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Periodismo y comunicación en televisión

Hace unas semanas recibí un mensaje que me sorprendió gratamente. Un compañero periodista se puso en contacto conmigo y me propuso participar en una conferencia sobre periodismo y comunicación en televisión en la Universidad Pontificia de Salamanca.

Desde ese mismo momento, comencé a preparar el contenido de la ponencia de modo que fuera lo más interesante y didáctica posible. Lo hice con mucha ilusión y con la mente puesta en mis recuerdos como universitario.

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Me imaginé sentado en una de aquellas butacas y pensé que, hiciese lo que hiciese, tenía que resultar útil para quienes asistieran.

Y todo fue bien. Muy bien. Una experiencia que repetiría una y mil veces. Y hacerlo en Salamanca, mi tierra, fue, además, un valor añadido. Un día que recordaré siempre con un cariño especial.

Desde aquí me gustaría agradecer la confianza de los miembros del Nuevo Ateneo de la Facultad de Comunicación de la Universidad Pontificia de Salamanca por pensar en mí y, por supuesto, a todos y cada uno de los alumnos y profesores que decidieron acudir.

Podéis leer la noticia sobre la conferencia en www.upsa.es

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Donald Trump y la metamorfosis

Tapado hasta las orejas entré hace unos días en una de mis bibliotecas predilectas de Madrid. Un frío repentino aunque lógico a estas alturas del año nos ha cogido por sorpresa y nos ha obligado a buscar en el armario algo lo suficientemente caliente para soportar este revés.

Estaba felizmente perdido entre la J y la M cuando, al sacar uno de los libros de la estantería para leer la contraportada y decidir, en pocas palabras, si aquel ejemplar iba a ser alguno de los que me iban a acompañar hasta casa, otro libro, díscolo y semioculto por su tamaño, cayó al suelo. La metamorfosis. Franz Kafka. Me lo llevé a casa. Era adolescente la primera vez que lo leí. He vuelto a hacerlo.

“Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana tras sueños inquietos, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”.

Así comienza esta obra maestra de Kafka. Y eso ha debido pensar hoy más de uno cuando se haya levantado –o no se haya acostado– y haya visto cómo Donald Trump se ha convertido en el nuevo presidente de Estados Unidos. No. No ha sido un sueño inquieto como el del protagonista de La metamorfosis. Es una realidad que ha pasado por encima de las encuestas, los pronósticos y las predicciones de unas empresas demoscópicas que ya no son capaces ni de predecir sus propios fracasos.

“Tranquilos que el Reino Unido no se va a marchar de la Unión Europea”, decían. Y el Brexit fue una realidad. “Lo lógico es que Colombia vote a favor del acuerdo de paz con las FARC”. Ja. “Lo que nos falta ahora es que Donald Trump acabe siendo presidente”, decía John Carlin en un artículo de prensa. ¿Y qué decían los sondeos? Que la Casa Blanca iba a tener, por primera vez, una inquilina mujer. La primera presidenta de EEUU. Y no me hagáis hablar de España. Demoscopia 0 – Realidad 3.

Quizá la gente esté cansada de la inercia, la rutina o la desidia, o harta de ver siempre lo mismo, o puede que el mundo se esté volviendo totalmente loco. Y si no, acordaos de Rodolfo Chikilicuatre. Vale, es un tema absurdo y puede que hablar de esto hoy esté completamente fuera de lugar, pero ¿qué decía la lógica? ¿Y qué ocurrió? Pues eso. Moraleja: quizá habría que dejar de confiar en los sondeos y en lo que, aparentemente, parece lo más lógico y hacer caso a otras fuentes más cercanas a la conjetura. Los Simpson, por ejemplo, que todo lo que vaticinan acaba siendo verdad. A las pruebas me remito.

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Ahora la Casa Blanca tendrá que abrir sus puertas a un kafkiano bicho xenófobo y machista que incluso tuvo el valor de mofarse de un periodista con discapacidad durante un mitin. Estamos ante la metamorfosis. De la política. Del mundo.

