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La historia interminable

9 enero 1984. Mañana en el parque.

¿Por qué decidió Susana ir al parque ese lunes de enero? Quizá aquella Navidad había sido un cúmulo de excesos y falsas apariencias. Lo habitual. Puede que estuviera harta de estar rodeada de gente aunque, pensándolo bien, quizá un parque como el del Retiro en Madrid no fuera el lugar más indicado para citarse con la soledad. De todos modos, a veces uno se siente más solo cuanto más rodeado está de gente. Pero, ¿sería ese parque? ¿Sería Madrid?

¿Haría frío esa mañana? ¿Qué abrigo llevaría puesto? Y, ¿de qué color? Podría ser marrón, negro o, por qué no, rojo; aunque imagino una escena en sepia o en blanco y negro, con sus luces y sus sombras, como esas postales con fragmentos de vida de principios de siglo congelados en el papel.

¿Era Susana todavía una niña o, tal vez, ya una mujer? Seguro que ella no seguía la moda de la ropa multicolor o los cardados que marcaba la época. Ella sería elegante y preferiría el pelo corto, como el de aquellas actrices de las películas de cine francés que, seguro, solía ver.

No sé si estaba enamorada o no; si echaba de menos a alguien o si prefería pasear sola, como aquella mañana. Tampoco conozco si le gustaba bailar, si disfrutaba con la música clásica o, tal vez, con el sonido de las teclas de un piano o el de los pellizcos a las cuerdas de un violín.

Podría seguir eternamente imaginando quién y cómo era Susana y quizá nunca llegue a saber nada de su verdadera historia. De lo que estoy seguro es de que le gustaba pasar horas leyendo. Una prueba evidente es que aquella mañana en el parque había decidido comenzar a leer un nuevo libro.

11 septiembre 2017. Tarde en la librería.

Estaba allí. Lo encontré mientras leía uno a uno los títulos en los estantes de una librería de segunda mano. En cuanto vi los colores de la portada me di cuenta de que era exactamente el mismo libro que había leído a ratos en uno de aquellos veranos interminables de mi infancia. Ni siquiera era un libro prohibido, pero recuerdo perfectamente que lo leí medio a escondidas. Me lo llevaba a una habitación oscura al fondo de un largo pasillo como si temiera ser descubierto y, unas páginas después, lo devolvía al mismo sitio. Exactamente igual que el ladrón que, para no ofrecer pistas, deja todo tal y como se lo encontró antes de cometer el delito.

Aquel libro era de mi tío. Es, porque sé que aún lo conserva. Me hacía ilusión tener el mío propio así que lo cogí de la estantería. En cierto modo, era como recuperar parte de mi infancia. Pero lo más emocionante llegó justo después. Al abrirlo por la primera página supe que había encontrado algo más que un simple libro.

¿Sabéis qué había empezado a leer Susana aquella mañana de enero de 1984?

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Tenían otros planes

Lo miro a lo lejos mientras repaso mentalmente mi primer Sant Jordi en Barcelona: las amplias avenidas de una ciudad siempre imponente que se quedan pequeñas, el olor a rosas, a libros nuevos y no tan nuevos, el sol, la gente, los besos y los abrazos…

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Todo ha acabado, él ha vuelto y ahí está, colocado entre otros cuantos similares a él. Lo único que le diferencia del resto es, por una parte, el grosor y, por otra, los caracteres que dan forma y sentido a su contenido. Tumbado, parece descansar tras una larga jornada fuera de su lugar común. Por cansancio o, quizás, por resignación, adopta una postura arqueada, como si se rindiese ante algún tipo de situación que ha hecho saltar por los aires sus expectativas, como si hubiese pasado por mil manos antes de volver, sin dueño, al mismo punto de partida del que salió aquella mañana de un veintitrés de abril en que le dijeron que podría ser el inicio de una larga y nueva aventura.

