prepararte todo lo que vas a contar. Mandas un mensaje a tus compañeros en la redacción para que te cuenten detalles y poder organizarte y el tiempo corre en tu contra. Ellos están muy liados y tu cada vez más tenso. Por la responsabilidad. Mientras te colocan el pinganillo y haces pruebas de sonido, buscas y rebuscas nuevos datos, últimas horas, compruebas cómo está todo a tu alrededor, cuentas cuántos periodistas hay y los medios que están allí presentes, miras y remiras a la puerta del edificio por si alguien decide entrar. O salir. Apuntas en tu cuaderno todo lo que consideras relevante para contar pocos minutos después. Haces mil y un borradores, imaginas mil formas distintas de comenzar cada directo pero entonces, justo en ese preciso momento en el que ya estás comido por los nervios y la responsabilidad y con todo prácticamente preparado, te mandan un mensaje con algunas pistas sobre lo que tienes que contar en cada uno de los directos y ves que parte de tu estructura, aquello que habías ideado, se desmorona como un castillo de naipes. Hay que darle la vuelta a algunas cosas y otras ni siquiera eran tan relevantes como habías pensado.

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«¡Cinco minutos!», escuchas por el pinganillo, esa presión hecha aparato electrónico que llevas en tus oídos. Intentas controlar los nervios y respiras. Garabateas como puedes algunas líneas coherentes en la libreta por si tu mente decide quedarse en blanco en mitad de alguno de los directos y miras a la cámara. Pero no la ves. Tu mirada llega más allá. Entras en una especie de trance en el que solo estás tú. Nadie más. Y vuelves a respirar. Esta vez más hondo. La responsabilidad te agarra como si quisiera exprimirte.

Y entonces todos tus nervios se transforman en una bola gigante que expulsas con el aire cuando comienzas a hablar justo unas décimas de segundo después de escuchar tu nombre por el pinganillo.

“¿Qué ambiente se respira ahora por allí, Fran?”