Abríguense. Ahí fuera la realidad se está poniendo realmente fría.

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Estrenar

Recuerdo perfectamente el olor que tenía septiembre cuando era pequeño. En algún rincón impermeable al olvido aun tengo impreso el aroma a libros nuevos, a pintura de palo, a sacapuntas y a goma de borrar. Y recuerdo también el momento en el que mi madre nos compraba el chándal nuevo o las zapatillas de deporte días antes de que comenzara el curso. Y cómo mi hermano y yo ardíamos en deseos de que llegara el ocho de septiembre, justo ese día, para poder ponérnoslo todo por primera vez.
Aquel sentimiento de emoción por lo inédito vuelve. Siempre lo hace.

Estrenar
Me estreno en la red. Y lo hago con muchas ganas, con la ilusión y el deseo de compartir lo que soy y lo que me hace feliz. Y me alegra hacerlo con vosotros a través de esta página web.
Me pongo el chándal y me ato fuerte las zapatillas. ¡Allá vamos!
¿Me acompañáis?

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Prevenido

Llegas a la redacción y saludas a tus compañeros. Es domingo. Ayer tuviste un día intenso, de esos que no se olvidan fácilmente y que pasan a la historia por su trascendencia. Uno de los partidos políticos más importantes de la historia de tu país se resquebraja y te ha tocado salir a la calle antes que el sol y estar atento a lo que pueda ocurrir. Y siempre en tensión por si algún compañero periodista cerca de ti grita: “¡Qué salen! ¡Están saliendo!”. Falsa alarma. Tan solo era un receso. Así diez horas. O más.

Total, que es domingo y llegas a la redacción arrastrando los pies y mandando señales a tus párpados para que aguanten todo lo que está por venir. Y, pasados unos minutos, te anuncian que te toca volver al mismo punto donde ayer ocurrió “todo” para ser el que cuente hoy las novedades en el informativo.

Llegas con algo menos de una hora de antelación al punto de directo. Sabes que tendrás cinco “pinchazos” y poco tiempo para prepararte todo lo que vas a contar. Mandas un mensaje a tus compañeros en la redacción para que te cuenten detalles y poder organizarte y el tiempo corre en tu contra. Ellos están muy liados y tu cada vez más tenso. Por la responsabilidad. Mientras te colocan el pinganillo y haces pruebas de sonido, buscas y rebuscas nuevos datos, últimas horas, compruebas cómo está todo a tu alrededor, cuentas cuántos periodistas hay y los medios que están allí presentes, miras y remiras a la puerta del edificio por si alguien decide entrar. O salir. Apuntas en tu cuaderno todo lo que consideras relevante para contar pocos minutos después. Haces mil y un borradores, imaginas mil formas distintas de comenzar cada directo pero entonces, justo en ese preciso momento en el que ya estás comido por los nervios y la responsabilidad y con todo prácticamente preparado, te mandan un mensaje con algunas pistas sobre lo que tienes que contar en cada uno de los directos y ves que parte de tu estructura, aquello que habías ideado, se desmorona como un castillo de naipes. Hay que darle la vuelta a algunas cosas y otras ni siquiera eran tan relevantes como habías pensado.

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“¡Cinco minutos!”, escuchas por el pinganillo, esa presión hecha aparato electrónico que llevas en tus oídos. Intentas controlar los nervios y respiras. Garabateas como puedes algunas líneas coherentes en la libreta por si tu mente decide quedarse en blanco en mitad de alguno de los directos y miras a la cámara. Pero no la ves. Tu mirada llega más allá. Entras en una especie de trance en el que solo estás tú. Nadie más. Y vuelves a respirar. Esta vez más hondo. La responsabilidad te agarra como si quisiera exprimirte.

Y entonces todos tus nervios se transforman en una bola gigante que expulsas con el aire cuando comienzas a hablar justo unas décimas de segundo después de escuchar tu nombre por el pinganillo.

“¿Qué ambiente se respira ahora por allí, Fran?”