Desde ese lugar, el mismo en el que vuelve a estar ahora, había escuchado no en pocas ocasiones que salir no era el final sino el principio; que ese era “el momento especial” en que su existencia cobraba realmente el sentido por el que un día fue creado. Pero ahí sigue. Como sin pretenderlo, mira desde un estante desvencijado al resto que, poco a poco y como él, han ido ocupando los huecos que poco antes había dejado la ausencia.

Algunos de los que salieron no han vuelto. Y si algún día lo hacen, los que siguen aquí saben que aquellos lo harán en unas condiciones totalmente diferentes porque ya se fueron un día y ya siempre tendrán unas manos entre las que volver, unos ojos que surquen el mar de sus letras y una imaginación que vuele con el simple hecho de navegar en él.

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Sí. Hay libros que han vuelto. Tenían otros planes pero han regresado a las estanterías de las que salieron una mañana soleada en dirección a grandes avenidas o a pequeños rincones de un pueblo entre montañas con una intención clara pero tristemente truncada. Libros que siguen esperando a que alguien no tenga que esperar otros cuantos meses a que una tradición convertida en fiesta literaria le obligue a salir a la calle o a acercarse a una librería a por uno de ellos por el simple hecho de formar parte de una masa y ser así uno más.

Porque días del libro hay uno, sí, pero libros hay todos los días. Y nos están esperando.

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(¿)Todo está escrito(?)

Mi intención era pasar la tarde escribiendo en una cafetería que ha reabierto después de pasar un par de años cerrada. Un inesperado cierre que pilló a muchos por sorpresa, casi igual que su reapertura. Es uno de esos locales míticos de Madrid con barra y mesas de mármol, lámparas de época y decoración en madera barnizada de tiempo, recuerdos e historias.

Precisamente una de esas historias ronda mi cabeza desde hace un tiempo y deseaba salir de algún modo esa tarde. Convertirse, quizás, en frases con algún tipo de orden y sentido. Pero no iba a ocurrir allí. El camarero, muy cortés, respondió a mi pregunta: “No, de momento a esa zona con mesas bajas solamente se puede pasar si va al comedor. Más adelante se servirán también cafés ahí”. A mi historia y a mí no nos quedó más remedio que buscar otro lugar.

Mientras el camarero del nuevo local preparaba el café detrás de la barra yo pensaba en cuántas historias habrían surgido en aquel primer lugar, y en éste otro en el que había acabado. Y sobre qué hablarían. Hay tantas historias como personas. Bueno, en realidad, diría que son más las historias. Eso hizo preguntarme si, de algún modo, (¿)todo está ya escrito(?). Cada historia es única, sí, pero el trasfondo, lo que conllevan, su germen, en definitiva, de lo que hablan suelen ser campos de cultivo similares de los que brotan esas historias.

Por recomendación de una amiga amante de las historias como yo, decidí llevarme esa tarde el libro Las incertidumbres, de Jaume Cabré. En uno de sus capítulos el autor reflexiona precisamente sobre esto y dice: “¿La realidad cambia constantemente? No lo tengo claro. Cambian las circunstancias, pero la persona es igual que en la época homérica. En aquellos tiempos no había móviles, ni macdonalds, ni agentes de seguros. Pero había envidia, amor, orgullo, generosidad, cobardía”.

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Gracias

“La vida es más compleja y está llena de gente extraordinaria que la hacen más interesante […]. Esas personas que ayudaron a esta niña tienen nombre. Doña Paquita, maestra de mi colegio y absolutamente entusiasta, que me animó a inscribirme a un programa radiofónico. Don Enrique, profesor de música, que vivía al otro lado de la calle y que, de una manera generosa, se ofrece a darme clases particulares y contribuir a desasnarme […]”.

Fueron las primeras palabras que pronunció Ana Belén tras recibir el Goya de Honor 2017. Un homenaje claro a quienes, de la forma más humilde posible, le animaron a dar los pasos necesarios para convertirse en quien hoy es. Un gracias inmenso a aquellos que fueron su mejor influencia.

