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Tenían otros planes

Lo miro a lo lejos mientras repaso mentalmente mi primer Sant Jordi en Barcelona: las amplias avenidas de una ciudad siempre imponente que se quedan pequeñas, el olor a rosas, a libros nuevos y no tan nuevos, el sol, la gente, los besos y los abrazos…

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Todo ha acabado, él ha vuelto y ahí está, colocado entre otros cuantos similares a él. Lo único que le diferencia del resto es, por una parte, el grosor y, por otra, los caracteres que dan forma y sentido a su contenido. Tumbado, parece descansar tras una larga jornada fuera de su lugar común. Por cansancio o, quizás, por resignación, adopta una postura arqueada, como si se rindiese ante algún tipo de situación que ha hecho saltar por los aires sus expectativas, como si hubiese pasado por mil manos antes de volver, sin dueño, al mismo punto de partida del que salió aquella mañana de un veintitrés de abril en que le dijeron que podría ser el inicio de una larga y nueva aventura.

Desde ese lugar, el mismo en el que vuelve a estar ahora, había escuchado no en pocas ocasiones que salir no era el final sino el principio; que ese era “el momento especial” en que su existencia cobraba realmente el sentido por el que un día fue creado. Pero ahí sigue. Como sin pretenderlo, mira desde un estante desvencijado al resto que, poco a poco y como él, han ido ocupando los huecos que poco antes había dejado la ausencia.

Algunos de los que salieron no han vuelto. Y si algún día lo hacen, los que siguen aquí saben que aquellos lo harán en unas condiciones totalmente diferentes porque ya se fueron un día y ya siempre tendrán unas manos entre las que volver, unos ojos que surquen el mar de sus letras y una imaginación que vuele con el simple hecho de navegar en él.

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Sí. Hay libros que han vuelto. Tenían otros planes pero han regresado a las estanterías de las que salieron una mañana soleada en dirección a grandes avenidas o a pequeños rincones de un pueblo entre montañas con una intención clara pero tristemente truncada. Libros que siguen esperando a que alguien no tenga que esperar otros cuantos meses a que una tradición convertida en fiesta literaria le obligue a salir a la calle o a acercarse a una librería a por uno de ellos por el simple hecho de formar parte de una masa y ser así uno más.

Porque días del libro hay uno, sí, pero libros hay todos los días. Y nos están esperando.