Su discurso me hizo reflexionar sobre lo importantes que son esas personas cuyas palabras, gestos o miradas un día inocularon en nosotros esa sustancia que nos hace valientes ante el miedo, fuertes ante el fracaso y seguros ante el qué dirán.

Maestros que comprenden y enseñan. Profesores que guían y aconsejan. Docentes que valoran y apoyan.

Hace años una de mis profesoras me recomendó la lectura de Martes con mi viejo profesor, un libro que recoge las reflexiones sobre la vida entre un alumno y su profesor que, afectado por una enfermedad, afronta del modo más optimista, valiente y admirable sus últimos meses de vida. La historia real de un docente cuyas lecciones iban más allá del aula, mucho más allá del pupitre o la pizarra.

“Mi viejo profesor impartió la última asignatura de su vida dando una clase semanal en su casa, junto a una ventana de su despacho, desde un lugar donde podía contemplar cómo se despojaba de sus hojas rosadas un pequeño hibisco”. (Martes con mi viejo profesor, Mitch Albom).

Cuando lo leí por primera vez era adolescente y había partes que no entendía. Al releerlo no hace mucho tiempo supe por qué me lo había recomendado. Comprendí muchas de aquellas cosas que entonces me sonaban lejanas. Y por ello, le estaré eternamente agradecido. Y como a ella, a tantos otros que, de un modo u otro, marcaron mis pasos en diferente etapas.

Hace tan solo unos días una amiga maestra me habló sobre una campaña publicitaria que acaba de lanzar una empresa de contenidos educativos y que pretende volver a poner en valor la labor -la admirable labor- de los docentes. En una sociedad repleta de quienes ahora se hacen llamar influencers, es decir, personas influyentes, la propia acepción del término prácticamente ha perdido parte de su esencia. Porque entre todo ese ruido actual de figuras que pretenden dar consejos y lecciones, tal y como dice el vídeo de la campaña, “hay otros influencers mucho más poderosos”:

“Son ‘influencers’ reales que marcan nuestra sociedad generación tras generación. De ellos depende cómo seremos y cómo lo conseguiremos […]. Son personas como tú y como yo, pero con un poder extraordinario”.

Me gustó tanto esta campaña que me sentí en la obligación de darle difusión y, de la forma más humilde posible, hice un reportaje para laSexta noticias que podéis ver aquí.

Todo reconocimiento y apoyo a los maestros es insuficiente. Al menos una parte de lo que somos es gracias a ellos y su influencia contribuye a cambiar la sociedad. Una sociedad que, en muchas ocasiones, no les trata como merecen.

Tal y como dijo Ana Belén en su discurso sobre la cultura, la educación tampoco goza del mejor reconocimiento de las autoridades responsables de garantizar el futuro de su propio país.

Por eso, desde aquí, mi breve pero inmenso GRACIAS a todos y cada uno de nuestros profesores.

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Sobre la lectura

Como cada tarde después de comer, recoge sus pocas pertenencias y, meticulosamente, las coloca en ese pequeño armario de madera que los años han visto y han hecho envejecer y que está junto a la ventana. Sus cazos, el puchero pequeño de tapa verde, las fuentes de cristal y su taza azul para la infusión. Detrás de todo ello, junto a la pared, coloca también los botes de plástico con las especias que él mismo compra cada semana en el mercado desde hace años. Tantos que ni se acuerda. Abre la ventana y, durante unos segundos, observa el calendario de sábados en rojo y fases lunares que cuelga de los barrotes metálicos y permanece en silencio.
Sin dejar de mirar por la ventana coge la tela oscura de cuadros y se la ata a la cintura. Levanta la almohada que descansa sobre la cama, al lado del mueble de madera y debajo de la ventana, y saca el libro. Se acuesta, cruza las piernas y lo abre. Y, justo entonces, comienza a leer.

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Y, justo entonces, a miles de kilómetros y bajo algún otro calendario, otros ojos miran las mismas palabras, leen los mismos renglones y sienten la misma emoción. Puede que, esta vez, el escenario no sea una casa sino una calle, la sala de espera de un dentista, un templo budista en alguna montaña de Nepal o, incluso, puede que quien lea no se apoye en una cama sino, quizá, en la trompa de un elefante.

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Todos leen. Y ahora yo leo y observo cómo leen. Lo hago mientras paso cada una de las páginas del libro Sobre la lectura con fotografías de Steve McCurry en las que gente de todo el mundo aparece leyendo. E imagino las vidas de todos ellos, teorizo sobre qué leerán o si sentirán lo mismo al leer, quizá, la misma historia.

Algo parecido me ha pasado esta semana. La última entrada que publiqué en el blog, “¡Qué adelantos!”, en la que hablaba sobre el nacimiento de Martina, ha recibido visitas desde lugares en los que jamás pensé que pudiera haber un lector interesado precisamente en esa historia. Costa Rica, Indonesia, Australia… Pero Internet es así, como los sentimientos, universal.

Alguien en América leía exactamente lo mismo, y puede que al mismo tiempo, que la amiga del hermano de la madre de Martina. Y, por algunos de los comentarios que me han hecho llegar, creo que tuvieron sentimientos parecidos. Y yo que me alegro. No sabéis cuanto.

Leed. Mucho. Y sentid. Y pensad que, quizá en ese momento concreto, alguien esté sintiendo exactamente lo mismo a millones de libros de distancia.

(Imágenes: Steve McCurry. Sobre la lectura. Editorial Phaidon).

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¿Y si…?

Era lunes y decidí quedar con una amiga para ir al cine. Compramos entradas para “La reconquista”, de Jonás Trueba. No quise ver el tráiler porque muchas veces ocurre que cuando te sientas en la butaca, prácticamente has visto la película. Sabía que la cinta giraba entorno a una historia de amor, pero esperaba que no fuese la “típica historia de amor”. Y me sorprendió. Para bien. Diálogos bien trabajados y una ambientación que hablaba, a veces, sin palabras. La música jugaba un papel importante. Mucho. Pero también lo hacía el miedo. Y el paso del tiempo. Y el miedo al paso de tiempo. En un punto concreto de la película se coló una frase que definía muy bien el hilo argumental de la película y que se me quedó grabada durante el resto de la película: “¿Y si estuviéramos viviendo la vida como si tan solo fuera un ensayo?”.

¿Y si…? Maldita pregunta. Siempre nos asalta. Siempre. Todo lo que ocurre a nuestro alrededor siempre tiene un “¿Y si…?”. La respuesta a esa pregunta, en muchas ocasiones, siempre está influenciada por el mismo denominador: el miedo al paso del tiempo y sus consecuencias, de lo que hablaba antes. Cuando hacemos algo o nos proponemos hacerlo anteponemos siempre, o casi siempre, las dudas al deseo de hacerlo. Y es cuando aparecen esos miedos, esas inseguridades, ese recelo a hacer algo mal o diferente a aquello que marcan las malditas reglas de la sociedad. Y precisamente de eso habla la película. El director inventa un encuentro entre dos jóvenes que fueron novios hace quince años. Ahora tienen treinta y, al volver a verse, los “¿y si…?”comienzan a aparecer y les obligan a replantearse muchas cosas al verse de nuevo juntos. Pero la vida sigue, irremediablemente. Las suyas, por muy ficticias que sean, y las de todos. Y por mucho que nos preguntemos “¿y si…?” la vida continua y de nada nos sirve lamentarnos por haber tomado una u otra decisión.

¿Y si dejásemos de hacernos tantas preguntas y mandásemos al carajo las dudas? ¿Veis? Hasta buscando una reflexión positiva vuelve a aparecer la misma pregunta.